Nicaragua apuesta por educación, ciencia, tecnología e innovación para vencer a los “zombies” y comparsas de la locura autoritaria

Frente a tanta locura de poder, de ignorancia y otras deficiencias, el país apuesta, una vez que caiga la dictadura, por el desarrollo científico y económico. Foto tomada de La Prensa

Nuevas Miradas

El análisis en perspectivas de Oscar René-Vargas nos deleita con una extraordinaria radiografía del entorno político y social del régimen, desde los “zombies”, los ciegos, las comparsas hasta quienes creen aún en su discurso.

Al final, no obstante, expone los riesgos de una salida suave que beneficie a quienes no quieren un cambio de sistema, sino de posiciones y cargos, ruta que le conviene al régimen para legitimar su permanencia al frente de un Estado sin ley e instituciones.

¿Hacia dónde nos quieren llevar?

Oscar René-Vargas

Primera entrega de la tercera parte

 “Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”. Palabras escritas por José Saramago en su “Ensayo sobre la ceguera”.

Palabras que nos sitúan como espectadores de una sociedad que se articula y se desarticula alrededor del “mal blanco”, que es como describe a los personajes de la novela que padecen de la anomalía que se ha apoderado de su cuerpo y de su mente, imposibilitándoles ver la realidad social.

Para poder ejercer el liderazgo político, escribía Gramsci, los grupos dominantes no cuentan sólo con el poder y la fuerza material del Estado; también necesitan de la aceptación o consenso de los sujetos dominados, consenso que aparece crucialmente mediado por las formas culturales de interacción entre grupos dominantes y dominados.

El objetivo del régimen es convertirnos a todos en “zombies políticos sociales”. Los zombies son muertos sociales, políticos y/o laborales considerados, por el gobierno, como súbditos del caudillo.

En esa lógica los “zombies políticos sociales están para callar y obedecer y no para discurrir, ni opinar en los asuntos del gobierno y poder conservar la cultura patrimonialista estatal de raíz colonial.

La subcultura de la opacidad, alimentada con argumentos diversos pero concomitantes como la razón de Estado y nutrida también de los últimos estertores de la vieja convicción absolutista y autoritaria de que los ciudadanos no tienen por qué cuestionar los actos de la “presidencia imperial”.

La danza de los “zombies”

La permanencia de los “zombies políticos sociales” en la cultura nacional es para tolerar, bajo alguna figura o subterfugio, que los bienes públicos sean, como lo postulaba el sistema de encomiendas y mercedes reales, continuación del patrimonio privado.

La gente pobre sospecha que los nuevos ricos han adquirido su riqueza a través de medios ilícitos, sin tener conciencia que el sistema quiera transformarlos en “zombies políticos sociales” con el fin de evitar protestas sociales de todo tipo.

Los “zombies políticos sociales” son los muertos vivientes sin empatía ni conexión afectiva con nadie, son los ciegos que, viendo, no ven.

Desde el 2007, a nivel económico, social y político, lo real ha sido que las políticas públicas propulsaron a la cúspide del Olimpo a los banqueros, al gran capital, a la nueva clase y al clan Ortega-Murillo; y convirtió a los políticos tradicionales en unos vulgares pigmeos manipulables por su concupiscencia.

Los políticos tradicionales siguen manteniendo una visión atrasada de la sociedad como a finales del siglo XIX, y de todo el siglo XX.

El problema hoy es la infinita mediocridad de los políticos tradicionales cuando la nueva clase, los banqueros y el gran capital ya no saben qué hacer ante la posibilidad que la rebelión de abril cambie las reglas del juego sociopolítico.

Los que no quieren ver

Desde abril 2018, los partidos tradicionales se resquebrajaron; las instituciones están repletas de corruptos insaciables; la estafa ha cimbrado a la sociedad; la muerte violenta recorre todo el territorio; los feminicidios se incrementan; la democracia se encoge sin freno; el espionaje gubernamental trabaja 24×7; el latrocinio controla a cualquier precio a jueces.

El Juego de Tronos explica la teoría que los actores políticos siempre actúan maximizando su utilidad. Los dirigentes de los partidos comparsas se han echado en manos del pasado y se han cortocircuitado su futuro.

El PLC, APRE y ALN se han convertido en muleta de Ortega. ¿Quién no se acuerda de un Wilfredo Navarro gritando ¡Por Dios Arnoldo, líbranos de Ortega! Desobedecer a los que te pagan o te sostienen sale caro a los que dependen de su paga.

