¿Cuál es la estrategia inmediata del régimen Ortega Murillo?

Persecución a organizaciones de mujeres en Matagalpa. Foto de redes sociales  

Henry Petrie

«Normalidad» y estancamiento es lo que caracteriza a la actual coyuntura nacional. Al respecto, ha habido varios análisis, cuyas tendencias y argumentos fluctúan según donde se ubiquen los actores.

Para orientarnos con cierta objetividad, debemos tomar en cuenta los hechos y sus impactos, el poder de cambio o transformación que provoquen.

En esta ocasión, esbocemos el estado de «normalidad», pretendido por el régimen Ortega Murillo, desde su marco general estratégico.

Con la ventaja del control de las instituciones estatales y de los instrumentos represivos, reforzados éstos por fuerzas paramilitares y un amplio tendido de informadores («soplones», «sapos», etc.), la dictadura implementa una estrategia que tiene como objetivo central, sostener su poder político mediante el restablecimiento del orden en todo el territorio nacional y la normalización de las actividades socio económicas. Poner en marcha al país es esencial, mientras tanto, tejen iniciativas de ley («Promoción de una cultura de paz y reconciliación»), activan mecanismos electorales inmediatos (regiones autónomas y disposiciones nacionales) y trabajan por neutralizar al movimiento azul y blanco.

Desde esta estrategia, aplastar a la resistencia cívica y pacífica pasa por disolver su esperanza de triunfo, reducir al máximo su capacidad de movilización y minar la confianza de sus autoconvocados en los líderes nacionales visibles, mientras tanto se desarticulan, aniquilan o encierran a los líderes locales.

Lo anterior, plantea lineamientos muy concretos: primero, orillar a la Conferencia Episcopal de Nicaragua mediante la amenaza y el chantaje personalizado; segundo, crear «el primer puerto nacional de la reconciliación» en la pequeña y mediana empresa, lo que ya están trabajando con un plan específico; tercero, realizar las elecciones en las regiones autónomas y aprovecharlas para fracturar la resistencia azuliblanco y forjar, con los partidos políticos participantes, un «gran acuerdo de paz y reconciliación»; cuarto, desarrollar una campaña de descrédito a los exiliados y refugiados en Costa Rica, particularmente a los considerados líderes; quinto, vincular a la comunidad nicaragüense en el exterior opositora a Ortega Murillo, en particular la de Estados Unidos, a los planes supuestos de intervención gringa en Nicaragua («traición a la patria»).

Sostener el poder político implica perpetuarse en éste, con un modelo dictatorial pendular, es decir, que combine grados de conciliación y de represión a la medida de las circunstancias. El castigo a los rebeldes será aún más implacable y sistemático en todas sus variables, porque el centro de la solución está, desde la perspectiva de la dictadura, en extirpar toda expresión que amenace su poder.   

A cuenta de que un diálogo y negociación nacional cuando el país vuelve al «curso de la normalidad»; cuando el movimiento que amenazaba el poder, desde su visión, está en un «estado próximo a la rendición», aunque sea capaz de continuar protestando por algún tiempo.

Continuarán su estrategia, realizarán elecciones en el Caribe nicaragüense, soportarán la tan sonada ley Magnitsky atrincherados en sus dominios, insistirán con el gran capital y disfrazarán las regresiones de la economía nacional de la manera más conveniente.

La derecha será toda fuerza que acepte el orden establecido encabezado por el supuesto partido de la revolución; todo lo demás que lo cuestione y confronte, serán los golpista-terroristas.

Por supuesto, el Ejército de Nicaragua es un actor solapado en toda esta estrategia. No hay brazo de distancia ni contrariedad, todo lo contrario, existe una fehaciente subordinación, más que al Jefe Supremo, al líder-comandante-compañero-hermano de «la lucha histórica».

Es bastante probable que observemos a esta institución tomando acciones más claras en respaldo al «orden constitucional».  

Y por supuesto, en sus lineamientos internos, se verá una intensa labor política de base para reanimar a la militancia orteguista, con un eje discursivo triunfalista («golpistas y terroristas están derrotados»). Se asignarán misiones departamentales, municipales y barriales, que incluye la organización paralela de «los históricos» (excombatientes, ex integrantes de unidades militares de los ochenta, vieja guardia), como supuesta fuerza moral y de choque.

El «sandinismo danielista» aparecerá como denominación «auténtica», «heredera de Carlos», «revolucionaria», frente a las expresiones «traidoras» y de «derecha»; el liderazgo mesiánico e indiscutible de Daniel Ortega, será remachado en sus bases, en tanto se le considera determinante para «preservar la unidad» de este partido y «forjar nuevas victorias».

(Continuará)

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Henry Petrie

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