Viví muy cerca del Infierno y de la Gloria

Ilustración de Carlos Sánchez Arias en el libro Managua en la memoria de Juan Aburto. 

Arnulfo Urrutia-Julio

Es muy probable que no me lo crean, pero parte de mi niñez y adolescencia la viví muy cerca del infierno. Aunque también debo confesar que la viví más cerca de la gloria que del infierno.

Pero ahí no para todo. Viví en Buenos Aires y todos los días transitaba por el Río escondido para ir a mi escuela. Esto parece una loquera, ¿verdad? Pero no es así. En serio lo digo.

Tampoco se sorprendan si relato que, tomando el rumbo sur de Buenos Aires, se pasaba por El Perú. Pero lo más alucinante es que para llegar a El Perú, tenía que pasar por donde El Diablo. ¡Si por donde El Diablo! Y, era asunto serio no caer en la tentación de intentar ver a la hija del Diablo. Una chavala de pechos respingados y carita de “tómame o déjame”, que nos traía locos. ¡Una preciosura la diablita!

En Buenos Aires, el barrio de mi adolescencia, abundaban los negocios con nombres como: Pulpería El infierno; Panadería La flor panameña; cantinas como: la Gloria; el Perú; el Diablo; el río Escondido; la Copa Blanca; el Gato Abraham; los Traña; burdeles como: la Estela Alfaro; el Cuarto Bate y la Conga Roja…

¿Y cómo saliste tan bien portado, de ese ambiente tan aguardentoso? Se preguntarán algunos. La verdad es que era un barrio muy “variopinto”. Había cantinas y burdeles, pero también gente muy trabajadora. A nivel artesanal, se elaboraban: enchiladas, papas fritas, puros, tortillas, pan, comida preparada. Había talleres de mecánica, barberías, pensiones, carpinterías, relojeros, joyería, pulperías, etc. Repito: eran personas muy trabajadoras.

Y si de empresas hablamos. Allí estaba una de las industrias nacionales más famosas de Nicaragua: Industrias El Caracol. ¡Que todavía existe!

También estaba la fábrica de sombreros para caballeros: Hafftelmayer, –creo que así se escribe el apellido de los dueños–. La Dry Cleaning Sajonia, que era la más importante de Managua; la funeraria La Católica y la Auxiliadora; el Cine Darío; el Cine México; Colegio Rubén Darío; Colegio San Francisco de Asís; Colegio República de Venezuela…

Aquel era un mundo sencillo, donde a los chavalos nos bastaba una bola de trapo y un leño, para jugar beisbol a mitad de la calle y alegrar a los vecinos.

Pero volviendo al tema de las cantinas. Hay que destacar que aun cuando había muchos expendios de licor, los pleitos eran muy extraños. Las cantinas eran sitios donde dueñas y dueños imponían el orden. Al borracho que alzaba la voz lo sacaban del local. Además, eran sitios muy democráticos. Igual llegaban doctores, que se confundían con los barberos del barrio, –ambos vestían de blanco–, como mecánicos, maestros, albañiles y artesanos.

También y tristemente, existían los “bazuqueros”, borrachitos consuetudinarios que bebían alcohol puro mezclado con agua —bazucas—. Eran personas inofensivas y algunas muy estudiadas, que habían caído en las profundidades del vicio del licor.

Mi primer maestro del idioma inglés fue uno de ellos. Daba clases por un tiempo y luego volvía a caer en el vicio. Lo recuerdo también, porque de pronto se levantaba de la grada donde permanecía borracho, sentado con sus colegas y, declamaba la Salutación al optimistaÍnclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve! Etc.—

También había un tenor. Un señor que ya pasado de tragos decía que él era Tony Curtis, –un famoso artista de los años sesenta–. Y la verdad es que tenía un cierto parecido. El caso es que los sábados a eso de las ocho de la noche desde media cuadra de distancia se escuchaba: “Damiseeeelaaaa encantandoooraaaa. Damiselaaaa por ti yo mueeeero…” También: “Granaaaaadaaaa, tierra soñada por miiiiii…” y no podía faltar “Vereda Tropical” al estilo del tenor de las américas: Alfredo Sadel.

Tenía tremenda voz aquel hombre que durante la semana pasaba muy circunspecto rumbo a su trabajo y los sábados, de la cantina, iba cantando rumbo a su casa. Jamás olvidaré al gran tenor que llevaba dentro aquel Tony Curtis.

El barrio tuvo dos ladrones que eran muy “éticos”. Jamás robaban en el vecindario. Es más, nos daban consejos para que ladrones de otros barrios, no se metieran en nuestras casas.

Y no puedo finalizar estos recuerdos sin mencionar a dos personajes que adornaban el barrio: a Margarita Limonada, y a la Carmen huevona. Un “cochoncito” y una “marimacha”, respectivamente. Y no me critiquen. Así se les llamaba entonces.

Mi Buenos Aires querido, nunca te volveré a ver. El terremoto de 1972 nos robó tu vida y encanto.

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Arnulfo Urrutia

Perspectivas desde mi balcón | Después de conversar en la esquina, en el negocio, en la oficina, donde haya interlocutores, Arnulfo Urrutia se va a su balcón y desde ahí elabora sus ideas positivas y recomienda reconstruir sus pensamientos para luego compartirlos.

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