13 abril, 2021

Oda a las históricas cantinas leonesas, refugios de personajes del disfrute bohemio

El Jucu Jucu, antigua cantina. Milena Montoya / Nuevas Miradas

Milena Montoya

Fue un día de asombro. Los clientes llegaron al bar Misissipi como de costumbre. No era necesario haber tomado un trago para ser jocoso. Sirvieron la sopa de frijoles con chicharrón, el principal atractivo de la casa y uno de los clientes exclamó: “Aquí hay patitas de cucaracha”. Todos callaron.

Desde el fondo de la cocina, una dama impecablemente vestida con su gorro blanco se dirigió rápidamente a la mesa y examinó el hallazgo para exclamar: “No son patitas de cucaracha, son hilachas de cebolla quemada que flotan mientras se cocina la sopa” y los jocosos clientes que ya sabían, echaron en carcajadas, la broma fue pesada para Félix Hernández, el propietario.

A partir de esa broma, el nombre de bar Misissipi pasó a un segundo plano y el nombre de “Cucaracha” se hizo famoso, adquirió fama nacional e internacional para quienes gustan de una sopa acompañada de un trago de licor en el centro de León.

“Cucaracha”, la cantina más vieja

Alrededor de 85 años de tradición tiene ya el Bar Misissipi en la ciudad de León, aproximadamente en 1931 Félix Hernández comienza este rumbo en un patio ubicado, primeramente del parque San Juan cuadra y media al norte. Ahí se vendía el licor a granel, que era el único que se conseguía en este tiempo.

Félix Hernández comenzó muy joven este negocio y según su hija Daysi Hernández, la sopa de frijoles se hace desde sus inicios y es el plato por el que sus clientes siguen llegando.

El segundo local estuvo ubicado del Hotel América, una al sur y media arriba y el definitivo que está ubicado de donde fue la cancha del tenis 1 cuadra al sur media al este.

Según Hernández, “el único hijo que quedó con el apodo de ‘Cucaracha’ fue mi papá, ni a sus mismos hijos legítimos les decían así”.

Los clientes les decían con la sopa de frijoles mirá, aquí me salió una patita de cucaracha’, y era la cebollita quemada que se le echa a la sopa”.

Los funerales de “Cucaracha” un acontecimiento histórico en León

Félix Hernández, fundador del bar Misissipi. Reproducción de Milena Montoya / Nuevas Miradas.

Daysi Hernández cuenta que la cantina siempre fue concurrida y que es hasta hace poco tiempo que ha empezado a bajar la clientela, “Cuando yo estaba chiquita aquí se atendía desde las 11 de la mañana hasta la media noche, y de eso te estoy hablando hace casi 55 años”.

“Cucaracha” era famoso entre los leoneses por sus medias con bocas. Por cada media de licor se le daban a los clientes 16 bocas: “Pata de chancho, ubre, cerdo, costilla de cerdo, pollo, bistec, huevo de paslama, camarón, costilla envuelta en huevo, lo que se podía poner”.

Cuando fallece Félix Hernández en 1977, toda la ciudad se volcó en sus funerales. El periódico El Centroamericano que circulaba en esta ciudad, apareció entre sus páginas el titular “Murió Félix Hernández Jirón, alias ‘Cucaracha’” y en la nota afirmaban que en su tumba deberían colocar una placa que dijera: “La mejor sopa de frijoles, ‘Cucaracha’”.

Daysi Hernández comenta que a esta cantina concurrían personas de todos los estratos sociales. “Cuando yo tenía como 15 o 16 años y venía del colegio, ya esa hora había una mesa y estaba todo el personal del Banco Nicaragüense, llegaban mucho y se tomaban hasta 8 y 10  medias con bocas”.

Desde un zapatero a un ministro

Hoy, afirma que para ella todo el que la visita es un cliente y que no hace distinciones de ningún tipo, “Aquí ha venido desde un zapatero hasta un ministro. Yo no le doy importancia porque para mí el cliente tiene valor, tanto el que viene descalzo como el que tiene calzado”.

El bar Misissipi ha dejado de ofrecer sus medias con bocas, pero ha implementado vender platos fuertes como carne en baho, asados, pollo empanizado, cerdo adobado, lomo de costilla y su infaltable sopa de frijoles, “sin sopa de frijoles la gente se va”, expresa convencida Deysi Hernández.

“Aquí ha venido desde un zapatero hasta un ministro. Yo no le doy importancia, porque para mí el cliente tiene valor, tanto el que viene descalzo como el que tiene calzado”.

“Cucaracha” siempre ha sido un negocio familiar, Hernández tiene 20 años de administrar el negocio, sin  embargo explica que desde muy joven trabajó siempre al mando de otro familiar, primero fue su padre, luego su mamá y después su hermano. Hoy lleva las riendas del bar Misissipi y los trabajadores siguen siendo parientes “aquel es hermano mío y aquella es cuñada mía, la que me está lavando vasos es hija mía. Hay 2 que 3 que son conocidos o amigos de familia, que igual tiene años de estar aquí”.

Concepto de cantina leonesa es inédito

Las cantinas de antaño en León no se parecen al concepto de cantina que se tiene en la actualidad. Entre los años 40 y 80 estos lugares eran sitios muchas veces improvisados, como patios y ranchones de palma, donde se reunían los bohemios a tomar el “guaro lija” que se vendía por trago, acompañado con frutos ácidos o antojitos.

