A 7 meses: Doce horas de terror bajo las balas y frente un río de sangre joven

Fotos tomadas de redes sociales e Infobae / NM

Carlos Morales Zapata

Mamá, me fui a luchar por la Patria, si no regreso, me fui con ella.

Desconocido

Un joven flaco pero fibroso apareció como liebre entre la multitud y cada vez que lanzaban una bomba lacrimógena la detenía con su pecho.

Es el mediodía del viernes 20 de abril y hay bombas, morteros y pedradas sonando por todos los rincones de la Universidad Nacional de Ingeniería UNI. Logré entrar hace más de una hora con algunos miembros de la brigada médica que nunca en mi vida he visto.

Salí de mi casa desde las 9 am y fui con algunos víveres a la catedral. Ya había decenas de chavalos llenando las bancas y el piso del templo con comida y medicamentos para los universitarios atrincherados en la UNI desde el día anterior.

Crucé corriendo la calle que separa la catedral y la universidad tan rápido como permitían mis piernas. Ya estaba asustado pero intentaba no creérmelo, sabía que tenía que llegar a las aulas a curar heridos y luchar por la causa a como diera lugar.

De la calma a la tempestad

Esa mañana las calles amanecieron calmadas, pero a eso de las 11 de la mañana todo empezó a ponerse feo otra vez. Después de un rato de lucha ya tenían dominada toda la avenida universitaria. Desde la rotonda Rubén Darío hasta casi donde termina la UCA. Más allá había movimiento pero no veía bien quiénes eran.

De pronto las piedras y las balas comienzan a llover desde todas las direcciones. Nos descuidamos un poco y nos atacaron en círculo. Nos rodearon desde la rotonda hacia el sur y el este. Desde el estadio nuevo por el norte, y la calle de la UCA por el oeste.

La gente nunca sabrá lo que significa estar en una batalla tan desigual. Me arriesgo a decir que ellos eran cientos. Todos como buitres de negro oliendo el miedo entre nosotros. Pero era un miedo extraño, como razonable. Después de lanzar la primera pedrada ya se te pasaba un poco.

Antimotines allanaban las casas y el flaco felino

Algunas señoras morenas de los callejones frente a la UNI metían en sus casas a los chavalos que querían llegar a la universidad. Si la guardia los miraba iban por ellos disparando, y si te agarraban ya eras hombre muerto. Supe cómo los antimotines entraron a varias de esas casas y destrozaron sillas y puertas a su paso para agarrar a varios chavalos refugiados y llevárselos a rastras.

Está sonando una bomba como a 7 metros del lugar donde me encuentro. Un chavalo flaco y alto; tierroso, greñudo y con la cara a medio cubrir literalmente la detiene con el pecho en el aire. Se suspende a respirar un brevísimo instante y al momento la lanza de vuelta hacia los policías. Juraría que detrás de esas máscaras de vidrio templado y plástico comprimido había terror en sus ojos. El chavalo flaco seguro habría sido un excelente portero en otros momentos. Su movimiento felino es magistral y admirable. Cuando la bomba cae al suelo la toma con la punta de los dedos de la mano derecha y la lanza con todas sus fuerzas dibujando un arco perfecto hasta caer a los pies de tres policías que cobardemente se cubren con sus escudos de 90 centímetros a más de 40 metros de distancia de nosotros. Al momento se baten en retirada porque a pesar de sus cascos y protecciones sienten los efectos del terrible gas.

Curando a un herido

En medio del bombardeo y las balas rasantes que silban a pocos centímetros de las cabezas, y de vez en cuando rebotan en las verjas, intento vendar a un chavalo que tiene la cabeza partida por una piedra que le provocó una herida abierta en la sien derecha. Por suerte está bastante deshidratado y la sangre no fluye tanto como normalmente lo haría. La camisa azul que le cubre el rostro a medias está un poco tiesa por la sangre seca del día anterior. No sé su nombre, pero ojalá que se cure y lo vuelva a ver. Lo reconocería por esos ojos tristes y valientes que me veían suplicantes desde el suelo. Ya lo había invadido el miedo.

