La noche cuando el hombre pisó la luna en nuestros televisores en blanco y negro

María Teresa Bravo Bañón

Cataluña, España

Colaboración cortesía de ACIC

Pertenezco a una generación que no tuvo televisión en su casa hasta los 10 años. La televisión en blanco y negro, de entonces, se colocaba casi en un altar, como un objeto de culto, en el lugar más importante de la casa, porque quizás era el objeto de lujo más caro que se tenía y había sido comprado a plazos, porque era improbable que se pudiera comprar al contado para una familia media trabajadora.

Ahí estaba, presidiendo el salón o el humilde comedor con su tapetito de ganchillo y algunas veces con una funda mientras no empezara la sesión de emisión, para resguardar el delicado y caro aparato del polvo.

Pero la televisión no era sinónimo de insolidaridad o de mundo cerrado, era una sociedad mucho más solidaria que ahora, tener una televisión era un hecho socializador, nosotros los chiquillos de entonces, íbamos de casa en casa de los vecinos a ver la tele sin ningún problema, solo teníamos que llamar a la puerta y pedir permiso y compartíamos la magia en blanco y negro que tanto nos fascinaba.

También, llegado el verano, sacábamos la televisión a la puerta de la calle y los vecinos que no la tenían, iban llegando con sus sillas de anea, sus mecedoras o sillas de camping y se instalaban todos, a la fresca, sacábamos el botijo con agua fresquita a la que echaban un chorrito de anís de la Paloma y allí nos tragábamos toda la programación de la única cadena, hasta que salía el Himno nacional y acababa la magia con una nieve ruidosa. Aquella maravilla era para compartir en un mundo más socializado en generosidad y en la ayuda mutua.

La vida en los pueblos seguía siendo comunitaria, con sus beneficios y sus inconvenientes, porque meterse en la vida de los demás y estar pendientes del vecino, también fue un deporte en España; pero entonces dejábamos la llave puesta, había confianza, en las casas y en verano no se cerraba hasta por la noche.

La vida en los pueblos seguía siendo como un todo a compartir, sin otra barrera que la buena educación y el pedir permiso. Podíamos ir a comernos los higos, las cerezas, del árbol, podíamos bañarnos en una alberca, porque no teníamos río. También cuando alguien se moría lo exponían en la casa y algunos iban de excursión a ver al muerto (yo nunca fui, excepto a ver a un niño en su pequeño ataúd blanco).

Era un tiempo en que se compraba de fiado en las tiendas, cuando el sueldo no llegaba a medio mes y el tendero del colmado, que eran como pequeños supermercados te lo apuntaba en una libreta y pagabas en cuanto cobraban a principios de mes, si necesitabas algo que no tenían en la tienda, te lo apuntaban y te lo traían de la capital. Vendían de todo a granel, sin conocer el plástico, recuerdo los fideos de cabello de ángel, nos los envasaban en cucuruchos de papel gris, el aceite, llevábamos la botella y todo lo demás en un capazo.

Yo conocí el dorado sueño de la ecología perfecta, del mundo de la sostenibilidad, donde no se desperdiciaba ningún recurso, porque todo tenía un segundo uso y su consiguiente reciclaje y aprovechamiento, donde un bote de vidrio después servía para hacer conserva casera, el aceite usado se guardaba para hacer jabón  y hasta de los huesos de melocotón podían servir para sacar almendras; con la basura biológica de desperdicios se criaba un cerdo o gallinas; con el pan duro se hacían migas o torrijas y nada se desperdiciaba, incluso el estiércol humano de los pozos ciegos, había un señor que se dedicaba a vaciarlos y compraba su mercancía que después servía para abono de los campos en tiempos de barbecho.

Y viví la alimentación ecológica, en mi infancia no tuve otra. Me criaron con leche de una cabra que los cabreros seleccionaron para que siempre fuera la misma, para no mezclar diferentes leches.

Se puede decir que como a Zeus, a mí me amamantó una bendita cabra. Luego, mi segundo alimento fueron papillas de harina tostada. Recuerdo el cuidado que debíamos tener siempre con la fruta, que podía tener gusanos, pues aún no se conocía eso de sulfatarla, y comer poca carne, quizás una vez a la semana, con el cocido y pocos embutidos, eso estaba racionado, algunas veces, en las casas donde se hacía matanza, debían durar todo el año.

Teníamos huerto y gallinas, he vivido el privilegio de ver nacer los pollitos de la gallina clueca. También en esos corrales no faltaba una tortuga, decían que así espantaba las culebras y conejos de indias que decían espantaban a las ratas. Las unas por ser reptiles, los otras por ser roedores. No sé de dónde habían llegado esas leyendas, pero para nosotros siempre fueron adoradas mascotas.

Cuando llegaba el invierno la tortuga desaparecía, su vuelta siempre nos anunciaba la primavera más que cualquier astrónomo que nos fijara el punto exacto del equinoccio.

