26 octubre, 2020

La incomodidad con la libertad de expresión es porque fiscaliza al poder

Agresión a periodistas de Confidencial. Foto tomada de Confidencial el 12 de diciembre de 2019

“La libertad de expresión es la base de los derechos humanos, la raíz de la naturaleza humana y la madre de la verdad. Matar la libertad de expresión es insultar los derechos humanos, es reprimir la naturaleza humana y suprimir la verdad”.

Liu Xiaobo. Defensor de los derechos humanos y Premio Nobel de la Paz en 2010.

Julio César Guerrero Dias

La libertad de expresión y de pensamiento es un derecho universal de las personas, cercenarlo es quitarle parte de su vida, el ser humano que nace libre, por lo tanto, tiene el derecho de expresarse libremente sin ser reprimido, censurado ninguna opinión está sobre otra, todas tienen el mismo valor como persona.

Los sistemas políticos, los partidos, los dirigentes políticos están pasando por un llamado de atención de la sociedad las formas que dirigen ya no satisface las demandas ni las necesidades de las grandes mayorías.

Los sistemas de gobierno de ser servidores públicos se han convertidos en capataces para administrar la cosa pública, y es a partir de esas acciones que estamos viviendo de manera planetaria el rechazo, la no aceptación de reglas y normas impuesta desde el poder.

Dentro de esas reglas que ahora los sistemas quieren imponer es el silencio, la censura acerca de la libertad de expresión, violando el derecho que tiene la persona para expresarse libremente.

No podemos tener un pensamiento único, la discrepancia e ideas y opiniones abona a crear una sociedad más pensante reflexiva y participativa en la construcción de la democracia, la libertad de expresión está de manera manifiesta en la declaración derechos Humanos Universales.

La lista de los derechos humanos universales está recogida en los treinta artículos que ratificó la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (Resolución 217 A (III) de 10 de diciembre de 1948), en París, tras la Segunda Guerra Mundial, y que dio vida a uno de los documentos más importantes de la historia de la humanidad: la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Me referiré solamente al artículo número 20 de dicha declaración: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión”.

Como es sabido, la libertad puede ser entendida desde dos categorías. Desde una perspectiva negativa, la libertad implica la ausencia de barreras u obstáculos. Positivamente, en cambio, la libertad se convierte en la autodeterminación y la capacidad de un agente para controlar su propio destino (Berlín, 1969).

En particular, la libertad de expresión es uno de los valores fundamentales de las democracias constitucionales que conjuga estas dos categorías.

A diferencia de la libertad de pensamiento, no existe libertad de expresión incondicional o absoluta, pero a su vez las restricciones a esta libertad no deben constituir obstáculos desproporcionados.

Tres ideas justifican la libertad de expresión como derecho fundamental: a nivel individual, constituye una condición de posibilidad de la autonomía, mientras que a nivel público, promueve la fiscalización de las autoridades y el descubrimiento de la verdad a través del flujo de información en el mercado de ideas.

La libertad de expresión actúa como catalizador del escrutinio a las autoridades públicas, enfatizando la estrecha relación de la expresión y la democracia.

En este sentido, la libertad de expresión es necesaria para mantener a los electores informados sobre las actuaciones de los gobernantes. Más importante aún, esta libertad permite a los ciudadanos condicionar las actuaciones de los gobernantes (Meiklejohn, 1961).

Blasi (1977), por ejemplo, indica que la libertad de expresión actúa como medio de fiscalización en regímenes democráticos. El problema de esta corriente radica en su aplicación exclusiva al ámbito público.

El poder de la naturaleza cualquiera que sea social, política, económica, religiosa, militar, cuando se opina acerca de ellos dependiendo de la opinión que escuchan, vean o lean los clasifican, si consideran que la opinión se acerca al pensamiento de ellos, está con nosotros, si esa opinión no conjuga con lo nuestro entonces es enemigo de nosotros.