Es la 1 pm y tengo el celular en 5%. Le estoy contando a un amigo cómo está la situación. Necesitamos refuerzos para ya y nadie viene a ayudarnos. Justo ahora estamos atrincherados y perdimos terreno. La gente de la Juventud Sandinista, -JS-, llegó en refuerzo de los antimotines por el sector de la pro-gobierno Radio Ya. Se sospechaba que había pasajes secretos a través de las veredas  de los patios de la radio que llegaban desde la carretera de ENEL Central. Con los ataques del 30 de mayo y al usar las turbas el mismo método para llegar al sitio, comprobé que la teoría de las veredas es real.

Policía protege a los atacantes

Nos atacaron por la retaguardia y hubo varios heridos por piedras en la cabeza y la cara. Son decenas de ellos. Están vestidos de civil y parece que además de lanzamorteros tienen armas de verdad. Un cordón de policías los protege mientras a nosotros nos lanzan balas de plomo y bombas. Ayer en hubo balas de goma y bombas. Hoy por la mañana se les acabaron las balas de goma y comenzaron con las de plomo; las reales.

Mujeres intrépidas

Las chavalas que andan con nosotros tienen ovarios de acero. Admiro el coraje que se gastan. Ellas están principalmente con los heridos y la comida, pero muchas están lanzando piedras y morteros con nosotros y cuidando las esquinas de peligro. Corren como animales pero no con temor, sino contentas y solemnes a proteger la patria y la universidad. Dispuestas a caer con ellas, según escuché que gritó una a todo pulmón. Varias de las que quedaron en la calle fueron “respetadas” por la policía, pues no a todas se las llevaban presas como a nosotros. Y esa es una gran ventaja que sabían aprovechar, pues de vez en cuando se acercaban más a la zona de peligro y en el menor descuido lanzaban un morterazo. Los pies bien anclados en la tierra; uno delante de otro, el tubo metálico en la derecha, y el encendedor en la izquierda. ¡PUUUM! No había titubeos. 

Sin duda alguna ya perdimos el terreno ganado. Nuestro espacio cada vez es más pequeño y estamos atrincherados sólo en los terrenos de la universidad. Son las 3 pm y hace rato estuvimos esperando que llegara una camioneta por el lado de la UTN a dejarnos morteros y comida provenientes de la UPOLI. Hubo tiroteos en esa zona y la camioneta nunca llegó. Seguramente fueron interceptados.

Derroche de valentía y rabia

Fuimos de vuelta a las aulas a tratar a los heridos que necesitaban nuestra ayuda. Muchos de ellos estaban alterados pero pocos lloraban de dolor. En cambio lo hacían de impotencia y de rabia, lo confirmaron de palabra, y el cuarto, que tenía los ojos vendados y tiritaba, lo hizo con un puño tembloroso que apretó mi mano fuertemente mientras era suturado y susurraba “¡Dios mío!, no nos dejés morir aquí, el país nos necesita.”

Hacia las 4 de la tarde, con el sol por un lado, vimos unas minúsculas figuras negras apostadas sobre el techo del estadio a más de 300 metros de las aulas de la UNI. Por algunos minutos se hizo el silencio sepulcral que precede al desastre y la muerte. Se escuchaba sólo el ruido del viento y se sentía el terrible olor dulzón de la sangre en el ambiente. Los chavalos,- desgraciadamente-, se habían descuidado y solo se estaban dedicando a cuidar a los heridos; unos a otros. Jamás en mi vida había visto cómo las diferencias por estatus social, color de piel, sexo e ideología política se caían de golpe para que los jóvenes se unieran en un único cuerpo.

