30 octubre, 2020

El campesinado nunca ha sido agente beligerante en las estrategias de desarrollo nacional

Fotografía de Frank Cortez / NM

Nuevas Miradas continúa hoy con una serie de trabajos que juntos forman un gran reportaje sobre lo que ha sido a lo largo de la historia, la participación del campesinado en política.

Nuevas Miradas reivindica la esencia y protagonismo de este sector, sin entrar en sus propias contradicciones que son naturales cuando los partidos políticos tradicionales quieren su presencia utilitaria, pero creemos que eso está llegando a su fin.

Henry A. Petrie

Segunda entrega

El FSLN fue una organización de vanguardia político militar. Si bien el enfoque táctico variaba entre sus tendencias, en realidad se combinaron en la preparación y desarrollo de la insurrección en las ciudades (1978-1979), donde se concentraba el poder de la dictadura somocista. La tesis insurreccional se impuso como máxima expresión del método de lucha armada revolucionaria, consignada en los documentos históricos de esta organización, incluyendo los particulares de Carlos Fonseca.

Llevar a cabo la insurrección desde el concepto vanguardista, exigió altos grados de organización guerrillera forjada en la montaña y en la ciudad, con apoyo de la movilización social y popular urbana. El FSLN jamás tuvo un amplio tendido organizativo y de movilización en el campo, su naturaleza fundamental fue de grupo guerrillero superviviendo en condiciones bastante adversas, en la idea de crecer con campesinos, obreros y estudiantes.

Su desarrollo fue focalizado hasta que se abre una coyuntura internacional que establece condiciones favorables para los propósitos sandinistas, donde la ciudad se convierte en el escenario de la guerra liberadora, infringiendo la derrota al somocismo el 19 de julio de 1979, resultado de un proceso de acumulación y alianzas.

En este contexto, la bandera política que estaba por encima de cualquier reivindicación social, considerando el cierre total de los espacios democráticos y de las libertades públicas, fue la liberación nacional, que como consecuencia tenía la conquista de derechos y la realización de intereses sectoriales. La revolución tenía una vanguardia político militar, el FSLN, de donde emanaron las órdenes fundamentales para la acción:

“… el Frente Sandinista de Liberación Nacional ordena a todas sus fuerzas militares, milicianas, a sus organizaciones políticas, a los frentes políticos paralizar la actividad económica de toda la nación, pasando cuanto antes a prepararse para el desencadenamiento indetenible de la ofensiva insurreccional en todos los departamentos de Nicaragua. El martes 5 de junio de 1979, el país entero debe pasar a la huelga general revolucionaria y al paro empresarial…”

El concepto de alianzas desde entonces, es el mismo que prima en la actualidad: utilitario, decorativo, prebendario y sin poder de decisión estratégica, porque el proyecto de nación no ha sido producto de un verdadero consenso de todos los sectores sociales de Nicaragua. En esencia, se ha actuado desde una lógica unilateral (totalitaria) del poder, cuyas directrices fundamentales han emanado del Programa Histórico del FSLN (1969), del Programa de Reconstrucción Nacional (18 de junio de 1979) y, sobre todo, del documento Análisis de la coyuntura y tareas de la revolución (septiembre 1979).

En este último documento, está más que claro que el campesinado tiene un lugar precario en las definiciones sustanciales del FSLN. Además de definiciones claras como «economía estatal» y supuesta priorización a la “población campesina y dentro de esto la frontera norte y la Costa Atlántica” (p.53), que luego se convirtieron en grandes escenarios y protagonistas de la guerra civil de la década revolucionaria sandinista, lea y haga su propia interpretación, de la siguiente cita:

“Nosotros debemos trabajar arduamente por educar a nuestro pueblo y a sus sectores más avanzados en el significado que a nivel práctico tienen las tareas de reconstrucción nacional, el impulso de la producción y las distintas organizaciones que tienen que contribuir para consolidar la revolución. No hacerlo, puede provocar profundos problemas políticos perfectamente previsibles. Afirmamos esto, porque ya tenemos conocimiento de excesos cometidos por dirigentes de organizaciones de masas en las que prácticamente se anula la autoridad de representantes del gobierno y se exigen medidas que en nada tienen que ver con la orientaciones trazadas y más bien colocan a las organizaciones de masas como los instrumentos ejecutivos, jueces y decididoras absolutas de cómo se debe administrar, sin tomar en cuenta el carácter de la revolución y la política de alianza que debemos llevar.» (Acápite III, Nuestra Táctica; numeral 4, Sobre la situación organizativa de las masas; p. 54).

A fin de cuentas, se trataba de «Desarrollar todos los esfuerzos para aglutinar alrededor de la vanguardia la unidad de las masas revolucionarias.» (Inciso a, numeral 4, acápite III, del documento en mención).

