Desde abril nada es normal en Nicaragua, las plataformas políticas se fracturaron y emergió una nueva conciencia social

Henry Petrie

Las recientes medidas del gobierno de los Estados Unidos en contra de la dictadura Ortega Murillo, no solo reafirman, sino que profundizan la anormalidad en la que se encuentra Nicaragua, pese a los esfuerzos desesperados por imponer el orden mediante la represión y los aberrados actos institucionales. Pero, no son estas medidas el objeto del presente artículo, sino la aparente tranquilidad que se nos ofrece en letanías oficialistas.

La normalidad es bastante subjetiva, su determinación depende de las expectativas con relación a lo que se concibe como natural. De su imprecisión ha querido beneficiarse el régimen, poniendo a trabajar a sus manipuladores mediáticos para que la idea se establezca como realidad, destacando las obligadas actividades sociales y económicas que se realizan, sin valoración objetiva de los hechos. Para propósitos dictatoriales los razonamientos críticos no cuentan.   

La conmoción social y económica ha sido integral. El deterioro de las instituciones políticas y gubernamentales aún sigue su curso. La juventud continúa en peligro. Periodistas son acosados y agredidos. Las detenciones arbitrarias continúan. Despidos masivos incrementan índices del desempleo. Empleados públicos, no estando de acuerdo con el actuar del gobierno, callan y acuden a alguna rotonda con su dignidad en pedazos. Estamos en un estado donde la justicia, el derecho y la democracia han perdido valor de manera dramática. ¿Es esto natural u ordinario en Nicaragua?

La «normalidad» orteguista tiene un abismo de diferencia de todo aquello que pueda considerarse buen curso o conducta sana. Ya no hay normas básicas de convivencia social con seguridad, en virtud de esto, se desarrollan acciones gubernamentales lesivas a los derechos humanos y a la precaria democracia nicaragüense.

Desde abril nada es normal en Nicaragua, las plataformas políticas se fracturaron y emergió una nueva conciencia social. La mascarada del amor, paz y reconciliación se desprendió y se develó la naturaleza déspota de la pareja gobernante. No es natural ni ordinario la mortandad de jóvenes estudiantes ni el dolor (resucitado) de tantas madres que, al día de hoy, continúan demandando justicia. Tampoco es normal que haya reos políticos, a quienes se les ha fabricado crímenes por protestar en las calles o correr con flores o inflar chimbombas y vestir de azuliblanco.

¿Es normal que gobernantes sean esquizofrénicos? Todo resulta tan extraordinario como torcer la Constitución, renegar de la realidad para imponer una visión política fraudulenta. No hay estabilidad ni para ellos ni para el pueblo, porque cuando se ha abierto los ojos, la luz se expande y quema a la oscuridad, es decir, al corrupto, al falso, al impostor. Nada puede resultar funcional, porque sus estrategias se aplican a un pueblo equivocado en contexto distinto al cubano y venezolano, porque ya no controlan su conciencia. La pareja tirana lo saben, porque este pueblo les ha resultado anormal.  

Qué diagnóstico distinto puede resultar de un país que sufre corrupción y centralización generalizada, represión criminal, paramilitarismo, policía militarizada, acciones solapadas del ejército, una economía en picada, derechos humanos destrozados, asedios y arrestos indiscriminados, amenazas de muertes, en fin, este pueblo sufre una anomalía de estado profunda. Y como esto fue cuestionado y sacudido hasta los tuétanos, la izquierda zombi del Alba desteñida, acusa de golpista, terrorista y derecha imperialista a quienes osaron derribar los vetustos estandartes, el mesianismo que solo funciona para sus súbditos.

Nada es confiable. Toda acción y ley tiene como propósito mantener en el poder a los tiranos. Los tribunales ahora son comandos que fabrican delitos y dictan condenas injustas, nefastas. ¿Qué va a reconciliar la dictadura?

Los megalómanos saben que no hay normalidad, que no han podido imponerla; saben que solo con la fuerza policial y paramilitar son capaces de contener las marchas masivas y las diversas expresiones de protesta en todo el país. Su fracaso se acrecienta, porque el pueblo nicaragüense en más del 80% ya tiene una decisión que es letal para el orteguismo. Cada expresión individual de este histórico porcentaje reclama y repudia de distintas maneras. No hay un pensamiento que no sea azul y blanco, justo lo que le arde a la dictadura.

Es totalmente antinatural y aberrante, que una fuerza política, un partido en el gobierno, avasalle la bandera nacional para blandir la suya como símbolo de enfrentamiento. ¡Qué anormalidad mayúscula!

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Henry Petrie

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