Reacios a un nuevo sistema

Los partidos comparsas y sectores de la Alianza Cívica prefieren buscar un espacio electoral participando en unas elecciones no transparentes y machacando cualquier posibilidad de salida democrática que supere el actual “statu quo”.

La desconfianza de la población crece. Se habla menos y la suspicacia aumenta. Se respira en la calle un ambiente de temor.

Los acontecimientos del 2018 y 2019 nos demostraron que el poder se revela como una droga alucinante, capaz de transformar el buen juicio de cualquiera y obnubilar su raciocinio.

Es el desvarío del poderoso, que cree tener una misión mesiánica para alcanzar metas fabulosas, vocación faraónica que nubla la mente y, por lo general, conduce al dictador hacia el fracaso.

Es la metamorfosis del poder autoritario. Desgraciadamente el fracaso no es individual ni puramente personal. Antes, el obnubilado arrastra consigo a los demás, a los cortesanos que les rodean y a los que les adversan. Conduce al país, con su ceguera insólita, hacia el borde del precipicio. No le importa, su mente está poseída por la idea del poder infinito, por el afán interminable del mando y la hegemonía absoluta.

En su racionamiento, la continuidad de su mandato es casi una premisa divina alimentada por los aduladores y serviles que lo rodean, una derivación incontrolable de poderes tan superiores como incuestionable.

La locura del poder

Es casi una locura y la alucinación que se desprende del ejercicio autoritario y arbitrario del poder. A su lado, en sumisión, un coro de leales e incondicionales entonan los cantos cortesanos.

Son los lambiscones del poder, que nunca faltan. Entre ellos, sobresalen los sabios magistrados, los que se encargan de retorcer las leyes para dar sustento formal a las argucias y falsedades del poder autoritario.

Más allá, en la fila de espera, se alinean pocos curas y algunos pastores que reciben prebendas o tienen algo que ocultar; los diputados, esos que dicen ser los representantes de todos nosotros; los empresarios rentistas, aliados coyunturales; por último, los políticos comparsas; todos ellos forman parte del teatro de la política nacional. Todos ellos le cantan loas al dictador.

Un año difícil para la sociedad civil

En el 2020, la sociedad civil habrá que enfrentar obstáculos y encrucijadas, abismos y hondonadas, riesgos y peligros. Ojalá que logremos sortearlos y podamos salir indemnes de esta alocada travesía a la que empuja la insensatez del poder autoritario y la ambición desmedida de unos cuantos cortesanos.

Lo único cierto es que si las fuerzas sociales progresistas no ganan nuevamente la calle nada cambiará en Nicaragua. La solución de la crisis política post-Ortega no brotará del rodaje de las instituciones del Estado, de los acuerdos parlamentarios o las resoluciones de los organismos internacionales sino de la dinámica del protagonismo social de la calle.

Es decir, de la movilización popular y la voluntad de lucha de todas las capas sociales resueltas a poner fin a la dictadura y redefinir el rumbo de la sociedad nicaragüense. Sólo ellas podrán resolver el endemoniado entramado de corrupción, venalidad y abuso que caracteriza a la clase política tradicional y al régimen actual. Tarea difícil, muy difícil pero no imposible.

Ojalá que los sectores populares en alianza, con los ciudadanos autoconvocados y con los intelectuales progresistas tengan la clarividencia para discernir las vías de solución a la crisis y puedan impulsar una regeneración ética que tanto necesita Nicaragua.

El país necesita un cambio real, no un gatopardismo superficial. Se necesita transformar a fondo la sociedad, es una necesidad ineludible.

La apuesta decidida por el futuro debe contener cuatro pilares estratégicos: la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación.

Coyuntura actual: apaciguamiento

Hasta abril 2018, el régimen Ortega-Murillo gozaba del apoyo abierto y encubierto de los poderes fácticos (banqueros, grandes empresarios, sectores de la iglesia católica y evangélica, ejército, policía, sindicatos pro-gubernamentales).

Todo se expresaba en la vigencia del modelo económico corporativo producto del pacto régimen con los grandes empresarios. Dicho pacto era apoyado por los partidos políticos comparsas.

A partir de abril 2018, el pacto se rompió producto de la rebelión ciudadana. Pacto que se intenta reconstruir por diferentes medios.

Las crecientes tensiones con Estados Unidos y la Unión Europea por negativa del régimen a permitir la plena vigencia de los derechos humanos, sociales y políticos, produce pérdida de legitimidad internacional por la represión indiscriminada y la falta garantías para unas elecciones transparentes.

