Nicaragua necesita un gobierno no corrupto para gestionar la recuperación económica

Imagen tomada de lajornada.net / NM

Oscar-René Vargas

Una realidad que no se investiga, es una realidad desconocida y una realidad desconocida es una realidad que no se puede transformar, y, para transformarla, además, de querer hacerlo, hay que estar de acuerdo en un cambio y ser parte de ese cambio.

¿En qué condiciones se encuentra la economía nicaragüense para encajar una probable depresión económica? Tengamos en cuenta que la dimensión del destrozo no sólo depende de la fuerza del golpe que impacta, sino también de la solidez del cuerpo que lo recibe. No es lo mismo hacer frente a un huracán con una casa de paja, de madera o de ladrillo.

Las crisis económicas son, finalmente, de naturaleza social, no pueden restringirse al ámbito de la economía, de los indicadores de los mercados y de la confianza de los inversionistas. Las tendencias que se observan como derivación de la recesión apuntan a un entorno político y social muy inestable.

¿De qué manera se exterioriza el progreso social y cómo se puede medir? El criterio más objetivo, el más profundo y el más indiscutible es: el progreso de una sociedad puede medirse por el crecimiento de la productividad del trabajo social.

¿Es la economía actual tan frágil como demostró ser a la de los años ochenta del siglo XX? En los últimos años, 2007-2019, no se ha mejorado la productividad ni incrementado la soberanía alimentaria ni mejorar la estructura productiva.

La economía nicaragüense se deterioró tan rápidamente que nos indica que el crecimiento entre 2007 al 2017 no tenía una base sólida. Por ejemplo, entre el 2018 y 2019, se desafiliaron 173,069 mil trabajadores del INSS y se destruyeron más de 417,000 empleos.

¿Han servido los años de crecimiento (2007-2017) para mejorar nuestra situación de vulnerabilidad? No. La economía sigue siendo la economía más atrasada de la región centroamericana y se mantiene como el segundo país más pobre de América Latina.

El grado de competitividad de las economías del planeta surge de un análisis del World Economic Forum (WEF), elaborando el “Índice de Competitividad Global 2019”. Nicaragua es clasificado como el peor país de la región centroamericana, con una clasificación de 51.5 puntos, para colocarse en el lugar 110 de los 141 países analizados, perdiendo 5 peldaños en comparación al 2018.

Los indicadores, desde el abril de 2018 a la fecha, nos muestran que el desempleo aumentó, la informalidad laboral creció, la producción bajó, las importaciones cayeron, las inversiones en bienes de capital se redujeron, el consumo interno se hundió, la cartera de riesgo trepó, la pobreza subió, las empresas se debilitaron y el crecimiento económico es negativo.

Para empezar, tengamos en cuenta que el crecimiento de los últimos años (2007 a 2017), se debió en gran medida a la confluencia de factores externos que no dependen de la gestión económica interna.

Las remesas, la inversión extranjera, el dinero venezolano, el acelerado endeudamiento externo, la cooperación multilateral y bilateral, y, el lavado de dinero ilícito; formarían parte de esos “vientos de cola” que permitieron el crecimiento económico entre 2007 al 2017.

Dichos estímulos se han agotado o se han reducido su capacidad estimulante; y por otro, que aparecen nuevos factores externos e internos amenazantes. Por ejemplo, la fuga de divisas en los últimos 18 meses supera el valor de los préstamos recibidos desde abril 2018 hasta septiembre 2019.

A partir de entonces, la demanda interna que dinamizaba el crecimiento previo, perdió fuerza. Las diferentes interpretaciones oscilan respecto a la gravedad de la caída del producto interno bruto (PIB), pero la tendencia negativa es clara.

Para finales del 2019, el Banco Mundial proyecta una caída que alcanzaría el menos -5.0 por ciento del PIB; debido al raquitismo de la inversión, la desaceleración del consumo privado, el debilitamiento de la confianza, la contracción crediticia, debilitamiento del sistema financieros, clausura de empresas, cierre de sucursales bancarias; elementos que nos indicaría del peligro de una entrar en depresión económica.

