Los siete “chavalos” que hacen temblar a Daniel Ortega

Reportaje de Yamlek Mojica, tomado de la revista Universidad de la Universidad de Costa Rica.

Hace un mes siete dirigentes estudiantiles fueron capturados en Nicaragua por ser opositores del gobierno de Daniel Ortega. Ni uno pasa de los treinta años y nunca habían tenido antecedentes penales. Hoy los acusan de terrorismo, secuestros, robos y homicidios.

byYamlek Mojica Loáisiga (Yamlekmojica@Gmail.Com)Sep 25, 2018

Desde la captura de estos jóvenes, han apresado, al menos, a más de 20 dirigentes estudiantiles nicaragüenses más. La lista sigue creciendo.

Fue un miércoles cuando la Policía Nacional de Nicaragua los presentó. Los siete dirigentes estudiantiles que habían sido secuestrados cuatro días antes en el departamento de León eran señalados como terroristas y asesinos. Ya habían pasado meses desde la primera amenaza; sin embargo, fue hasta el 25 de agosto que lograron secuestrarlos.

Levis Rugama, Yaritza Mairena, Victoria Obando, Byron Corea, Juan Alvarado, Nahiroby Olivas y Luis Quirós fueron capturados en León después de haber asistido a una marcha “Azul y Blanco” –la forma en que llaman a las manifestaciones opositoras al gobierno de Nicaragua–. Sí se lo esperaban; no lo creían posible.

Hasta cuatro días después de esa captura, ninguno de sus familiares logró contactarlos. A nadie le daban noticia. María Elena Martínez, madre de Juan Alvarado Martínez, cuenta que el mismo día viajó directamente a la Dirección de Auxilio Judicial El Chipote, a tres horas de su hogar. “Era lo lógico que los tuvieran ahí. Les querían hacer daño y ahí es el lugar perfecto”, recuerda.

El Chipote es una tenebrosa cárcel irregular que existe desde el inicio de la dictadura Somocista, con Anastasio Somoza García, en los años 30. Es históricamente conocida como un centro de torturas extremas y dentro de sus celdas han pasado todo tipo de personas, entre ellos el mismo Daniel Ortega.

En los últimos cinco meses, Ortega ha usado las celdas de este edificio “catacúmbico” para retener y torturar a quienes se manifestan contra su gobierno. Personas que salieron con vida de allí relatan que los castigos van desde electrochoques en el cerebro, hasta violaciones múltiples.

Antes de estar en movimientos de lucha estudiantil y ser –como afirman algunos– “la voz de los jóvenes”, los siete estudiantes capturados eran muchachos como todos los de su edad, con pasatiempos, inseguridades y muchas metas. Estas son las historias de los siete estudiantes presos políticos de León.

Nahiroby Olivas Valdivia

El 20 de abril de 2018 fue uno de los días más turbios de la historia moderna del departamento de León, en Nicaragua. Ese viernes oscuro, la ciudad colonial nicaragüense con más de 600 años de historia ardía en llamas y comenzaba a ser amurallada por barricadas en todos sus alrededores. Las balas volaban por todos lados y el miedo gobernaba dentro de su población.

Mientras tanto, en su hogar, Nahiroby Olivas celebraba su cumpleaños dieciocho, con un día de atraso, junto a su familia. Después de que le cantaran Feliz Cumpleaños y soplara las velas del pastel que su madre le había traído en la tarde, veía a través de su celular imágenes de la quema del edificio del Centro Universitario de la Universidad Nacional (CUUN), organización estudiantil asociada al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

Actualmente a Nahiroby lo acusan de la quema de ese edificio, donde murió –en condiciones no del todo claras– un joven universitario de nombre Cristian Emilio Cadena.

Jackeline Valdivia, madre de Nahiroby, piensa que la acusación contra su hijo es un completo “sinsentido”. “Todavía hace poco él jugaba con muñecos, era un niño. ¿Cómo me van a decir que es peor que Pablo Escobar?”, lamenta Valdivia.

Este año Nahiroby cursaba el segundo año de leyes dentro de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua – León (UNAN León) y, según sus compañeros de clases, los cuales pidieron el anonimato, era uno de los “estudiantes más brillantes de su facultad”. Su madre recuerda que todos los días que regresaba a casa iba directo a leer más sobre Derecho y siempre cargaba la Constitución de Nicaragua en su mochila.

Desde siempre ha sido el menor de su grupo de amigos, de su salón de clases y, últimamente, del Movimiento 19 de Abril León, del cual era parte. Ana Valle, una de sus compañeras de lucha, lo recuerda como “su hermanito menor”. “Él es muy inteligente, súper activo, con ideas renovadoras y diferentes. Insistía en estar dentro del equipo y nosotros estábamos preocupados, no queríamos porque era muy joven”, cuenta ella.