Mis tortugas y los conejos de indias eran los mejores muñecos para jugar con amor, para calmar, para hablar, para cuidar… los recuerdo siguiéndome por el patio como perritos en fila, detrás de mí con su «Cuy cuy» escandaloso.

Era en ese tiempo nuestro cuando ver la tele era algo opcional, que tampoco tenía emisión continua, pero era algo mágico al que acudíamos como relax después de haber estado jugando en la calle hasta quedarnos exhaustos. Empezábamos la sesión a partir de la 8 con los dibujos animados de Bug Buny, el Correcaminos o Piolín. Qué embeleso series como el Santo, de Roger Moore (yo creo que fue del primer hombre que me enamoré). Películas como «La gran familia», protagonizada por Alberto Closas o los Estudio 1 de magníficas obras de teatro clásico español, que nos «echaban» los viernes.

Los musicales del sábado por la noche con Mario Beut y después con Joaquín Prats y Laura Valenzuela, el fútbol, los domingos, el Cesta y puntos, ese concurso de Institutos compitiendo por preguntas del temario de Bachiller; el 1, 2, 3, con Kiko Legard, o aquel concurso de: «Un millón para el mejor», donde alguien se presentaba para contestar preguntas de un tema muy especializado.

Teníamos veladas de boxeo en donde conocimos a Pedro Carrasco o aquella mula de Urtain, del que se sacaron tantos chistes sobre su fuerza bruta o toros donde los favoritos Palomo Linares Manuel Benítez el Cordobés estaban siempre presentes en esa televisión en blanco y negro.

No podía faltar la Vuelta ciclista a España. Una vez fuimos todo el pueblo andando a una carretera que estaba a varios kilómetros, solo por ver pasar la carrera y con la esperanza que nos filmaran a alguno ¡Para salir en la televisión!

Acontecimiento extra era el Festival de Eurovisión, con sus votaciones de países y ese retintín siempre que «No nos votaban otros países porque nos tenían manía.» Hasta que Masiel ganó el festival de Eurovisión 1968 y aquello supuso un premio nacional ¡y una apoteosis de la que todavía se habla!

Conocíamos a todos los presentadores, eran como parte de nuestra familia, hasta el Tico Medina, el hombre del tiempo, lo seguíamos con sus mapas de isobaras y predicciones, aprendimos de borrascas y del anticiclón de las Azores, como un lenguaje habitual en nuestras vidas.

No nos perdíamos ni un anuncio, sabíamos todas las músicas y los mensajes publicitarios, ahí empezamos a descubrir cosas que existían y que nos las presentaban como imprescindibles o facilitadoras de la vida cotidiana; esa fue la introducción al consumismo, aunque fuera un consumismo a plazos, al alcance de una clase media incipiente que ya empezaba a veranear en Benidorm, Torremolinos o Palma de Mallorca y que compraba sus coches Seat 600 o Simca 1000.

De política no sabíamos nada, todo estaba bien, para eso estaban los nodos y los telediarios aburridos de Franco pescando salmones, o inaugurando algo y poco más.

También vivimos la noche más importante de nuestras vidas, el acontecimiento que nos marcó a todos cuanto lo vivimos, sabedores que ese hecho histórico era el más grande hasta el momento y que aún después de 50 años, se me eriza la piel al recordarlo: La llegada del hombre a la Luna.

Fue una noche insomne, de espera gloriosa y emocionada, íbamos a ser testigos de la mayor hazaña conocida. Toda la humanidad entera expectante, mirando al cielo, como si se pudiera ver desde la Tierra, otros mirando la pantalla.

Mi madre y mis hermanos sucumbieron al sueño, mi padre y yo resistimos, casi llorábamos al ver aparecer a Amstrong bajando por la escotilla y dando ese primer paso. Era en blanco y negro, con muchísima nieve de interferencias; pero el corazón se nos salía de la emoción.

Nunca la humanidad entera ha estado tan optimista ni tan unida. Esa noche no existían fronteras, ni clases sociales, ni razas, ni diferencias, esa noche todos éramos una humanidad que daba el paso de Amstrong sobre la Luna y creíamos en la ciencia, creíamos en el poder de nosotros mismos.

Esa noche todos fuimos los cosmonautas que nos sentíamos orgullosos del esfuerzo, la inteligencia, de la capacidad del hombre para materializar los sueños.

Muchas películas se han filmado después, sobre las dificultades y la heroicidad de los astronautas o de las matemáticas afroamericanas que contribuyeron a ese viaje y mucho se ha especulado sobre la veracidad o montaje de esas imágenes; pero en un mundo en el que los terraplanistas crecen, no es de extrañar que también pululen las teorías conspiratorias de todo tipo.

Mi padre y yo fuimos testigos de esa noche y ese momento de gozo, de esperanza en un futuro mejor para la humanidad entera siempre será lo más extraordinario que jamás habíamos vivido.

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