De nuevo el ataque y la muerte de el flaco

De pronto se escucharon gritos macabros provenientes del muro de la universidad que colinda con el estadio. Cayeron decenas de bombas lacrimógenas a nuestro alrededor y el humo denso envolvió a más de cien atacantes de la Juventud Sandinista vestidos de civil con armas 9mm y lanzamorteros en las manos. El terrible gas nos hizo caer y retroceder de golpe.

El chavalo flaco que estaba deteniendo bombas con el pecho cayó a pocos metros de mí con el tórax abierto por una bala de plomo que salió de lo que creí que era un AK 47 en manos de un uniformado. Sus costillas claramente se pulverizaron y dejaron un enorme orificio en el centro del pecho. Dos miembros de la brigada médica y un chavalo más se lanzaron al suelo junto a él para jalar el cuerpo a como diera lugar. Le dieron aire, le gritaron, lo bañaron con agua destilada y posteriormente intentaron detener los borbotones de sangre con trozos de huesos que manaban de su pecho y hasta de su boca… y todo fue inútil y no se pudo hacer nada para evitar que una sombra se posara en sus ojos, y su luz, literalmente, se apagara poco a poco al momento que fallecía junto a una bandera azul y blanco ensangrentada en el suelo.

 Dotados de dolor y rabia

“¡Qué se rinda tu madre jueputa!” Casi a coro los universitarios le gritaban a los vándalos que nos disparaban a quemarropa. Los teníamos a una decena de metros y avanzaban sin detenerse ni siquiera para respirar. Parecían bestias drogadas totalmente inmunes a los efectos del gas y las piedras. Mientras nosotros nos asfixiábamos y quemábamos vivos por causa de una bomba lacrimógena que nos ardía terriblemente y nos cegaba sin dejarnos ver ni respirar. Los muchachos gritaban de dolor y de rabia. Más allá cayeron heridos varios flacos con el rostro cubierto que tenían la palabra PATRIA escrita con sangre en la punta de la lengua.

Yo corrí desorientado en busca de los dos chavalos que había conocido: Víctor y Julián. Ellos tenían agua con bicarbonato y agua con alumín compuesto. Ambas mezclas contrarrestan los efectos del gas. No podía ver dos metros más allá de mis manos, y el calor de un fuego insoportable me quemaba las retinas. La piel de mis brazos, mi cara y mi cuello ardía tanto como si me hubiese dado un baño en ácido de batería, y el sólo hecho de intentar respirar significaba desgarrarme los pulmones con amoníaco y azufre concentrado. Todo esto por ver caer una bomba a centímetros de mis ojos cuando me escondía de la lluvia de balas en una zanja con lodo y algo de sangre.

Heridos por francotiradores

Y mientras nosotros veíamos armados con piedras cómo los vándalos con plomo destruían y saqueaban la universidad, muchos caíamos con agujeros de bala en el pecho y la cabeza que salían de armas de francotiradores apostados en el techo del estadio, protegidos por el sol y el viento. Balas de alto calibre de un fusil de francotirador semiautomático llamado Dragunov SVD, con velocidad máxima de hasta 830 metros por segundo. Y nosotros, nosotros sólo protegidos por la mano de Dios mientras intentábamos salvar la Patria.

Ahí supe que el arma que destruyó el pecho de aquel flaco valiente fue la de un francotirador, no una simple AK 47.

Muchos de nosotros logramos escapar a duras penas, ingeniando una vía de escape cuando estábamos rodeados por todas partes, teniendo que arrastrarnos por el lodo de las alcantarillas y la sangre de nuestros propios hermanos heridos.

Al final, al caer la noche algunos quedaron encerrados en las aulas y los laboratorios y no sabemos nada de ellos. Espero que sigan bien, o por lo menos vivos.

El himno como escudo

Y pensar que todo esto inició cuando unos 40 estudiantes de la UCA en la noche del 18 de abril, los últimos que quedaban protestando afuera del portón principal de Galerías Santo Domingo, fueron encerrados y acorralados por más de 60 antimotines que no les dejaban salida.

¡NI SE TIÑE CON SANGRE DE HERMANOS…!