Sin embargo su determinación lo hizo ir integrándose a sus filas poco a poco, hasta convertirse en una pieza esencial dentro del grupo.

Nahiroby ama la poesía y una de sus mayores pasiones era el ballet. Además, los sábados estudiaba inglés, porque quería leer más textos en otras lenguas.

Tiene una sonrisa atrevida. Una cara particular, con aires desafiantes. Es que Nahiroby, recuerdan, es un joven temerario. La última vez que Jackeline Valdivia lo vio y pudo hablar con él fue dentro de la cárcel, después de su primera sesión de juicio por crímenes que, muchos afirman, no cometió. El joven le dijo que fuera fuerte y que hacía todo por liberar a su país, para que se haga justicia. Sin saberlo, muchos que ahora conocen su historia claman justicia por él.

Levis Rugama

El 13 de abril, la UNAN de Managua, bastión universitario de resistencia, fue atacada durante más de doce horas por paramilitares sandinistas. La sangre corría por todos lados. Levis Rugama ya había logrado refugiarse; sin embargo, se necesitaba alguien que asistiera a los heridos que estaban tirados en fuego cruzado. Él tomó una bandera de Nicaragua, la envolvió sobre él y se devolvió al fuego. Corrió entre las balas y comenzó a llevar medicina a los que lo necesitaban. Esa acción lo describe.

Levis estudia Derecho en la UNAN Managua. Su carrera universitaria es una de las cosas que más ama en el mundo y desde ya trataba de darle honor a la Constitución de su país, según él, manchada con sangre por el Gobierno.

Entre sus compañeros lo llamaban El Canciller, debido a su porte diplomático y su léxico al hablar sobre derechos humanos. “Estaba muy bien preparado, sabía un montón”, recuerda Fénix (pseudónimo de una exatrincherada dentro de la UNAN), amiga del joven.

Él era uno de los encargados de recibir las visitas internacionales dentro del campus, por lo que conversó con varias organizaciones que trataban de analizar la situación en el país del norte. Su participación era tan activa que le otorgaron medidas cautelares que no están siendo respetadas desde el momento de su captura.

El estudiante era conocido por su actitud pacífica. Constantemente le daba gracias a Dios por estar vivo y le pedía para que “Nicaragua sea libre”. “(Levis) es un Joven brillante, pacifista, de extraordinarias cualidades humanas. Al conocerlo noté su sólido amor a Cristo. Vive un cristianismo basado en la práctica de amor al prójimo”, recuerda Félix Maradiaga, activista político nicaragüense.

“Levis es una persona muy afable. A él le encantaba andar animando a la gente. Siempre andaba trabajando en la unión de la comunidad estudiantil. A involucrarse en la lucha política, siempre estaba intentando trabajar en el respeto de los Derechos Humanos”, cuenta Fénix.

A pesar de varios intentos, UNIVERSIDAD no logró contactar a la familia de Rugama quienes expresaron que no desean dar declaraciones por miedo a sufrir represalias. El joven actualmente permanece en la cárcel La Modelo y está siendo procesado por terrorismo y secuestro.

Yaritza Mairena Rostrán

Yaritza Mairena siempre ha tenido una apariencia fuerte ante todas las situaciones. De rostro impávido y caminar firme, la Yari, como le dicen de cariño, ha logrado llevar estos últimos cinco meses de represión con la misma actitud: demostrando valentía, pero también enojo.

Joven estudiante del último año de Ciencias Políticas en la UNAN Managua, es parte de la Coordinadora Universitaria por la Democracia, una unión de estudiantes en contra del gobierno de Daniel Ortega que fue articulada en puertas del Diálogo Nacional, hace cuatro meses. Actualmente está encarcelada en La Esperanza, acusada por el Estado de Nicaragua por terrorismo, homicidio y secuestro.

Antes de su captura, la estudiante afirmaba que lo único que deseaba, después que Ortega se fuera, era terminar su carrera y volver a ser “una joven normal”. Fue herida físicamente, tras varios ataques de paramilitares contra estudiantes dentro de su universidad. Pero también estaba herida emocionalmente; lloraba mucho, no dormía bien, se sentía constantemente estresada. Quería descansar.

Yaritza, aunque siempre tuvo la oportunidad, no le gustaba asistir al Diálogo Nacional. En una entrevista hace meses dentro de una UNAN, atrincherada, me decía que prefería apoyar a sus compañeros en las barricadas que estar sentada en una mesa sin futuro. Estamos en peligro y considero que estar ahí no es tan importante como ayudar a mis compañeros aquí (en la UNAN)”, explicaba.