Los diversos informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), del Grupo Interdisciplinario de Expertos 74 Independientes (GIEI), Mecanismo Especial de Seguimiento para Nicaragua (MESENI), de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas de Derechos Humanos (OACNUDH) y las resoluciones adoptadas en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA), mostraron la magnitud de la represión, lo que permitió el inicio de un seguimiento riguroso del acontecer nacional de parte de la comunidad internacional y sanciones de parte de Estados Unidos y Canadá.

El discurso del régimen sobre el “golpe de estado” y las múltiples negaciones sobre la existencia de los paramilitares, parapoliciales y paraestatales en la represión cotidiana ha perdido toda credibilidad ante los medios de comunicación internacional como en las cancillerías de los diferentes gobiernos latinoamericanos y europeos.

El régimen Ortega-Murillo desea ocultar los asesinatos de niños, encubrir las torturas a los presos políticos, esconder la existencia de desaparecidos, la realización de los juicios amañados, conservan el encarcelamiento de presos políticos y mantienen en el exilio a cientos de miles de personas por la persecución implementada.

El espejismo comienza a romperse

La verdad es perseguida, ninguneada y hacen lo indecible por desacreditarla. No hay espacio para la justicia reparadora.

Todo lo anterior, ha creado un profundo malestar larvado y silencioso en la población en general. Frustración e inconformidad que comienzan a ser mella en su propia base social.

Todo indica que el espejismo comienza a romperse. Si el movimiento popular cae en el juego de los partidos tradicionales se corre el riesgo del “abrazo del oso”.

Una alianza con los partidos tradicionales y/o con los dinosaurios políticos sería un factor de debilitamiento. Los partidos zancudos no son aliados leales, por su flirteo con el régimen han terminado pensado igual que ellos.

Su actual posición de conformar una “gran coalición” opositora puede ser cualquier cosa. Desde oportunismo interesado, falsa oposición, simulación calculada, quinta columna; pero no lealtad política.

Su objetivo es transformarse en agentes activos del apaciguamiento político para obtener réditos políticos.

Hasta ahora, el plan de Ortega-Murillo es mantenerse en el poder pagando el precio que sea, a través de la fuerza, la represión y el terror. Su meta va más allá del 2021, ya que no quieren perder ni entregar el poder.

El día que el dictador muestre algún tipo de temor, es su último día. Ellos tienen que esconder su miedo. El régimen ha quedado reducido apenas a su núcleo duro: los aparatos armados (policía, paramilitares, paraestatales, Ejército), sectores de los funcionarios del poder ejecutivo, legislativo, judicial y electoral.

Vemos erosionar lentamente el equilibrio político-social del orteguismo, sus concepciones, su cultura. En el espacio perdido por el declive por el régimen, emergen nuevas propuestas políticas (reformas constitucionales, nueva constitución política, reformas electorales, régimen parlamentario) y viejos actores políticos.

Lejos de una consolidación del régimen, Ortega avanza sobre un suelo inestable y no ha podido propinar, hasta ahora, a una derrota estratégica de la rebelión de abril 2018.

Podríamos definir la situación del régimen como de “inestabilidad hegemónica”. Al compás de la crisis sociopolítica asistimos al eclipse en cámara lenta del ciclo político del “orteguismo autoritario”, en un ritmo político menos acelerado al deseado por la gran mayoría de la población.

El régimen Ortega-Murillo sólo se sentará a buscar una salida a la crisis sociopolítica, aceptable para “los de abajo”, producto de una combinación de la presión del movimiento social con apretón internacional que lo obligue hacerlo, no lo hará por voluntad propia.

Sólo la calle salva

La presión de los autoconvocados en la calle, de los excarcelados, de las madres de los asesinados y del pueblo en general, es clave para impedir el pacto tradicional entre los diferentes poderes fácticos, y, lograr la derrota definitiva del régimen Ortega-Murillo.

Debemos de tener en cuenta que en la historia política nacional siempre ha aparecido alguien que, no necesariamente por dinero, sino por ambición, termina fragmentando las fuerzas políticas del cambio.

El tirano se mantiene en el poder, basado en la policía genocida en la nueva modalidad de presentarse disfrazados de paramilitares y los recursos para manejar el aparato estatal, convirtiendo a la policía en su guardia pretoriana, junto a los matones de la represión, los paraestatales.

Por otro lado, entre los orteguistas hay hartazgo, aún en los que se mantienen fieles. Tampoco ven la luz final, creen que la cosa va a empeorarse.

Los temores del dictador

Su gran temor es el deterioro de la economía. Ni ellos están dispuestos a aguantarla. Y también saben muy bien que, si la economía no mejora, no pueden cantar victoria.