Los antimotines avanzan segundo a segundo y no tenemos salida. Somos alrededor de 40, no tenemos armas, no tenemos piedras, sólo banderas, consignas y cuadernos. Estamos gritando el himno con un sentimiento indescriptible que arde en las venas a cada palabra. Hay cámaras detrás nuestro y carros que avanzan pitando al ritmo del himno.

¡BRILLE HERMOSA LA PAZ, EN TU CIELO NADA EMPAÑE TU GLORIA INMORTAL…!

Los lobos vestidos de negro sólo rugen mientras nos rodean en manada feroz. Están avanzando un poco más y apenas 50 centímetros nos separan de ellos. Estamos completamente atrapados sin ninguna salida. La malla es demasiado alta para saltarla, y ni siquiera hay espacio para poder intentarlo. Todos estamos pegados unos a otros. El hacinamiento es asfixiante.

¡Y EL HONOR, ES TU ENSEÑA TRIUNFAL, ES TU ENSEÑA TRIUNFAL!   

Seguimos cantando el himno sin saber si será la última vez que lo hagamos. Todos lo gritamos con pasión que se desborda desde nuestros interiores. Es casi igual a llorar de emoción e ímpetu cuando se canta Nicaragüa Nicaragüita y se es perseguido y atacado por la Policía y la Juventud Sandinista. Pero en este momento la mezcla de emociones es más real e intensa; más corpórea, más tangible. Sentimos los golpes de los escudos de los antimotines golpeándonos el cuerpo y todavía no cedemos porque estamos cantando el himno. El tiempo relativo es casi eterno justo cuando terminamos de gritar los últimos versos de ese bello y apasionante poema que nosotros, los últimos protestantes, cantamos con todo orgullo a costa de nuestra seguridad.

Para salvar la vida tuvimos que abrir un boquete en la malla perimetral y casi salir corriendo para no ser golpeados. Muchos lograron saltar la cerca, algunas mujeres subieron al puente peatonal y desde ahí brincaron al interior del centro comercial.

Los que estaban adentro le gritaban a los policías para entretenerlos. Otros corrían a sostener la cerca y atrapar a los que se lanzaban para que todos pudieran cruzar a salvo.

Y mientras todo eso ocurría, en la UCA los jóvenes eran apedreados por más de 300 miembros de la JS que armados hasta de tubos metálicos lograron entrar a la casa de estudios a golpear, herir y robar a los universitarios que protestaban pacíficamente. Saquearon parte de los primeros edificios sin mucha resistencia, pues al fondo, a pocos metros detrás de ellos, la Policía Nacional los protegía y resguardaba; según su propio lema de Honor, Seguridad y Servicio.

Vivo para contarlo

Minutos más tarde, su servidor, quien escribe estas líneas, fue rodeado por más de 10 miembros de Juventud Sandinista afuera de la UCA, robado y golpeado salvajemente. Con un resultado de dos trozos menos de lengua, las muelas izquierdas flojas, una herida en la parte posterior de la cabeza, y la mandíbula desencajada por causa de las patadas, que aún hoy, varios meses después sigue sin curarse. Y dos días más tarde con una marca de bala en las costillas, al dar cobertura a las protestas.   

Y todo esto, a pocos metros de dos oficiales de policía que comenzaban a practicar la risa burlesca que ocuparían los próximos meses sin excepción alguna.

La misma risa sarcástica que pusieron cuando lanzaron una bomba lacrimógena dentro de un carro particular, y que por poco mata a una niña de 3 años y un niño de 2 en la rotonda Rubén Darío. Y también es la misma risa que pusieron cuando le abrieron las puertas de la catedral a los mismos vándalos y saqueadores.

Disparaban a diestra y siniestra a los jóvenes atrapados en la catedral. Jóvenes que llevaban alimentos y medicina a los universitarios atrincherados en varias universidades que desde hacía 2 días estaban haciendo Patria recibiendo con todo honor balas y piedras en el pecho para defender a su nación. 

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