¿Por qué ver Isla de perros desde Nicaragua te hace vivir el país pos abril?

Imagen – Isla de perros (2018). Fotograma de Isla de perros (2018), dirigida por Wes Anderson

Nadia Moncada Sevilla

Colaboradora de Nuevas Miradas

El 20 de febrero, la empresa Cocinsa, distribuidora de cine en Nicaragua, anunció una mala noticia para los fanáticos de Wes Anderson, su película Isla de perros (Isle of Dogs, título original, 2018) no iba a ser distribuida en Centroamérica. Entonces así fue, el último filme del director tejano no pasó por las salas de cine nicaragüense. Y es que, ante las exigencias de taquilla actuales, el cine de Anderson sigue siento independiente y para un público selectivo, características que no la convierten en una película taquillera y mucho menos una competencia para las producciones de Marvel, por ejemplo.

Isla de perros era una de las películas más esperadas del año a nivel mundial. Wes Anderson tenía ya cuatro años de no estrenar una obra, y desde hace mucho había generado expectativa con esta nueva cinta animada, pero lo que captó más atención fue su éxito en el Festival de Cine de Berlín (Berlinale), donde inauguró la competencia oficial y le concedió a Anderson el Oso de Plata a mejor director.

Incluso un pequeño grupo de cinéfilos en Nicaragua estábamos ansiosos por su estreno. Y aunque no pudimos verla en las salas de cine del país, algunos nos la arreglamos para poder apreciarla. Lo que muchos no nos imaginábamos era la amplia pertinencia de la película en nuestro contexto.

Casi dos meses después de la noticia de Cocinsa, Nicaragua se sumergió en una crisis política protagonizada por estudiantes protestantes y un tirano en el poder, dos elementos en común con el filme de Anderson. Logré ver la película finalmente en junio y la realidad reflejada en el argumento me pareció impactante.

Isla de perros destaca de la filmografía de Wes Anderson por su sorpresiva carga política. Gran parte de la audiencia mundial probablemente la interprete como una representación y crítica del holocausto. Pero para mí, una cinéfila nicaragüense, tomó un significado distinto. Mis experiencias y emociones la recibieron como una crítica no intencionada de las crisis latinoamericanas del siglo XXI, lo cual me recordó que la experiencia cinematográfica ocurre de manera distinta en cada espectador, determinada por la construcción social y personal de cada individuo y las circunstancias a su alrededor.

Antes de seguir repasemos un poco del argumento de la película. Estas líneas son el momento preciso para alertar al lector de spoilers ligeros (nada muy revelador pero la advertencia la dejo por si acaso).

En Megasaki, una ciudad distópica de Japón, el gobernante y tirano Kobayashi inicia una campaña de estigma y odio hacia los perros, basada en la propagación de una enfermedad altamente contagiosa, lo cual conlleva a un plan de aislamiento y concentración de los caninos en la Isla de la basura, donde viven en condiciones precarias. En consecuencia, el profesor Watanabe, opositor de Kobayashi y líder del Partido Cientifico, manifiesta estar cerca de obtener la cura para la denominada gripe canina y un grupo de estudiantes se manifiesta en pro de los perros.

Mientras esto ocurre, en la Isla de la basura un grupo de perros ayuda al huérfano Atari, sobrino lejano de Kobayashi, a buscar a su perro Spots, el primer canino en ser llevado a la isla. Tal aventura nos revela aún más la miserable situación de los perros, muchos obligados incluso a cometer canibalismo para no morir de hambre. En el transcurso se topan numerosas veces con una tropa compuesta por humanos y perros robots que intentan obstaculizar a toda costa su búsqueda.

En la historia de la humanidad, muchos países han caído en situaciones relativamente similares a la de la película de Anderson, pero es particularmente interesante la ola de crisis y cambios que se han desatado en los países latinoamericanos en la última década. Una de las razones es que a pesar de las diversas revoluciones ocurridas en la región a través del tiempo, el continente latinoamericano nunca ha podido distanciarse completamente de los gobiernos dictatoriales.

Isla de perros (2018) resulta ser una película capaz de causar un impacto en las personas que han vivido de cerca una dictadura o un gobierno tirano, manifestaciones y una oleada de injusticias agravadas hacia un sector de la población, quienes movidos por su contexto y la cercanía del problema crean en su consciencia un significado mucho más personal del filme.

Wes Anderson, cuya trayectoria es reconocible por sus detalles estéticos, su paleta de colores impecable y sus guiones absurdos e inteligentes, sorprendió a gran parte del público cinéfilo con su película más política, con la que revela una nueva faceta del director. Pero quizás Anderson no esté del todo consciente del impacto que pudo haber causado en sus espectadores latinoamericanos, o que su película podía tomar tantos significados en las diferentes sociedades.

Así como yo, desde Nicaragua, creé mi propio significado, para alguien en África o Europa puede significar algo totalmente distinto, pero de algo estoy segura, Isla de perros tocará corazones, y no solo por ser protagonizada por los adorables perritos. 

Esta película me recuerda a lo maravilloso que es el cine, pero no solo el cine en general, sino del cine animado, capaz de darnos lecciones políticas de gran peso, que no nos llegan de un libro clásico o una película de los años 20, sino de una fábula cinematográfica de 2018 protagonizada por perros.

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