Por la incapacidad de derrotar al movimiento social, la dictadura dará golpes dolorosos a la lucha. Seguirán persiguiendo a las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), medios de comunicación, a periodistas, siguen deteniendo ciudadanos y hostigando a la iglesia católica.

Esto es realmente paradójico, porque si bien es cierto que restringe la protesta social, produce un efecto contrario a nivel internacional. Producto de la represión indiscriminada se mantiene, a nivel internacional, el tema de Nicaragua y se encienden las luces rojas en diferentes países.

En enero de 2020, habrá una actividad en la OEA para tratar el tema Nicaragua. Esa sesión será un paso más en el proceso de la aplicación de la Carta Democrática Interamericana.

La anunciada inversión norteamericana de decenas de miles de dólares en el triángulo del norte centroamericano, puede provocar el cambio de los votos de Honduras a favor de la iniciativa de la Carta Democrática Interamericana.

Tanto El Salvador como Guatemala ya han tomado distancia del régimen Ortega-Murillo. La gente no es cobarde, pero piensa y se cansa. La rebeldía se desgasta, como cualquier forma de energía social y obliga al necesario repliegue social, pero no es la retirada final.

Sin embargo, las formas de protestas se trasladan a todos los espacios cuando el régimen intenta cerrarlos. Estamos en un interregno para acumular fuerzas y, un buen día, retornar al escenario sociopolítico callejero. No hay pueblo miedoso ni indiferentes.

Lo que hay son líderes incapaces de interpretar correctamente el sentimiento de la masa y acertar el momento de la nueva ola social.

A pesar de las presiones, el aislamiento internacional y las debilidades del régimen, los poderes fácticos internos (COSEP, Alianza Cívica, algunos sectores de la UNAB) comienzan a publicitar de la necesidad de ir a las elecciones con o sin reformas con Ortega-Murillo en el poder.

El incremento de la presión de los Estados Unidos sobre los intereses centrales del Ejército, del gran empresariado y de la burocracia gubernamental; puede obligar al régimen a aceptar unas elecciones, dentro de la lógica del “aterrizaje al suave”: cambiar algo para que nada cambie.

El régimen Ortega-Murillo ha generalizado un entorno social de inseguridad (incremento de la delincuencia, asaltos, robos), inestabilidad laboral (desempleo) y anomía comercial-mercantil (recesión económica); por lo tanto, existe en algunos sectores de la población un cierto anhelo de establecer una “cierta normalidad”; lo crea las condiciones para un pacto político tradicional y una “salida en frío”.

El deseo de comunidades y la necesidad de protección colectiva de los sectores populares ante las desatadas fuerzas de los paramilitares, parapoliciales y matones, que asaltan y matan, se expresaría de manera favorable a un cambio de gobierno por la vía electoral.

Tanto los poderes fácticos como el régimen necesitan un Estado represivo, de carácter policial, para mantener el modelo de acumulación rentista y excluyente, pero debe estar legitimado por el ejercicio de un acto electoral.

Ese acto no puede poner en cuestión ni el Estado ni el modelo rentista y excluyente de acumulación de capital. En la lógica del régimen Ortega-Murillo las elecciones son contempladas para legitimar su gobierno.

En la lógica de los poderes fácticos, las elecciones son para minimizar la influencia de los no integrables a la cúpula del poder; es decir, los campesinos, los estudiantes, los ciudadanos autoconvocados, sectores populares, o sea, los y las “de abajo”.

Otra visión de las elecciones

El objetivo de unas elecciones, para las clases hegemónicas, es transformar, en cámara lenta, el actual “estado represivo de facto” en un “estado represivo legal” aceptado por la mayoría de población, donde el sistema funciona para el tercio de los “de arriba”.

Existe un “te doy para que me des” entre el régimen y algunos poderes fácticos y partidos comparsas. Sus cúpulas dirigentes funcionan como una trituradora de la idea de un paro nacional y como cerrojo a las luchas sociales en las calles.

Los artífices de la política de apaciguamiento siguen pensando que tarde o temprano Ortega acabará cumpliendo aquello que desean más fervientemente: las elecciones como la “salida al suave”, ya que están en contra de las movilizaciones sociales, del paro nacional o de cualquier tipo de acciones que reactive la independencia política de los movimientos sociales.

El peligro inmediato es que producto de un pacto debajo de la mesa se negocie el desmontaje de la rebelión de abril, emergiendo una solución “gallo-gallina”, dando origen de un nuevo autoritarismo y se produzca, como en el pasado, la eliminación selectiva de los líderes de abril.

Sigue. Mañana: El 2020 es determinante para alcanzar espacios del movimiento popular encabezado por campesinos y estudiantes 

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