Salvo los casos ampliamente publicitados por razones de imagen, si revisamos las obras publicadas por connotados sandinistas, entre los cuales se encuentran Tomás Borges y Omar Cabezas, encontraremos una presencia campesina no significativa en la composición orgánica del FSLN. La guerrilla sandinista no fue de campesinos ‒a diferencia de la Contra‒, sino de intelectuales, estudiantes universitarios o de gente urbana en la montaña (clase media). En este sentido, resulta revelador lo que nos comparte en su testimonio, el esteliano Aldo Briones Alizaga ‒ya fallecido‒, cuando en 1975 se integra a una columna guerrillera norteña, a saber:

“… me doy cuenta que las famosas columnas guerrilleras no existían, que todo aquello que se decía en la ciudad era película, un sueño para mí. La verdad es que la otra gente estaba como nosotros, harapientos, cercados, hambrientos, sin recursos ni colaboradores.”

El campesinado, estrictamente hablando, fue un discurso asociado a los obreros o al proyecto colectivista de la revolución; Bernandino Díaz Ochoa fue una bandera que reivindicó el derecho a la tierra, pero no fue un representante de un fuerte movimiento como tal, entre otros militantes sandinista de este origen. Si revisamos con detenimiento escritos o declaraciones de connotados líderes, como Germán Pomares (Danto), por ejemplo, nos daremos cuenta que el enfoque campesino está ausente, a no ser por la referencia rural o agraria como obrero agrícola que era ‒no específicamente campesino‒. Los ejes discursivos de marginación, explotación, analfabetismo, desnutrición, paludismo, entre otros, son propios de una panorámica nacional cuya respuesta fue asistencialista, en general.

Reivindico logros anteriores a la guerra civil, como la expansión de la educación y la salud en el campo, el desarrollo de cooperativas en zonas de autodefensa, el esfuerzo nacional por la producción. Quizá, la acción más auténtica dirigida al campo, pese a sus cuestionamientos, fue la Cruzada Nacional de Alfabetización (CNA), en la que participaron más de 60 mil brigadistas jóvenes urbanos que fueron al encuentro con una realidad totalmente desconocida por la ciudad. En efecto, la mayoría porcentual de analfabetismo se encontraba en el campo y hubo que emprender ese esfuerzo colosal, considerado hito cultural en Latinoamérica, siguiendo la experiencia cubana.

El proyecto de las cooperativas de Sandino (1932‒1933) fue concebido como organización social y productiva obrero-campesino a partir de los integrantes de su ejército y zonas de influencia, abortado por la acción criminal de Somoza García tras el asesinato del héroe. El auge de esta idea tiene lugar en la década de la revolución sandinista, con tres mil cooperativas creadas en el marco de la economía mixta, que no dejó de imponer una línea estratégica de desarrollo económico revolucionario por encima de aquellas relaciones productivas concebidas como capitalistas, burguesas, o en definitivas, contrarias al programa sandinista de modelo socialista. (Análisis aparte).

Si bien, la revolución sandinista tuvo errores en el campo, es también claro que al somocismo no le interesó el desarrollo rural, a no ser el compadrazgo, la amplia producción de granos básicos y la expansión de la frontera agrícola a favor del latifundio y el colonato; los gobiernos de 1990 a 2007 respondieron más a programas del exterior que al propio desarrollo nacional. Una cosa es la vida y cultura rural, la realidad campesina y productora en sí, y otra diferente de fondo, su desarrollo integral al punto de convertirse en agente beligerante de las estrategias de desarrollo nacional.

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 Relativo a Carlos Fonseca puede consultarse sus obras Bajo la bandera del sandinismo y Viva Sandino, ambas publicadas por Editorial Nueva Nicaragua, colección pensamiento vivo; Managua, Nicaragua, octubre y noviembre 1982, respectivamente.
 Llamado a la Insurrección Popular Sandinista; Dirección Nacional Conjunta del FSLN, 4 de junio de 1979. Documento integrado en el libro Proclamas y Programas del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Editorial Vanguardia. Managua, Nicaragua, 1989. 160 pp.
 Análisis de la coyuntura y tareas de la revolución, es el documento que resultó de la Asamblea de cuadros Rigoberto López Pérez, realizada el 21, 22 y 23 de septiembre de 1979. Documento integrado en el libro Proclamas y Programas del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Editorial Vanguardia. Managua, Nicaragua, 1989. 160 pp

 Idem.

 Y no dejo de luchar. Testimonio de un combatiente por la vida; Aldo Briones Alizaga; Editorial Camino; Managua, Nicaragua, 2002; p. 29.

Mañana: Y llegó un salto de calidad: campesinos dieron lección de organización y diversidad en la participación

2 comentario en “El campesinado nunca ha sido agente beligerante en las estrategias de desarrollo nacional

  1. De acuerdo; “debemos trabajar arduamente por educar a nuestro pueblo”, en cuAnto a educar a sectores avanzados , encuentro difícil descodificar 40… años de costumbres arraigadas.

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