Al finalizar el 2019, de acuerdo con el Banco Mundial, la economía nicaragüense tendrá un acumulado negativo mínimo del PIB de menos -8.8 por ciento, lo que significa que alcanzaríamos 7 trimestres de contracción económica continúa desde abril 2018 a diciembre 2019.

La caída de menos -3.8 por ciento del PIB en 2018, supuso que la economía se contrajo en US$ 725.8 millones de dólares. La contracción de menos -5.0 por ciento del PIB en el 2019, implica una caída adicional de US$ 915 millones de dólares. Lo que significa que el país acumulará pérdidas por el orden de US$ 1,640.8 millones de dólares.

Las proyecciones para el 2020 son de continuación de la contracción del PIB, variando solamente el nivel de la caída del PIB. El Banco Mundial calcula una disminución de menos -0.6 por ciento y otras, como The Economic, calculan el descenso de menos -2.4 por ciento.

Para diciembre del 2020, la economía nicaragüense mantendría un crecimiento negativo y un descenso acumulado del PIB entre menos -11.2 por ciento de acuerdo a las proyecciones de “The Intelligence Unit” y de menos -9.4 por ciento, según el cálculo más optimista del Banco Mundial.

El Banco Mundial sostiene que el fin de recesión será hasta el 2022, cuando se espera que Nicaragua registre un crecimiento positivo del 1.0 por ciento, después de cuatro años de recesión consecutiva (2018-2021).

Sin embargo, el Fondo Monetario Internacional en su informe de octubre 2019 titulado “World Economic Outlock”, indica que solamente se obtendrá un crecimiento positivo hasta el 2022. Esto significa que tendremos un PIB negativo durante cinco años, 2018-2022, con un acumulado negativo del PIB de menos -10.1 por ciento.

Mientras que para el director de Copades, Néstor Avendaño, sostiene que el desplome del PIB en el 2019 será de menos -8.7 por ciento, por su lado, Funides, calcula que la caída será entre el menos -5.6 y menos -6.8 por ciento.

Esto significa que ambas instituciones aceptan que, a finales de diciembre de 2019, el país habrá alcanzado 7 trimestres de descenso económico negativo con un acumulado de menos -12.5 por ciento para Copades y de menos -10.6 por ciento para Funides.

En definitiva, la recesión económica es un hecho y hay factores externos que amenazan con agravar la situación: expulsión del CAFTA o las sanciones europeas o la supresión de los préstamos internacionales. Sobran motivos para tener la preocupación si se podrá seguir recibiendo los préstamos futuros al mismo nivel de años anteriores.

Lo cierto es que el crecimiento económico entre 2007-2017 no permitió superar la precariedad de la estructura productiva, porque el crecimiento ha sido más intenso precisamente en ramas que no emplean trabajo cualificado ni aportaron altas productividades en el sector agropecuario.

Como consecuencia de la profundización de este modelo productivo precario y el panorama respecto al empleo, tampoco mejoró. Además, los insuficientes nuevos empleos han sido de peor calidad y bajos salarios. Según reporta el Banco Central de Nicaragua (BCN), siete de cada 10 trabajadores son informales y con bajos ingresos.

Tengamos además en cuenta que el proceso de devaluación salarial no se revirtió y se congeló el salario mínimo, lo que supone pérdida de poder adquisitivo del trabajador formal.

La fragilidad laboral que se evidenció a partir de 2018, la facilidad con la que se destruyeron puestos de trabajo y las malas condiciones en que quedaron las personas desempleadas, han empeorado la desigualdad y la pobreza.

Con un mercado laboral tan marcado por el desempleo y la precariedad laboral tiene consecuencias sociales, pero también económicas. Más de cuatro millones de personas se encuentran por debajo de la línea de pobreza; lo cual ha incrementado la “irritación social” en la población.

