La cruel reedición de los escenarios sangrientos de Pedrarias Dávila en el siglo XXI

Segunda parte y final

Carlos Morales Zapata

Unos gritos sordos y lejanos, explosiones apagadas y un doloroso culatazo en la cara terminaron de despertarme. Un escuadrón de hombres vestidos de negro y con el rostro oculto bajo capuchas también negras rodeaban la hamaca en la que estaba durmiendo, en una casa de seguridad junto a 5 compañeros más.

Ahora los gritos son cercanos y el dolor en mi nariz quebrada es tangible. Tengo una bota negra puesta sobre mi cabeza y alguien más me entierra su rodilla derecha a mitad de la espalada para poder neutralizarme. ¿Acaso no ven que ni siquiera me resisto? Apenas soy consciente de lo que está pasando a mi alrededor. Me cuesta respirar por la nariz y el ardor es insoportable. Tres fusiles me apuntan a la cabeza y varios hombres más regresan con uno de mis compañeros, ya neutralizado que sangra a borbotones por su sien derecha.    

El tercero de mis amigos es capturado minutos más tarde, iba corriendo por los techos de las casas contiguas y un error de cálculo y la desesperación por huir hizo que saltara sobre un tragaluz y la lámina plástica cediera instantáneamente bajo su peso y cayera directamente al piso sobre una anciana. Abajo los captores de rostro oculto y mirada rabiosa ya lo esperaban para desmayarlo a punta de golpes y proceder a arrastrarlo con las manos encadenadas.

El ataque de las 19 horas

Hace unos días, en un ataque que resultó ser una masacre de más de 19 horas de fuego ininterrumpido, vi morir a dos de mis amigos. Uno de ellos era El Chino, a plena madrugada, luego de que habíamos gritado pidiendo auxilio y declarado la rendición. Éramos más de 150 jóvenes rebeldes, hombres y mujeres por igual. Estábamos acuartelados en un recinto y ante el ataque sorpresa tuvimos que evacuar rápidamente. Una iglesia cercana nos abrió sus puertas y bajo una lluvia de balas prácticamente nos arrastramos hasta el templo. Adentro un sacerdote nervioso intentaba calmarnos y él no lograba calmar sus nervios; era normal, era comprensible. Allá afuera rondaba la muerte con cara de perro y hedor a azufre. La electricidad flotaba en el ambiente y los retumbos de las bombas aturdidoras multiplicaban su eco en el suelo.

Un compañero estaba en shock, completamente asustado y sin poder reaccionar más, casi en un trance sepulcral, pues una bala de los atacantes le había destrozado completamente el dedo pulgar de una de sus manos. Miraba el muñón despedazado y humeante chorreando sangre y lleno de tierra y pólvora y no podía creer que había perdido un dedo hacía unos segundos. Su gesto de espanto denotaba que ni siquiera podía asimilar que lo que le sucedía.

El arma se enconchó

Había estado oculto en el barranco de un cauce y ante la lluvia de balas logró conseguir un revólver para defenderse. Apenas había un arma de fuego un par de veces en su vida, pero el enorme deseo de salvar su vida le dio valor para coger el arma y disponerse a dispararla para defender su vida.

Sacó la cabeza de su escondite unos centímetros, contuvo la respiración y apuntó; el tiempo se detuvo un instante cuando cerró su ojo izquierdo para calcular la distancia, tensó el dedo sobre el gatillo y disparó. Nada. No pasó nada. La bala no salió y el martillo sonó y delató su posición. Maldijo en voz alta aún con la cabeza en alto y ¡Puumm! Una bala enemiga se estrelló sobre su dedo pulgar y lo despedazó. Ni siquiera sintió el dolor desgarrador que sentiría más tarde. Sólo entro en pánico al comprender que de un segundo a otro ya le hacía falta una parte de su cuerpo.

El ultraje

Miraba desesperado cómo borbotones de sangre se escapaban apresuradas por la herida desde sus venas. Los atacantes, vestidos de civiles la mayoría, con pasamontañas negros sobre sus caras siguieron disparando hacia el joven mientras se acercaban, ninguna bala lo impactó. Llegaron a su posición lo sometieron rápidamente, no opuso resistencia pues el trance del shock ni siquiera permitió que se fuera realmente consiente de la vertiginosidad de los hechos. Lo patearon, lo hirieron, le enterraron las culatas en las costillas y la espalda y él seguía sin reaccionar o al menos sentir los golpes.

El sitio donde estaba su dedo ahora estaba descuartizado y seguía humeante, la sangre le manchaba la camisa sucia y el pantalón. Había caminos rojos por todo lo largo de su brazo, como las venas abiertas de todo su cerebro intentando comprender el transcurso de las cosas. Lo desmayaron a punta de golpes y su dedo pulgar seguía sin aparecer mágicamente como tanto lo había deseado en los últimos segundos. Tiempo después fue realmente consiente de la magnitud de las cosas; de que ahora era un cautivo acusado de ser terrorista, el trance de la pérdida se había desvanecido de golpe y supo entonces que más de 150 de sus compañeros estaban atrapados pecho a tierra en el interior de un templo, gritando en silencio reteniendo el terror de la muerte segura que seguía vestida de negro rodeando el perímetro y escupiendo decenas de balas por minuto.

