4 diciembre, 2020

“Mujeres sin tierra propia les agobia la desesperanza” dice Justina López de Posoltega, Nicaragua

Luis Sánchez Corea

Nuevas Miradas y la Iniciativa Mujer Rural y Derecho a la Tierra ofrecen esta serie de trabajos sobre la lucha de las mujeres por el acceso a la tierra es una cuestión de vieja data en la región. Factores históricos, políticos y socioculturales, han sido parte de las barreras que históricamente han impedido a las mujeres, principalmente campesinas e indígenas, la tenencia y manejo de la tierra.  Pero en las últimas décadas muchas de estas mujeres se han organizado para luchar con más fuerzas por este derecho.  Mujeres rurales en Honduras y Nicaragua, están librando la batalla por ese derecho. Aunque la dinámica, los procesos  y el contexto son diferentes,  la lucha siempre es la misma: hacer realidad  el derecho de las mujeres tener su propia tierra.

En el occidente de Nicaragua, una zona altamente productiva, se ubica el departamento de Chinandega, a este pertenece el municipio de Posoltega, donde se encuentran las comunidades Chiquimulapa y El Trianón.

En ambas comunidades hay mujeres organizadas en cooperativas.   Aunque aquí las mujeres viven una realidad distinta a la de la experiencia  hondureña, también comparten algunas similitudes dentro de la lucha común por el derecho a la tierra.

Justina López es una mujer que no descansa, ni descansará, como ella misma afirma, hasta que todas las mujeres de la cooperativa que preside, logren tener su pedacito de tierra. Su compromiso con la causa es enorme.

Justina López, de 52 años, es la presidenta de la Cooperativa de Mujeres Esperanza de Chiquimulapa (COOPEMUCHIQ), ella pertenece también a la Coordinadora de Mujeres Rurales (CMR), una organización que aglutina a diversas cooperativas y organizaciones de mujeres a nivel nacional.  Para las mujeres de esta cooperativa, la lucha por la tierra ha sido también todo un proceso no exento de dificultades, pero con resultados significativos.

En la COOPEMUCHIQ hay 22 mujeres organizadas, y dos varones. Todas las mujeres son productoras,  cultivan principalmente maíz y plátanos, productos que comercializan con una cadena de supermercados.  Pero no todas tienen tierra propia.

“Varias mujeres, las más jóvenes, no tienen tierra propia, son nuevas socias, pero a ellas les ha costado mucho el trabajo en la cooperativa porque tienen que alquilar para poder producir” explica Justina.

Una líder que no declina

Justina es una líder campesina muy activa. Es una mujer morena, menuda, muy elocuente al hablar; su vida transcurre entre los quehaceres domésticos, el cuido de sus cultivos, su crianza de gallinas y las reuniones, capacitaciones y proyectos de la cooperativa.  Está pendiente de todo. No descuida nada para que todo marche bien.  Confiesa que todo ese trajín es muy agotador, pero “no puedo dejar de hacerlo porque me haría mucha falta”.

Cuenta con el apoyo de Wilfredo, su marido, “él ya no trabaja mucho en la tierra porque se enfermó de la creatinina por los años que trabajó para el ingenio, pero cuando yo salgo a las reuniones él se queda cocinando” asegura Justina.

“A veces él me dice ‘ya no sigás que yo no te puedo ayudar; no te metás a más compromisos que ya no puedo’ pero como a nosotras nos ha gustado la lucha, ahí andamos,”  cuenta Justina mientras sonríe. Ella cree incondicionalmente en la causa por la que trabaja y no pretende abandonarla hasta que se agoten sus fuerzas. Su compromiso es inmenso.

Justina solo tuvo dos hijos, pero ambos ya hicieron su vida aparte, “a cada uno le di su pedacito de tierra, ellos la trabajan con sus parejas” afirma.  Asegura que ella ha organizado y empoderado a sus nueras y refiere que a una de ellas le ha gustado tanto la agricultura que además de sembrar la pequeña parcela junto a su marido, también alquila otra para producir más, “además se está esforzando mucho porque también es panadera, ella sale a vender pan,” dice orgullosa.

Su mayor preocupación

“Mi mayor preocupación son las mujeres sin tierra” afirma Justina, porque sin tierra propia las agobia la desesperanza.  Asegura  que esa es una de las razones por las que en este país muchas mujeres deciden emigrar y muchas criaturas quedan abandonadas, “nosotras no queremos que eso pase en nuestra comunidad. No queremos que  los niños se críen sin su madre, porque el padre ahora está, pero mañana no está y hasta los puede dejar botados”.

Para Justina la solución está en la tierra, por eso no abandona la lucha. “Con media manzana de tierra una mujer se defiende, nosotras queremos que ellas tengan un patrimonio propio, para que no anden viviendo arrimadas o humilladas, ni dependiendo de un hombre. Que se sientan apoderadas, eso es muy importante” afirma.

Por otro lado lamenta que hay personas que si tienen la tierra pero no la valoran o no piensan en el futuro de sus hijos y nietos y se deshacen de estas; sucumben a las ofertas que les hacen las empresas que quieren expandir sus propiedades en la zona.

 “Yo siempre he dicho que él que tiene un pedazo de tierra, tiene oro en sus manos” concluye la líder campesina.

Mañana: Los hijos no siempre conservan ese amor por la tierra que les inculcan sus padres en el campo

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