La desigualdad se ha agudizado, debido a que los hogares con menos renta son los que más han perdido y también los que menos mejoraron antes de abril 2018. Hogares cuyos miembros adultos siguen en desempleo o que ocupan los empleos peor remunerados, se han empobrecido.

Una de las cuestiones que no ha recibido atención es la expansión de la desigualdad económica. La desigualdad está empeorando. Unos pocos en la cima se están llevando los beneficios. Los ricos están muy cerca del poder y son capaces de modelar el rumbo económico del país.

Nicaragua es el país con mayor concentración de ingresos de Centroamérica: el 30 por ciento está en manos de sólo el 1 por ciento, según el “Informe sobre Desigualdad Mundial 2018”. La riqueza de los seis principales multimillonarios equivale a la de los 4 millones más pobres.

Todos estos datos alarmantes demuestran que el abismo social es profundo en nuestras ciudades y en el campo. Lo vemos también cuando analizamos la falta de acceso a derechos básicos como: vivienda, educación, salud, agua potable y saneamiento.

El problema de la vivienda en Nicaragua está atravesado por la enorme concentración de riquezas en manos de unos pocos, y se manifiesta tanto en las ciudades como en el campo. Los datos del último censo agropecuario mostraron el aumento de la concentración de tierras rurales. No es diferente en las ciudades.

Hay más de cuatro millones de personas sin vivienda adecuada. De acuerdo con datos oficiales, el déficit de vivienda es de más de un millón. Si además se toma en cuenta la falta de infraestructura, hacinamiento, y de servicios en los barrios, la situación resulta peor.

La precariedad financiera no es exclusiva de las familias con menos ingresos. La situación financiera de las familias de la clase media es muy frágil: ingresos que no han subido tanto y han bajado mucho, un consumo que crece más que la renta y deudas importantes; todo ello se ha agravado según desciende el nivel de renta del hogar.

Ante un futuro incierto y preocupante la única certeza es la gran vulnerabilidad; particularmente la de aquellos grupos sociales más endebles. Los mecanismos de subsidios sociales se han reducido o desaparecieron por completo y ahora suman el lastre de la recesión.

El régimen está atrapado en presión doble: por un lado, incremento de las necesidades básicas de la población y el otro, las limitaciones presupuestarias para practicar su clientelismo por la caída de las recaudaciones.

La Organización No Gubernamental (ONG), Transparencia Internacional (TI), publicó el “Índice de Percepción de la Corrupción Global” luego de analizar a 183 países. Nicaragua, es catalogada como el país más corrupto de Centroamérica y se encuentra en una situación “muy preocupante” por la permanencia del régimen Ortega-Murillo.

La población sigue soportando las privaciones pacientemente, pero no pasivamente. La cadena se rompe por el eslabón más débil. Es la cadena, y no solamente el eslabón, lo que se rompe.

El crecimiento entre los años 2007-2017 no se aprovechó para avanzar en la superación de nuestras grandes vulnerabilidades. La experiencia traumática de la crisis de los años ochenta del siglo pasado hubiera debido servir para extraer algunas enseñanzas.

Pero aún más lamentable sería si al final de la crisis sociopolítica dejamos pasar la oportunidad que lo que viene sea gestionado por un gobierno no corrupto y comprometido con los más vulnerables.

Las instituciones oficiales se obstinan en obviar lo evidente. El régimen no tiene capacidad ni la posibilidad de resolver la recesión sin una salida política a la crisis actual. Son varios los indicios que delatan que la recesión continuará, y se corre el riesgo que se transforme, en depresión económica.

Tras la caída de la actividad económica (medida como el producto interno bruto), ésta tiende a recuperarse, incluso por efecto de rebote estadístico y el régimen quiere venderla, a la opinión pública, como una superación de la recesión. Este efecto rebote no se expresa en un incremento de la ocupación de la fuerza de trabajo.

San José/Costa Rica, 21 de octubre de 2019.

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