Lluvia de balas contra morteros

En el interior del templo los jóvenes estaban a oscuras. Cada uno sostenía un tubo cilíndrico de metal para lanzar morteros apretado contra su pecho. Un encendedor en la mano izquierda y en las mochilas unos morteros de una libra o de dos y unas piedras por si la carga se terminaba.

Estaban a oscuras. Cuando cayó la tarde y no pudieron resistir más en sus posiciones en el interior del recinto fueron evacuando la zona poco a poco de norte a sur, el único flanco que por el momento no había sido invadido. Las barricadas de adoquines y sacos de arena resistieron el impacto de decenas de balas. Por cada mortero que los jóvenes lanzaban 100 balas más les respondían en coro desde todas direcciones. Sus balas parecían ser interminables.

Fusiles PKM, RPK, SPR, M16, AK-47 y hasta RPG-7 y Dragunovs disparaban contra tubos cilíndricos que expulsaban morteros artesanales de muy corto alcance. Nunca supe cuántas personas resultamos heridas de bala ese día, pero me atrevería que 9 de cada 10 personas conocimos durante esas 20 horas el dolor de ser atravesado por una bala y el terror de morir atrapados en toral confinamiento en el interior de una iglesia que se ha quedado a oscuras porque nos cortaron la energía cuando supieron que nos escondíamos ahí.

Todas las ventanas tenían los cristales rotos y las paredes agujereadas. La metralla fue tan intensa durante un instante, que las balas ardientes atravesaron unas cortinas y por poco el templo se incendia por completo con nosotros dentro.

Se evitó una masacre mayor

Ahora estoy seguro, si eso hubiera sucedido, muchos de nosotros probablemente estaríamos muertos, pues al querer evacuar seríamos recibidos a balazos por los encapuchados que nos rodeaban y sin remedio alguno muchos cuerpos serían atravesados por las balas mortales que buscaban la cabeza y el corazón en su juego mortífero. Otros serían alcanzados por el fuego en la desesperación de no tener más salida que resignarse a la muerte de todos modos.

Esa noche fueron asesinados dos de nuestros hermanos, uno de ellos se quedó cubriendo nuestra retirada en una barricada, solito, sin pedir ayuda ni gritar de dolor ni de furia. Ancló sus pies en el piso y con la mano derecha sostuvo el tubo metálico, introdujo rápidamente un mortero de 3 libras, de los más potentes que se podía usar, y el único entre todos nosotros que era capaz de soportar el golpe de retroceso cuando se disparaba.

Murió en una nube de humo

Con la mano izquierda llevó el encendedor a la boca del cilindro; un siseo metálico y chispeante se escuchó justo antes de la potente explosión y una nube de humo y pólvora lo envolvió por unos segundos, sin que le diera tiempo para darse cuenta de que ya estaba muerto. Que antes de que el humo se disipara el chillido en sus oídos se apagara una bala de alto calibre se estrelló pesadamente sobre su cabeza, casi haciéndole estallar la masa encefálica que quedó salpicada en el piso y la grama bajo sus pies, junto a pequeño muro de unos 80 centímetros.

Su camisa negra quedó manchada de sangre. En una de sus manos aún estaba trenzado el tubo metálico de color azul y boca gruesa, y a unos centímetros el encendedor gastado.

Quisieron recuperar su cuerpo, pero la tormenta de balas estrellándose en todas partes no lo permitió. Al amanecer su cuerpo estaba frío y a medio camino entre el templo y los fantasmas sin rostro que los atacaban.

Los cazaban como animales

Días más tarde, muchos de los jóvenes que sobrevivimos a esa masacre fuimos cazados uno a uno y apresados. Nos torturaron de formas tan crueles que sólo una mente deshumanizada y apática al dolor ajeno es capaz de concebir y además de disfrutar con regocijo el dolor y la desgracia ajena. Unos sufrieron más que otros, unos se quebrantaron antes que otros; y estoy seguro que todos desearon morir de golpe para no seguir sintiendo más. “Nos trataban peor que a los animales” Sin lugar a dudas nos animalizaban. Nos arrastraban a los niveles más obscuros de la dignidad y el quebranto, destruían nuestra mente hasta puntos insospechados; un castigo inmerecido al cual el nombre tortura aún le queda corto.

Un compañero en las trincheras, Veintidós, fue capturado dos días después de haber sobrevivido al ataque en el templo. Salía de una casa de seguridad y a media cuadra ya lo esperaban para capturarlo. Fue llevado a una casa de torturas en algún sitio de la carretera sur que aún desconoce. Dentro del vehículo fue golpeado varias veces y llegó moribundo a un lugar oscuro donde fue amordazado y vendado.

En la habitación a la que fue llevado había tres jóvenes más que habían sido golpeados y amenazados.

