28 octubre, 2020

Desde nuestro barro a las estelas planetarias

Ilustración tomada de ACIC / NM

Henry A. Petrie

A Nicaragua llegaron las sombras de la ilustración francesa, porque es probable que el calco no fue producto de su propia esencia; no hemos sido creadores, sino grandes consumidores de fórmulas y recetas de afuera, de las supuestas grandes sociedades desarrolladas o eventos internacionales de transcendencia.

Quizá, nuestra búsqueda tiene un objeto equivocado; quizá las respuestas no estén en las formas de organización social, leyes ni instituciones actuales, calcadas de modelos exógenos. Quizá, en realidad, no hemos hurgado nuestras entrañas, no hemos valorado ‒con visión más auténtica‒ cada elemento que integra nuestra amalgama existencial y cultural.

¿Qué nos hace humanos? ¿Nuestra capacidad de razonar, el genoma, el lenguaje? ¿El tipo de sociedades que hemos creado o la voracidad que nos caracteriza? ¿El sentido de dominación y extracción? ¿Qué nos hace nicaragüenses? ¿Compartir un mismo espacio territorial?

¿La imposición de una determinada identidad etnocéntrica a soslayo de otras autóctonas? ¿La inquina y enfrentamiento constante de grupos de poder? ¿La patria de los círculos viciosos en la política y la economía? Somos entidades agobiadas de construcciones y productos impuestos, entidades atrapadas en dogmas que nos alejan de nosotros mismos y nos hacen dependientes de aquellas verdades ‒absolutas‒ inculcadas desde nuestros hogares, y que luego refuerza la educación socialmente concebida.

Desde la fundación de la universidad en Latinoamérica (Lima, 1551 y Santo Domingo, 1558), hemos aspirado a la metrópolis, nos hemos visto así mismo con sus ojos, desnaturalizándonos; nuestros fundamentos son ajenos y nuestras visiones están desraizadas. Somos expresiones socioculturales atropelladas y desintegradas, con proyectos sociopolíticos diseñados desde algún modelo de dominación. Hemos visto la famosa utopía allá lejos, no en nosotros mismos, en el aquí.

La diferencia es esencial, es lo que nos hace seres interconectados, también interdependientes ‒debe reconocerse‒. Desde esta realidad, deberíamos ver hacia nosotros mismos, conocernos en nuestro potencial individual y colectivo. La colectividad no es uniformidad, es interacción de individualidades conscientes y autónomas, libres para elegir hasta la negación propia. Es lo que debemos aprender, la vida en sociedad desde la condición de sujetos críticos y beligerantes, en plenitud de derechos y en permanente construcción, que también implica tejer, eslabonar.

Las culturas son procesos creativos dialécticos. Desde esta perspectiva son puentes abiertos y en comunicación. Interactuando y determinándose en el aporte del otro, porque somos humanos en el planeta Tierra; nuestra constitución humana y social parte de la naturaleza misma. Por esta razón, somos interdependientes. Ahora más que nunca, con redes que nos hilan y nos conectan.

Somos no una, sino varias culturas, a las que correspondemos pese a los prejuicios y a las teorías de la «raza pura» o la «raza superior». Nuestra procedencia tiene muchos cimientos, edificios culturales que nos han dotado de cosmovisión. La hibridación es la cualidad más determinante de la humanidad, el cruce de razas o de tipos humanos, por muy europeo, africano o asiático; los norcoreanos apelan a su pureza de raza, pero esto no es tal (revísese los orígenes de la población asiática).

Los latinoamericanos, en ese sentido, somos muy dinámicos, nuestro mestizaje, que no es único en América, nos incorpora valores culturales de todos los continentes y regiones del mundo, es la realidad cada vez más contundente del planeta. En Nicaragua, como en el resto del mundo, somos varias culturas que se manifiestan de diversas formas.

En la época precolombina éramos, como ahora, varias culturas que se relacionaron de una u otra forma, los venidos del norte y los de sur, que tampoco eran homogéneos, porque la homogeneidad es una categoría bastante relativa o solo aplicables a las cosas inanimadas. Como sabemos, otras culturas ibéricas se impusieron a las nuestras a fuerza de cruz y espada, introduciéndose nuevas creencias que confluyeron en la existencia de un solo dios y el crucificado, además de los otros componentes culturales que conocemos. Lo autóctono y afrodescendiente fue ultrajado por la metrópolis, aquellos intrusos que vinieron en su nombre para matar, expropiar, dominar y esclavizar.

La sociedad nicaragüense en su diversidad cultural es una singularidad cuya naturaleza histórica, debería erigirse hacia un complejo planetario de múltiples relaciones, interacciones e interdependencias, como una expresión dinámica de la especie humana con un proyecto integral nacido de su barro y enriquecido con las estelas más sobresalientes del mundo.

Henry Petrie

El Círculo | ¿Por qué El Círculo? Porque representa la sabiduría infinita, el espíritu de la vida en movimiento constante e interacción creativa.

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