Es tímida y para los que la veían de lejos denotaba una personalidad “muy seria”. Pero para Gabriel Enríquez, su pareja desde hace cuatro años, es simplemente que ella nunca buscó una forma de figurar. “Ella es bastante alegre, divertida. Solo es que trabajaba desde abajo porque así siempre ha sido ella. Haciendo el bien sin tomar el crédito”, afirma.

Según Fénix, Yaritza trataba de cumplir todo lo que se proponía. Fue por ella (y otros estudiantes) que todas las sedes de la Universidad Autónoma se juntaron en una red de estudiantes autoconvocados. “(Yaritza) siempre luchó por su universidad, por la autonomía. Me daba temor verla tan involucrada en las protestas, pero también orgullo, porque sé lo valiente que es. Ya era una vocación”, afirma Enríquez.

Con 24 años, sus días los dedicaba a estudiar, puesto que estaba a punto de realizar tesis para culminar su licenciatura. Le gusta escuchar a Lana del Rey y Vivaldi, sonidos que extraña en la cárcel, donde está disociada de su realidad. Allá, cuentan, se siente sola, atrapada. Pero a Yaritza, dicen sus familiares, no le pueden vencer su espíritu.

Yaritza se denomina feminista. Uno de sus mayores objetivos dentro de la insurrección ciudadana era darle el espacio que las mujeres y los grupos de las minorías se merecen dentro de los espacios políticos.

El 13 de setiembre un grupo de feministas llegó a la cárcel La Esperanza a darles una serenata a todas las presas políticas. “¡Libres las queremos!”, decían entre las consignas. “¡Porque libres nos llevaron!”, respondieron a través de la pared carcelaria. Entre esas voces, estaba Yaritza.

Juan Alvarado

Juan nunca paraba de moverse. Le gustaba saltar en todos los lados de su casa. Era un pequeño punto blanco de casi cinco años, que parecía que nunca podía parar de ser feliz. La única forma en que el niño calmara su hiperactividad era si se le pedía hacer algún favor. Que lo mandaran a comprar algo o a ayudarle a alguien. Lo dejaba todo y se dedicaba en cuerpo y alma a terminar su tarea. Así es él.

Juan Pablo Alvarado fue secuestrado por fuerzas orteguistas el 25 de agosto mientras llevaba en su vehículo a varios dirigentes del Movimiento 19 de Abril León, organización de la que él era parte también. Nunca, en sus treinta años de vida, había sido culpado de algún delito y hoy enfrenta cargos desde secuestro hasta terrorismo armado. “Su delito es querer un país libre”, lamenta María Elena Martínez, su madre.

Desde pequeño, cuenta ella, fue un niño inquieto, que le gustaba participar en todos los espacios posibles. Le encantaba ayudarles a los demás, ser un puente de generosidad con aquellos que “la han tenido más difícil”. De esa forma, relatan, entró al Movimiento 19 de Abril, de su ciudad natal León. Juan participaba en los puestos médicos de los tranques. Su labor era asistir a los heridos de bala en cada ataque de paramilitares y trasladar a los más afectados.

Es fanático del fútbol y las motocicletas. Según sus amigos, no le gustaba meterse en problemas y tiene una personalidad muy sensible y paciente. “Hasta te puedo decir que es como inocente, como que no hay maldad en él”, relatan. Esa inocencia se puede notar en los videos cuando fue presentado como “terrorista”: llorando, con la cabeza abajo, sin saber en verdad por qué había sido capturado.

Juan no es estudiante activo. En realidad nunca le gustó ir a clases. Le gustaban las cosas prácticas como vender cosas en el mercado, la reparación de vehículos. Sin embargo, recuerda su mamá, este año tenía entre sus planes entrar a la universidad para estudiar algo relacionado con las finanzas. Trabajaba como mensajero dentro de un banco nacional y quería ascender de puesto.

El Juan del día a día y el Juan activista eran, para su familia, dos personas totalmente distintas y desconocidas. Durante estos cinco meses, él se levantaba en la madrugada para ir a su trabajo. A eso de las cinco de la tarde regresaba a casa. Silenciosamente cambiaba su uniforme por una camisa blanca, bermudas que le llegaban debajo de la rodilla y tenis desgastados. Tomaba su mochila y sin decirle a nadie se marchaba. Era un misterio. Regresaba en la madrugada y se levantaba dos o tres horas después para repetir la rutina.