Es pobreza de pensamiento conceptualizar la libertad de expresión, creo que estamos llegando a situaciones que nos marcan o hasta preguntarnos; ‘¿vos con quien estás?´

Cuando escucho eso, pienso cuándo llegaremos a buscar la unidad dentro la diversidad,  cuándo hablamos de libertad de expresión tampoco es decir lo que se me ocurra o expresarme con el hígado, si no con la razón, la libertad de expresión se fundamenta sobre el raciocinio no sobre lo intuitivo, no es lo quiero, ni lo que me gusta decir, si no que debo de decir, y que referentes utilizo para poder hacer uso de la libertada de expresión.

La legitimidad política alude principalmente a las condiciones para gobernar e imponer normas de modo coercitivo (Scharpf, 2009). El concepto de legitimidad política puede abarcarse desde una perspectiva descriptiva y otra normativa. Descriptivamente, la legitimidad se manifiesta cuando los ciudadanos creen que una entidad política los gobierna y, en consecuencia, obedecen las obligaciones a ellos impuestas (Weber, 2009).

Normativamente, la legitimidad política se refiere a los criterios que vuelven a un orden político digno de respeto y de obediencia (Habermas, 2015). Como hace notar Scharpf (2009), las “creencias socialmente compartidas sobre la legitimidad crean una obligación normativa que ayuda a asegurar la obediencia voluntaria incluso frente a normas o decisiones gubernamentales no deseadas” (p. 5).

Sobre la base de esta distinción del arraigo de las autoridades políticas, en esta sección se examinan dos cuestiones: primero, la obligación, entendida desde el ámbito descriptivo, de obedecer leyes que promueven la no discriminación que tienen aquellos individuos coartados de emitir opiniones y, luego, la legitimidad normativa para exigir el cumplimiento de normas que limitan la libertad de opinión, especialmente de aquellos cuyos derechos políticos han sido circunscritos por las limitaciones de las leyes que promueven la no discriminación.

La relación entre la participación en pie de igualdad y la legitimidad política ha sido ampliamente analizada desde la Ilustración. La primera vinculación entre estos dos conceptos establece que todos los sujetos tienen el mismo valor moral, lo que determina que el Estado debe tratar con igual respeto los intereses de todos los individuos (Kant, 2000).

De ahí que para resolver el dilema del disentimiento sobre la aplicación de normas coercitivas frente a ciudadanos libres, se propone el juego democrático como aquel sistema de elección colectiva que proporciona la legitimidad más defendible para establecer un orden social (Habermas, 2015).

Por tal razón la libertad de expresión se vuelve cada día en la sociedad como la herramienta indispensable para ir creando nuevas formas de opinar, pensar, un sistema, un gobierno, una organización, un partido un grupo religioso que no respete la libertad de expresión de otro es una violación a sus derechos individuales, ahora cuando señalo el respeto al pensamiento de otros, no estoy diciendo que se acepte o se comparte es más bien el juego de la democracia.

Por otro lado, cuando a través de la opinión se llama a la violencia, al daño, a la destrucción habrá que reflexionar bien si eso si va a generar más intolerancia, en vez de contribuir a la consolidación de una sociedad democrática.

Nos encontramos cada día que los regímenes que ostentan el poder tienen temor para que la sociedad se exprese libremente en igualdad de condiciones, partir de esto, se concluye que las restricciones a la opinión pública afectan la participación en pie de igualdad, circunstancia que a su vez acarrea graves consecuencias para la legitimidad del sistema democrático.

A partir de este razonamiento, a continuación, se expone cómo las restricciones a la libre opinión pueden comprometer la justificación de las leyes que promueven la no discriminación, en términos de legitimidad democrática, los modelos políticos se han agotado, los partidos políticos no dan más, la gente cada día demanda y exige tener más presencia, la lucha por el poder aunque no se reconozca es la que está marcando el paso, una vez conseguido el poder se entroniza para no dar espacio a otras formas de pensar y actuar, así estamos.

Julio César Guerrero Días

El ágora nica | Desde la antigua Roma, el espacio público sigue siendo el más idóneo y transparente para el debate.

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