Lucha debe derribar máscaras de un viejo sistema intolerante y viciado

Foto archivo de Humberto Castilla / Nuevas Miradas

Henry Petrie

«Los Azul y Blanco tampoco entienden de pluralismo político, porque nos atacan, aunque sepan que no somos orteguistas, que estamos en contra de la dictadura y que también queremos cambios realmente democráticos en Nicaragua», me expresó un viejo militante del FSLN de los barrios orientales de Managua.

En las redes sociales existen mensajes para nada conciliatorios ni unitarios, muchos recriminan y discriminan, repiten ejes de un discurso confrontativo y desprovisto de una interpretación histórica. Lo más triste es que transmiten una visión mesiánica, al fin y al cabo, al creer que la solución a la crisis actual es posible con una sola fuerza, excluyendo a otros sectores con quienes se debe forjar el diálogo y el consenso constante.

La nueva actitud política debe alejarse, divorciarse, de los vicios paridos y alimentados por el viejo sistema político, que no fue derrumbado con la revolución sandinista, sino que, asumido y enriquecido desde la lógica despótica del poder, cuyo estamento se benefició de los privilegios y licencias corruptivas.

Para que caiga la dictadura Ortega Murillo, hay que lograr la más amplia pluralidad política y sectorial en la lucha cívica actual. Todos los ciudadanos que deseemos el imperio de los derechos humanos; una institucionalidad real con poderes independientes del Estado; la justicia, democracia y equidad sin privilegios, restricciones ni excepciones; que deseemos gobiernos controlados por las instituciones y organizaciones del pueblo culturalmente diverso, debemos sacudirnos y despojarnos de ideas y actitudes que, en virtud de unir para la construcción social y política futura, patina en los pútridos resentimientos históricos que enceguecen, al extremo de no apreciar la multiplicidad de colores de la juventud estudiantil, que en abril del 2018 partió las aguas de la historia nicaragüense.

Ya sea por opción consciente, por herencia familiar o por el inconsciente colectivo, todos procedemos de un acervo cultural y político determinado. Todos somos producto de la distorsión histórica desde el tiempo de la colonia española; del poder que nos ha sometido y engañado desde antes de la actual humanidad; somos la razón esencial de las relaciones mercantiles que imponen una carrera competitiva hacia la concentración de la riqueza; hemos navegado en sistemas estructurales permeado por las nimiedades y las miserias que nacen en las relaciones de poder. En fin, ninguna otrora participación política –pasiva o activa– puede considerarse pura, incólume ni exenta de la historia reciente pasada, ni «los milenios», por asociación familiar o extensión de una tradición totalitaria.

Los Azul y Blanco deben abrirse a los sandinistas que se oponen a la dictadura Ortega Murillo. El sectarismo, como tentáculo de la política del régimen, atenta contra la diversidad y la pluralidad del pueblo opositor. Millares de sandinistas defraudados también son votantes, a quienes debe llegar una propuesta conciliadora y de unidad de propósitos nacionales.

Esta pluralidad y diversidad también debe aplicarse a las creencias religiosas. Sin duda, obispos y sacerdotes de la Iglesia Católica en Nicaragua han jugado un rol importante al lado de la juventud y del pueblo reprimido, lo que no debe implicar el cierre de espacios para que evangélicos y otros creyentes religiosos, actúen con beligerancia en la protesta desde sus perspectivas de fe.

Recuerdo que, en la primera marcha multitudinaria hacia la UNI, hubo asombro de un grupo de señoras participantes, porque en el trayecto coincidieron con un grupo de homosexuales indignados por la masacre de estudiantes. En las redes sociales abundan mensajes representativos del oscurantismo y la Inquisición, sugiriendo también la hoguera para los ateos, «los enviados de Satanás.»

A la fecha, las posturas públicas de la Alianza o la Unidad son amplias, integradoras, pero quizá hace falta más intercambio con la gente, considerando la amplitud del movimiento. La lucha no está planteada desde los viejos círculos viciosos de la política, ni de los prejuicios sociales y morales, menos aún, desde las creencias teológicas o no. Esta es una lucha para derrumbar a la dictadura y abrirnos pasos en una ruta de justicia y democracia, bajo el imperio de los derechos humanos. Y aunque estemos en pleno camino constructivo de la nueva sociedad, no debe perderse de vista que ésta debe ser consecuencia del respeto y la tolerancia, de la libertad del ser humano y el bienestar colectivo.

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Henry Petrie

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