Nadie en su casa lo sabía, hasta un mes antes de su captura, cuando María Elena lo confrontó. “Me dijo que andaba ayudando a los estudiantes, a los heridos. Él nunca tocó un arma, él andaba en los puestos médicos”, cuenta su madre. Juan le expresó que no iba a dejar de asistir a las manifestaciones, porque había personas que necesitaban su ayuda. Así es él.

Victoria Obando

Victoria Obando estuvo atrincherada dentro de la UNAN de Managua desde el primer día de la toma estudiantil, el 7 de mayo, hasta unos días antes del brutal ataque paramilitar al recinto, que dejó dos estudiantes muertos. Esta no ha sido su primera lucha activista; desde hace más de una década Victoria lucha por sus derechos como mujer transgénero en una sociedad en donde hasta 2008 la diversidad sexual era ilegal.

Ella fue la representante nicaragüense en la Conferencia Regional de Educación Superior de América Latina y el Caribe (CRES2018) en Córdoba, Argentina. Por su participación y las amenazas que recibió posterior a eso, la CIDH le concibió medidas cautelares que el Gobierno ha violado desde el día de su captura.

“La lucha estudiantil nos está costando a nosotros sangre. Tenemos leyes de autonomía universitaria que nos fue secuestrada. Esta lucha nos ha costado mucho. Dicen que hay que ser rebelde, que hay que ser violento para que nos cueste. Eso estoy haciendo yo ahora”, afirmó en su ponencia dentro de la Conferencia.

Victoria nació en Bluefields, región caribe de Nicaragua. Cursaba su último año de Gestión de la Información y es una de las mayores activistas nicaragüenses por los derechos de la comunidad LGTBI.

Sin embargo, dentro de su segundo hogar, la UNAN Managua, más allá de dar discursos poderosos, trataba de servir a todos sus compañeros. Si alguien necesitaba ropa, pastillas, toallas sanitarias, Victoria estaba para ayudarle.

A la lucha por la democracia de Nicaragua, ella entró porque no veía coherente luchar por una comunidad reprimida cuando todo el pueblo estaba viviendo lo mismo. Desde abril se entregó en cuerpo y alma a las protestas, siempre recordando que las minorías también deben tener un lugar en los espacios políticos del país.

Fénix, compañera de lucha, la describe como “una de las personas más brillantes y solidarias que había conocido”. “Victoria es muy aguerrida, sumamente empoderada. Tiene una energía que eclipsa al resto, eclipsa todos los espacios donde se encuentra y realmente ha tenido una participación fuerte en todos estos meses”, dice.

Según activistas de la diversidad, a Victoria le han violado todos sus derechos como miembro parte de la comunidad LGTBI. Ella se encuentra en la cárcel masculina La Modelo, es procesada con su anterior nombre y, según estas, ha sido víctima de torturas discriminatorias.

Hoy la recuerdan como una persona bromista, alegre. Siempre le gustaba verse arreglada de pies a cabeza. Nada que ver con las imágenes de su arresto, donde la mostraron demacrada, lastimada. “Victoria estaba entregada a la defensa de las mujeres, de las trans. A ella no la han vencido todavía, no lo harán”, expresa Fénix.

Luis Arnulfo Quiróz

Luis Arnulfo desde pequeño quería ser periodista. Cuando los niños de su cuadra en Estelí salían a jugar fútbol, él se sentaba en una piedra a narrar todo el partido. Su sueño era trabajar para algún medio independiente de Nicaragua, pero también salir a probar suerte en los medios internacionales. Ya de adulto leía todas las noticias que podía, las replicaba para practicar su estilo. Era abnegado con su profesión, pero aún más con su país.

Cada vez que el estudiante de Comunicación Social en la UNAN León daba alguna declaración en los medios, Enna Quiróz, su madre, lo llamaba desesperada con temor a que le pasara algo. “Él se ponía de burlesco. Me decía que la entrevista no era en vivo o que al menos ya estaba saliendo en la tele”, comenta Quiróz.

Luis se involucró en las protestas ciudadanas desde que dirigentes estudiantiles atacaron a manifestantes en contra de la reforma del seguro social. “Él siempre ha sido así, todo consiente con su entorno, con lo que pasa. No le gustan las injusticias”, afirma su madre.

El joven de 21 años se hizo uno de los voceros más importantes dentro del Movimiento Estudiantil 19 de Abril-León y una de las caras más reconocidas en León. Según Alejandro Donaire, miembro del Movimiento 19 de abril, Luis era una de las personas más serviciales que había dentro de los estudiantes autoconvocados. “Es una persona muy transparente. Siempre estaba de la mano de nosotros, siempre estaba en lucha, fuerte. Él es una de las nuevas razones por las que hoy protestamos”, afirma.