En el centro de torturas

“Eran dos muchachos de Masaya y uno de Jinotepe, nos desnudaron a todos y nos tenían ahí. Logré ver que había unos cuerpos que estaban enterrando más allá, y constantemente se comunicaban por Walkie Talkie con alguien llamado Pastora que les decía que no nos mataran.”

Con evidente incomodidad Veintidós oculta su rostro entre sus manos y cuenta que los secuestradores, siempre con el rostro oculto tras máscaras de tela negra, encendieron una máquina de soldadura y apunta de golpes y amenazas preguntaban quiénes eran los líderes, quiénes patrocinaban la rebelión, dónde estaban las armas… La sesión de torturas era amenizada por su respectiva dosis de dolor; las ardientes varillas de soldadura eran puestas en la espalda, en las costillas, en las piernas. Y si el cautivo no respondía a las preguntas o no respondía lo que los captores querían escuchar, la varilla de metal ardiente finalmente era puesta en los testículos. Todos ellos se reían a carcajadas mientras uno se retorcía de dolor amarrado de pies y manos en una silla.

“Evidentemente disfrutaban mucho viéndonos sufrir.”

La voz áspera de Veintidós se va haciendo más quebradiza mientras relata a media penumbra algo que nadie más lo sabe; algo que llevará consigo por el resto de sus días y que ni siquiera el olvido necesario podrá borrar de su cabeza aunque lo intente:

“Abusaron de nosotros. Nos violaron 5 veces a los que estábamos ahí…” Veintidós se quiebra de golpe y reprimiendo el llanto calla por unos momentos.

Los 4 secuestrados no podían hacer nada para defenderse, pues todo el tiempo estuvieron encadenados. Además de las normales tandas de puñetazos, patadas, tubazos en la cabeza y constantes amenazas de muerte para ellos y su familia.

Para Veintidós lo peor fue haber sufrido violación sexual 5 veces seguidas en un lapso de dos días por más de 20 hombres; sus captores.

Violación y humillación sexual

Estos hacían turnos con cada uno de los cautivos que todo el tiempo estuvieron encadenados y amordazados en una habitación en penumbras que desató el infierno más imperecedero en la mente de Veintidós, quien maldice las horas que sufrió semejante tortura y que por tal razón ahora tiene un terror enfermizo a la oscuridad. En la medida de los posible intenta no dormir para que en su mente no se desate una vez más el terror del cuarto de torturas, donde los 20 captores con sus rondas de burla y humillación destrozan la mente y la dignidad los cautivos cada noche, cada vez que cierra los ojos con cansancio y el sentido natural de las cosas le pide dormir a su cuerpo cansado.

Irremediablemente una y otra vez desde hace más de un año debe sufrir ese suplicio por las noches mientras pretende dormir. La oscuridad se convirtió en el peor de sus terrores.

Y el origen de todo aquello, al igual que los conquistadores 500 años atrás, surgió ante la irritación que al poder le causan los cuestionamientos a su actuación.

Allá adentro, en las cárceles y mazmorras sobrevivir un día más es más que un gran logro, la comida en La Modelo muchas veces estaba envenenada, o traía gusanos, pedazos de vidrios rotos y metal o simplemente era comida podrida; si acaso teníamos suerte y nos daban comida.

El agua es insalubre y el encierro es total, con tanto calor que hasta se desata el infierno por las tardes y las noches, llenos de mosquitos, escorpiones y cucarachas a todas horas; muriendo a pellizcos con tandas regulares de torturas y golpizas al menos una vez a la semana y viendo el sol casi nunca, Sin derecho a ser humanos ni por un momento, siempre animalizados, destruidos, rebajados al más inferior nivel de la dignidad humana.    

Nota del autor:

Los hechos relatados en la presente crónica se apegan estrictamente a la realidad y se basan en numerosos escritos dejados por Fray Bartolomé de Las Casas, relatos del cronista Fernández de Oviedo y varias recopilaciones póstumas de diversos historiadores.

Se pretende dentro de la medida de lo posible contribuir fielmente a la reconstrucción de nuestra memoria lejana para poder construir la historia de nuestros antepasados que muy pocas veces se cuenta de forma detallada, posiblemente por razones de poder de terceros o por una dolorosa necesidad de olvido sanador.

El personaje en que se envuelven los relatos de la Parte I es completamente ficticio; sin embargo, es la personalización de muchos indígenas que se rebelaron al naciente sistema de exterminio establecido en la provincia de Nicaragua a partir de abril de 1523.

En la segunda parte, se hace evidente la contraposición entre la memoria oficial, la que el poder maneja como verdad única e inamovible, y la memoria subterránea; los hechos que todos sabemos que ocurrieron pero que muchos no quieren que se sigan diciendo o que se sepan por completo.

Hoy podemos llegar a la conclusión de que, a lo largo de nuestra historia, abril es un mes muy dado a las rebeliones y a marcarse entre las líneas de la memoria.

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Juan Ramón Huerta

Prisma cotidiano | El periodismo tiene la capacidad de presentar los hechos desde distintos ángulos y enfoques.

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