En la ciudad metropolitana existieron muchas cantinas representativas que hoy ya no funcionan por distintos motivos, desde la vejez de sus dueños hasta el fracaso del negocio.

Mercedes Montes, habitante del barrio El Sagrario recuerda el “Jucu Jucu” y “Las 7 Argollas” en el Laborío y El Silencio” y “Las Caperas” en Sutiaba. Actualmente son pocas las cantinas con trayectoria, ya que con los años han ido cerrando.

De un capote de guerra a una cantina famosa

El ahora bar-restaurante “El Capote”, comenzó hace 45 años como una pequeña cantina bajo las sombras de árboles de mandarina y naranja agria. Según el actual administrador, Flavio Núñez, el negocio fue iniciado por su mamá Luz Berbi en ese mismo terreno donde ahora está el local.

Núñez cuenta que al volver del servicio militar, usaron su capote para dar sombra en el patio donde funcionaba la cantina, y a raíz de ese utensilio la gente le asignó el nombre.

Flavio Núñez, administrador de El Capote. Milena Montoya / Nuevas Miradas

En esos años las cantinas funcionaban de forma muy improvisada y no tenían un rótulo que dijera el nombre o que apuntara que en ese sitio se vendía licor. Toda esta información era pasada de boca en boca y de ahí nacen los tradicionales nombres.

Según Núñez, El Capote sigue siendo concurrido los fines de semana, ya que ha implementado las fiestas con música en vivo. Asegura que la gente sigue llegando por su trayectoria “aquí ya sabemos cómo tratar a los clientes”, explica. Personas de varias ciudades del país llegan a este bar a degustar el gonce asado, que según Núñez, es la especialidad de la casa. El gonce es la vértebra asada de res.

Rennery Bonilla, actual administradora y nieta del fundador

Pescador y cantinero

Otra cantina de trayectoria en la ciudad de León es el Corinto Bar, fundado en 1970 por Rodolfo Galo Sáenz, ubicado del supermercado La Colonia 3 cuadras y media abajo, en el barrio de Zaragoza.

Según Rennery Bonilla, actual administradora y nieta del fundador, su abuelo era pescador y se iba a Corinto a traer el pescado que él mismo vendía en la cantina.

Hace unos 15 años el bar se volvió más concurrido bajo la administración de Silvia Delfina Galo, hija del fundador. Ella se especializó en la “comida de monte”, como el conejo, el venado y el cusuco. El lugar se populariza por estos platos, sin embargo con el pasar de los años la demanda de este tipo de comida bajó además que según Bonilla, no hay proveedores que les abastezcan.

La tradición de “Cachito”

Aún siguen llegando clientes de antaño a este bar, como Daniel Fernando Espinoza o “Cachito”, como popularmente lo conocen en la ciudad. Él es famoso por vender cachos en la esquina del hotel El Convento. Cachito explica que su principal motivo siempre es el vicio, pero más allá de eso él dice tener un apego hacia este lugar, “es como el barbero, a mí ya no me resulta ir a otro barbero porque al que yo voy ya me conoce como me va a rasurar”.

Daniel Espinoza, “Cachito”. Milena Montoya / Nuevas Miradas

Es como el barbero, a mí ya no me resulta ir a otro barbero porque al que yo voy ya me conoce como me va a rasurar”.

“Cachito”, es originario del barrio de Zaragoza, por lo tanto este bar siempre ha sido de su preferencia, “era sencillito, porque yo venía desde cipote, comenzó con una mesita, y vendían el licor en esas botellitas del hospital”. “Aquí si me pico, me llevan a mi casa, en otro lugar que vaya tal vez no me conocen y hasta me pueden palmar”, comenta Espinoza.

Hoy con la actual administración, el bar pasó a llamarse “Corinto Bar Jr”, como una forma de reinventarse, sin embargo, la herencia sigue intacta y sus clientes lo saben.

Las Graditas, un imán para clientes

Otra cantina un poco más contemporánea, pero que sigue ese concepto antiguo es Las Graditas, la cual cuenta con 43 años de trayectoria en la ciudad. Gloria Blanco lo fundó junto con Hermógenes Esquivel primeramente del costado oeste de parque Guadalupe una cuadra arriba, donde la gente le llamaba Kokimbo, porque ese era el apodo de Esquivel.

Más adelante continúan en el terreno donde siguen actualmente, del Instituto Nacional de Occidente una cuadra abajo “comienza en un bajarete de tejas, vendiendo licor a granel”, afirma Juana de Blandón, heredera del negocio y actual administradora. En esa época se acostumbraba pasar el licor con jocotes, mangos verdes, mimbro, grosella u otro fruto ácido y esto se incluía con el trago.

A Las Graditas continúan llegando antiguos clientes a recordar. Personas con más de 20 años de haber migrado a otros países, vuelven a Las Graditas a degustar platos representativos. Blandón explica que antes se vendían platos como el riñón asado, el conejo y el coctel de huevo de toro, muy apetecidos por sus clientes.

Bar Las Graditas. Milena Montoya / Nuevas Miradas.

 

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