25 días antes de su arresto, en el municipio de San Juan de Limay, Bryan Quiróz, hermano de Luis, fue capturado por paramilitares. Él también participaba en tranques en ese municipio. Ese día, Enna Quiróz llamó a Luis para rogarle que saliera del país. “Le dije que huyera, que se fuera. Él me dijo que prefería morir antes de no ver una Nicaragua libre”, relata. Actualmente ambos hermanos comparten celda dentro del penitenciario La Modelo.

Antes del 18 de abril a Luis le gustaba participar en cualquier taller que lo invitaran sobre Derechos Humanos. Soñaba con ver a Lady Gaga en vivo y gastaba su día leyendo medios internacionales y tomando fotos con su celular.

Desde la prisión, el joven envía mensajes de lucha. Aunque su madre lo ve cada vez más delgado, afirma que “cada día se ve más fuerte”. En este mes, solo ha podido ver a sus hijos dos veces. Luis le dice: “Mamá, decile a los muchachos que tienen que seguir luchando por mí, por todos los que estamos secuestrados. Mamá, vamos ganando. Mamá, esto no es el final, Nicaragua será libre”.

Byron Corea Estrada

El plan para asesinar a Byron Corea, de 23 años, corrió por muchas conversaciones en los Whatsapp de muchos funcionarios estatales orteguistas. Era detallado, sanguinario y directo. Sabían los lugares donde se mantenía, las horas en las que salía y cuándo estaba solo. Decían que el joven merecía la muerte por ser “terrorista” y “golpista”. Más bien, por ir en contra del gobierno de Daniel Ortega.

Hace cuatro meses, el estudiante del 5to año de Odontología en la UNAN León, tuvo que salir de su hogar hacia la clandestinidad para seguir como uno de los representantes del Movimiento 19 de abril. “Se le dijo que se saliera de ahí, que su voz ya tenía valor. Pero él nunca quiso dejar lo que había hecho. Él estaba comprometido con la liberación de Nicaragua”, recuerda Jennifer Corea, hermana del joven. El 25 de agosto fue capturado por la Policía de Nicaragua.

A Byron le gusta vestir con una camisa blanca y gorra. Así lo veían en la universidad, en las marchas y en todos lados. “Era algo muy suyo, algo que lo definía”, recuerda su hermana.

Y con una de sus camisas blancas, una con un dibujo de Granada, fue presentado por la Policía Nacional de Nicaragua.

Con otra de sus camisas salió en su primera audiencia judicial donde se le acusó formalmente como terrorista y asesino. Ese día se veía cansado, confundido. Lloraba, según Jennifer Corea, porque tenía más de una semana sin saber nada de sus familiares y estos no fueron notificados. Lloraba porque se sentía solo o porque pensaba que les habían hecho daño a las personas que más ama.

“Su llanto era porque quería que alguien estuviese con él. Porque nadie avisó a la familia y estuvieron solos mucho tiempo, él quería ver a mi Mita (su abuela)”, explica su hermana.

Byron es regordete, tiene cejas negras y espesas. Camina apresurado, moviendo las manos, como si siempre tuviera algo que hacer. Es energético y lo describen como un líder nato.

Pero sus sueños hace cinco meses estaban totalmente alejados de la política: quería terminar su carrera universitaria, ahorrar para hacer su clínica dental y abrir una fundación para la salud bucal de la infancia rural en el occidente de Nicaragua.

De niño quería ser sacerdote, periodista. Le gusta ayudar a los demás, promovía la solidaridad y la verdad. Le encanta cantar en karaokes música de banda y pasar mucho tiempo con su familia. “Era un chavalo normal. Eso sí, bien crítico con su realidad”, recuerda Jennifer.

En la memoria de los manifestantes leoneses está la imagen de él recogiendo dinero para comprar tortillas con queso y repartirlas a todos los estudiantes. Así comenzó. Después se le veía con el micrófono en mano, exigiendo justicia para los muertos, libertad a los presos políticos y, sobretodo, la salida de Daniel Ortega. Era una pieza elemental dentro de la insurrección en León y Byron no le tenía miedo a eso, por eso los funcionarios sandinistas comenzaron a pensar en cómo asesinarlo.

La última vez que existió algo parecido en León fue en 1956, cuando Rigoberto López Pérez, un joven poeta leonés, asesinó al dictador nicaragüense Anastasio Somoza García. Hasta el cierre de esta edición, Byron no es un dictador.

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Desde la captura de estos jóvenes han apresado, al menos, a más de 20 dirigentes estudiantiles nicaragüenses más. La lista sigue creciendo.

 

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