La figura de Ortega y sus implicaciones

Oscar-René Vargas

“Toda época tiene sus grandes hombres y, si éstos faltan, los inventa”.

Helvecio.

La figura de Daniel Ortega es especial, hasta diría trágica. Cuando llegó al poder por primera vez en 1979 levantó la consigna de los pobres primero, de la igualdad social y de no pagar más que una parte de la deuda externa heredada del somocismo. Por eso, en América Latina lo recibían como un estandarte de la lucha contra la desigualdad y antiimperialista.

Él era un joven sandinista, que llegó por primera vez a la presidencia a los 34 años, como coordinador de la Junta de Gobierno. Cautivado por el fulgurante prestigio de la revolución de 1979, ha sido víctima de sus fantasías.

Pero en el 2007 poco le quedó de eso, porque el partido ya era decadente, había pactado muchas veces con la oligarquía, y hasta con la derecha política más corrupta (Alemán).

De regreso al poder se encontró con que el Estado neoliberal y los poderes fácticos tenían una existencia real y, obviamente, ni él ni su partido tenían deseos ni fuerzas para trocar ese Estado conservador de tipo oligárquico y las relaciones que se tejían allí; y, además, con una clase dominante oligárquica conservadora que serviría para justificar la necesidad de un Estado autoritario.

Ortega está dotado de un sentido práctico y perseverancia en la consecución de sus objetivos. Su perspectiva política es sumamente estrecha, y su nivel teórico es igualmente primitivo.

Fue capitulando en el camino y al final, ha gobernado por la derecha reprimiendo a las bases sociales de los campesinos, a los trabajadores y a todo movimiento social que demande transparencia y democracia.

Desde el 2007 ha ido pasando de la promesa de reformas de tipo progresistas a una posición de carácter neoliberal con políticas represivas tipo pinochechista.

Como todos los empíricos, Ortega está lleno de contradicciones. Actúa según sus impulsos, sin perspectivas. Su línea política es una serie de zigzags. Jamás se avergüenza de llamar blanco a lo que ayer llamaba negro.

La política zigzagueante del régimen sólo ha fortalecido a los sectores más corruptos, violentos y sin principios éticos: los paramilitares.

La mutación política de Ortega ha sido como el cambio de piel de una serpiente. Cuando el animal ha crecido, la vieja piel que estorba debe ser abandonada. En los ofidios, la capa córnea de la epidermis es abandonada como un manto viejo que conserva la forma de su último ocupante.

La operación de mutación de Ortega es regulada por los cambios políticos endógenos. La vieja camisa político-ideológica quedó atrás como vestigio de una etapa de crecimiento, mientras emerge un animal político revestido de una nueva y más eficaz envoltura.

Ortega dejó el idealismo en el camino y se convirtió en un político tradicional: corrupto. Se rodeó de amigos corruptos. Convirtió al FSLN en una cáscara llena de familiares y amigos suyos, ligados al gobierno, que reciben los beneficios del poder.

Ortega ha demostrado que tiene una gran capacidad de adaptación que le permite abandonar la vieja ideología epidérmica cuando ya no le es funcional. Durante los años 1979-1990 durante ascenso de la lucha social, se declaraba abanderado del “socialismo real”.

Después de la desaparición de la URSS decidió renunciar al proyecto socialista. Todo cambió cuando la derrota política electoral de 1990 lo dejó sin estrategia y el partido decreció en los sectores populares.

A partir de 1990, la metamorfosis de Ortega ocurrió en la sombra y se adaptó a las políticas neoliberales. Las bases sociales quedaron anonadadas, malparadas, e intimidadas, iniciándose el reflujo social.

Ortega no mantuvo las conquistas sociales obtenidas en su fase de ascenso (2007-2015). Después de que determinadas clases, grupos o individuos hicieron una revolución social, otros empiezan a aprovecharla.

Los que hoy detentan el poder desempeñaron un papel absolutamente secundario en la lucha contra la dictadura somocista y sólo se unieron después de haber triunfado.

Ortega implementó la táctica que consistió en remplazar a personas independientes y talentosas por mediocres que debían su posición exclusivamente a su voluntad.

Existe la corrupción entre los políticos y los funcionarios de gobierno. Esta capa conservadora, que es el puntal más importante con que cuenta Ortega, tiende tener una posición más cercana a los políticos tradicionales.

Ortega no tuvo empacho en desmantelar al partido de sus principales cuadros y vaciarlo de una política social progresista. Para cuando Ortega recuperó el poder en 2007 la serpiente ya ostentaba otra envoltura.

Cuando Ortega reniega de sus principios éticos sin romper con la base social de apoyo de los años ochenta, se ve obligado a calificar su caída como ascenso y confundir su mano derecha con la izquierda.

El idealismo lo dejó en el camino y se convirtió en un pervertido político. El partido fue destruido y él está destruido física y personalmente. El balance de la historia será negativo. Esto para cerrar una caracterización breve del personaje.

La estrategia de Ortega-Murillo se asemeja al médico que trata los síntomas, pero ignora las perturbaciones funcionales y orgánicas. En política jugar al escondite jamás da buenos resultados.

La política impotente de virajes y saltos al vacío, las crecientes dificultades económicas, la gran desconfianza hacia el régimen de parte de los poderes fácticos externos; obligaron a Ortega-Murillo a excarcelar a los presos políticos.

Con la liberación de los presos políticos, Ortega ha conseguido un efecto negativo: desconcertar a su base social, ya que lo interpretan como una derrota de la dictadura.

La etapa actual de la lucha social contra la dictadura no tiene, todavía, un carácter definitorio sino coyuntural. La única manera que podría sobrevivir el orteguismo sin Ortega sería por medio de un golpe militar.

El país, las empresas y los ciudadanos están siendo sacrificados por las ansias de conservar el poder de Ortega-Murillo y sus grupos de apoyo. Ortega olvida que un sistema político nunca será estable o equilibrado si está basado en la injusticia, la represión y la corrupción.

Como siempre, la realidad política es un mar de ambigüedades, repleta de tonos grises, contradictoria. De ese mar, el régimen captura ingredientes propicios para la creación de su narrativa, más apegada a su conveniencia.

No es que toda la narrativa gubernamental esté hecha de falsedades, no, es siempre parcial, incompleta, y es así para poder hacer que juegue una función de engaño a sus bases sociales.

Las fases de reflujos sirven siempre para profundizar y analizar la estrategia a seguir, estamos frente a una gigantesca tarea de clarificación táctica y reagrupamiento.

Es imposible predecir la duración del período de reflujo social puesto que depende de muchos factores interno e internacional. Pero el surgimiento de una segunda ola social es inevitable; se deriva absoluta y totalmente de las circunstancias creadas por la primera ola social.

No debemos de olvidar ni un instante que el régimen descansa cada vez más sobre los cimientos de una economía en recesión. Esto significa que puede sobrevenir una crisis social antes de lo que muchos creen, y que la misma puede adquirir un ritmo febril. De ahí la conclusión: es necesario organizarse y prepararse.

La salida del régimen Ortega-Murillo es indispensable pero insuficiente; es necesario un plan de desarrollo alternativo. Sin una posición general principista respecto a todos los problemas fundamentales de la sociedad nicaragüense y, en primer término, de la relación con el régimen, no se puede obtener victorias serias y duraderas.

Una evaluación correcta de la etapa de lucha y de las fuerzas vivas, un pronóstico certero del futuro mediato, obliga a todos los ciudadanos a reagruparse y unificarse bajo la bandera de la unidad contra la dictadura despótica.

San José/Costa Rica, 17 de junio de 2019.

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