“Los policías nos dejaron ir, al rato escuchamos balas contra ellos”, narra sobreviviente del barrio Sandino en Jinotega

Úrsula Gadea*

No logra superar el recuerdo de la escena, fue muy cruel. Los balazos quedaron como sonidos fantasmas en sus oídos. “Toñito” a como le vamos a llamar en esta historia es un joven, ahora en el exilio y cuenta cómo fue que escapó junto a su compañero de la operación limpieza en el barrio Sandino de Jinotega en julio pasado.

“Mataron a esos policías por dejarnos huir, mi primo me dijo que a los días vieron que la Policía bajo con dos cadáveres en bolsa, del otro lado del cerro, yo sé que eran ellos (los policías buenos) porque al ratito que nos fuimos oímos unos disparos, los mataron con balas que eran para nosotros.”
Fue como “La noche de los cristales rotos” de Jinotega, al recordar a Dan  Merrick (Tom Berenger), un hombre a simple vista normal sufre un accidente de tráfico junto al mar de San Francisco del que sale con una brutal amnesia que le impide recordar cualquier detalle de su vida pasada, entonces su mujer, Judith Merrick (Greta Scacchi), presente durante el accidente, escapa ilesa y le ayudará durante la recuperación hasta su regreso a casa, donde a través de reuniones con sus familiares y amigos intentan reconstruir sus recuerdos.

La operación de muerte estaba programada
El 24 de julio del 2018, la Policía y los paramilitares programaron la operación limpieza en el barrio Sandino de Jinotega, iniciaba a las 17 horas. Así estaba escrita en una pizarra de la oficina secreta de operaciones.
Para las 18 horas, el ataque ya era inminente, ni una caravana de civiles que se movilizaba por las calles de la ciudad iba a impedir la masacre. La resistencia cívica en este barrio era la de mayor envergadura que se mantenía en Nicaragua.

Mujeres recibieron a los militares
Un policía bajaba la mirada cuando una mujer delgada, como de unos 56 años, maltratada por la vida y llorando se le acercaba con una bandera de Nicaragua, se la restregó en la cara, le dijo: “Somos hijos de Dios, la misma bandera nos cubre, váyanse”
Al policía le dolió el pecho, sintió una corriente eléctrica hasta su mano y un nudo en la garganta. No le quitó la mirada a la mujer después de eso, le recordó a su propia madre.
Desde una esquina la miraba sentada afuera de una casa, estaba con una paila y su bandera. 

Cuidaba a su hijo
“Bryan, hijito, ya metete sino voy a seguir cuidándote desde aquí sentada” le dijo a su hijo, un muchacho recio, de unos veinte y tantos.
El sabía que a las 20 horas iba a comenzar la matanza.
Ya eran pasada las 12 de la noche y el ataque en contra de los chavalos del barrio Sandino seguía. 
El policía corrió con sus compañeros, sabía que le había dado a uno de los muchachos que estaba escapando de las balas.
El no quería matarlos, no quería estar ahí, sabía que iba a ser despreciado de por vida, tenía un hijo, de seis años, y una niña de ocho. Pensaba que cuando todo terminara sus hijos crecieran le iban a preguntar de qué hizo en el tiempo de la dictadura.

El diálogo interno del policía
“La historia la escriben los que ganan, los que pierden siempre van a quedar como los malos” así había escuchado de alguien una vez, y él pensó que si siempre era así, esta vez la historia iba a ser escrita por los verdaderos buenos, y que los verdaderos malos iban a quedar plasmados.
El no podía decirle nada a sus amigos de lo que pensaba, no sabía si confiar en otros policías, mientras corría detrás de los chavalos que emboscaron en el barrio, le pedía a Dios que se escondieran bien, porque las órdenes que tenía era de matar y si es posible, ocultar.
Su compañero iba más adelante, se metieron al fondo del cerro siguiéndole el rastro a los chavalos. Eran como las 2:00 am, la adrenalina del ataque no se le quitaba, no sabía si estaba temblando por el frío o la ansiedad.
Esa ansiedad que le da a uno, que le hace temblar hasta las tripas, que te hace sentir las manos heladas. “Escóndanse, piérdanse, pero que no los encontremos” era lo que más pensaba mientras iba jadeando.

Cazan a dos jóvenes
“Aquí están muy hijueputas” oyó que dijo su compañero. Detrás de una peña, habían dos chavalos, no pasaban los veinte años, en sus caras se miraba el cansancio, ellos no estaban entrenados. El policía solo imaginó que lo más que habían corrido sería por jugar fútbol. Volvió a pensar en su hijo cuando lo lleva a la cancha sintética.

Imploraron por la vida
“No nos disparen, no estamos armados, dejen nos vayamos” articuló el más flaco. En su voz se dejaba entrever rabia y miedo, el policía lo percibió así porque oyó como arrastró con dolor su frase, como quien les echaba en cara que iban a matar a dos cipotes desarmados.
Su compañero lo volteó a ver, en su expresión lo supo, el tampoco quería matarlos.
“Jalense, váyanse a la verga rápido, los de negro no los van a perdonar si los encuentran” les dijo.

Alcanzó a oír una expresión de gracias ahogado en un nudo de garganta. Se quedó viendo con su compañero, estaban asustados, sabían que implicaba que los dejaran ir.

Llegaron los Dantos
No tardaron mucho los Dantos en llegar donde estaban los dos policías, esos no eran de Jinotega, no los conocían. Los Dantos son tropas especiales para ejecutar operativos de búsqueda y aniquilación.
“¿Donde se metieron?” les preguntó un negro, alto y flaco, casi no le distinguía los rasgos faciales, tenía miedo que los nervios lo delataran. Y así fue. 
“Se nos perdieron, no sabemos para donde dieron, aquí no hay nadie, vamos a buscar al otro lado” dijo el policía.

¿Asesinados?
Los tres dantos no se convencieron, uno pasmado con expresión de ira y locura agarró su AK y le disparó a su compañero, sin previo aviso. Le voló la garganta a quema ropa, el policía cerró los ojos, pensó quizás como Alvarito Conrado…”
En el cerro se oyó otro disparo. Ese fue el último ahí arriba. El policía no llegó a saber si hubo más.

Hay cadáveres en el cerro

Eran las 3:00 pm de un 25 de julio, el barrio Sandino estaba tomado. Dos familias enterraban a sus héroes asesinados por la emboscada el día anterior, el tercero todavía estaba siendo velado.
El barrio estaba en silencio, las casas estaban cerradas, los niños más pequeños no salían solos. Un grupo de pobladores miraba al cerro.
Los que vivían más cerca decían que se sentía un hedor como a mortuorio. Unos zopilotes revoloteaban, como si había cadáveres en ese cerro que estaba custodiado por policías.
Los policías no dejaban subir a nadie, ni a los que iban a traer leña.
El rumor se hizo fuerte y retumbó en toda Jinotega: Hay cadáveres en el cerro, la gente vio cuando arrastraban unos bultos, los policías los debieron enterrar mal porque se siente tufo.

(*) Colaboración

 

 

 

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