El Nuevo Diario que no gustaba al poder y a sus socios

Juan Ramón Huerta

En memoria de Danilo Aguirre Solís

 

En honor a la verdad, no puedo afirmar que me embarga aquel mismo sentimiento que nos envolvió el 31 de enero de 1998, cuando Tomás Borge anunció el cierre definitivo de Barricada.

Al menos, Borge tuvo la delicadeza de anunciar a su personal ese cierre inminente pese a nuestras rabietas de querer salir un primero de febrero, pero la producción llegó hasta el área de diseño.

Hoy que cierra El Nuevo Diario, vemos reflexivamente que los únicos perdedores fueron los trabajadores en general; los muchachos que sufrirán por hoy, pero que la próxima semana aparecerán con nuevas energías e iniciativas y quizás vean esto como historia; o los periodistas veteranos que ya tenían listas sus alternativas en un país donde no existen.

Pero, los mayores perdedores fueron el pueblo de Nicaragua y la democracia. Para los dueños, banqueros acostumbrados a estas operaciones sorpresivas y muchas veces, sin humanismo, este incidente financiero lo pasan a pérdidas y les es más rentable que no circule el diario, el mismo que terminaron de enterrar.

Desde que Danilo Aguirre y Francisco Chamorro salieron por la puerta grande de ese diario, ahí se escribió el epitafio de un diario que no tuvo dobleces en su línea editorial, obviamente no del gusto de todos, principalmente del gobierno y sus nuevos socios.

El Nuevo Diario murió antes. El pacto empresarial con Ortega y sus operadores más financieros que periodísticos, lo fueron enterrando hasta llegar a una crisis de identidad que luego, cuando se rompe el pacto empresarial con Ortega en el año 2018, intentan cambiar su línea editorial tímidamente, pero ya fue tarde. El Nuevo Diario había muerto como marca combativa en el periodismo nicaragüense.

Hoy es un día muy triste. Como periodista debo admitir que me duele recordar aquella etapa cuando en ese diario se respiraba periodismo. Recuerdo las palabras del periodista Eduardo Marenco, cuando recién llegado a El Nuevo Diario salió de la oficina del doctor Aguirre como cuando a un niño le regalan un juguete para decirme, “No jodas hermano, hablar con Danilo Aguirre, te da una sensación de puro periodismo”.

Y es que trabajar con el doctor Danilo Aguirre era como retomar la vocación, refrescarla, innovarla, restaurarla por si estaba medio aburrido de hacer lo mismo. Como en todo diario había errores, desaciertos, encontronazos, pero la vida periodística seguía.

El doctor Danilo Aguirre llegaba religiosamente a las 2 de la tarde y casi siempre ya llevaba en mente el título principal del día siguiente; el ingeniero Xavier Chamorro vivía en su oficina, eran tan enigmáticos sus movimientos que no sabía si estaba o no, pero ahí estaba preguntando a los editores, qué llevábamos.

Y sí estuvo el ingeniero Chamorro cuando un día, un alto dirigente del FSLN después de entrevistarlo quería que le enseñara el texto, a lo que el ingeniero me dijo: “Decile que no y publicala mañana”.

Así era El Nuevo Diario del ingeniero Chamorro y el doctor Aguirre. Me enorgullece haber sido parte de esa familia.

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