19 octubre, 2021

Las dos vacunas, los médicos, Odorico D’Andrea, la familia y los amigos

Juan Ramón Huerta

Ingresé a la clínica como de costumbre, ya estaba llena la sala, pasé a que me tomaran los signos vitales, y en unos diez minutos me llamaron y, con ello, el primer cambio de silla.

“Le toca en la clínica 7” me dice la enfermera y voy por la segunda silla, buscando quedar cerca de la pasarela de los médicos y escuchar cuando me llamen.

Me gustó otra silla porque estaba más cerca, antes estuvo una dama con abanico de mano y miradas de menos, al ser llamada, ocupé su lugar.

El olvido fatal

Mi botella de alcohol estaba feliz durmiendo en el carro, a esas alturas me perseguían las chimbombas de mil bocas en mis manos. Fui llamado al cuartito donde una doctora, amablemente me dejó a tres metros de su mesa y extrañamente conversó conmigo, me hizo preguntas y me mandó a hacer nuevos exámenes, “para confirmar o descartar” dijo.

Hacía varios años que no me encontraba con una doctora así, en la mayoría de los casos, cuando me siento frente al médico, ya tienen lista la receta y… el que sigue…

Seguramente mis manos reverbereaban de las bolas mantecosas y asesinas. Fui a la farmacia, ya las bolsas venían igualmente infectadas, la puerta de la clínica, todo aquello.

El virus viajó en carro

Llego al carro y abro con la llave y en la manecilla de la puerta quedan circulando como moscas sobre miel. Dentro del carro casi me bebo la botella de alcohol y según mis cálculos venía limpio, sano, libre del virus maldito.

Vine a mi casa, cerré la puerta del carro, obligado a tocar la manecilla, la llave, llevo mis manos a mi rostro para quitarme la mascarilla y echarla a la basura, me lavo mis manos como lo indican, me cambio ropa, quedo tranquilo.

Una lección importante es que aunque estés vacunado con  dos dosis, las medidas de uso de marcarilla, lavado de manos, distanciamiento físico son determinantes y más si estás contagiado, para no afectar al resto de la familia y personas con quienes tenemos que vernos cotidianamente.

 Los seis o siete días

Pero qué va. Transcurrieron siete días y comencé sentir los síntomas de una gripe, mi frente pesada, me dolían los ojos, entonces pasé por donde un amigo médico y me recetó algo para la gripe pero me advirtió, “si sigues igual regresa para darte el tratamiento”.

Pasaron unos señores humildes, sudados de tanto caminar y me dieron ivermetrina, le pregunté por qué debo usar esto, y su respuesta fue, “eso lo mandan del Puesto de Salud” cualquier duda, vaya”.

Recordé todo lo que he leido de la famosa ivermetrina, testimonios de personas que les ha ido mal, pero no los desprecié, valoré su esfuerzo y sencillez.

Las dos vacunas

Nunca sentí seguridad absoluta por haber sido vacunado en dos dosis, pero en mi mente pasaban ideas de una ligera confianza, “si me da no será tan fuerte”.

Llamé a dos pretigiosos médicos, me pregutaron lo de rigor, los síntomas y uno de ellos me dijo, “brother, es Covid”. Lo asumí con serenidad.

Voy a aislarme, mi esposa tomó su almohada y sábana y salió el cuarto. Sentí un torozón en la garganta, pensé en tantas cosas.

Inmediatamente los médicos me aconsejaron qué hacer; después se sumó otro amigo y validó el proceso, “vas bien, así se hace” me dijo, “estás en buenas manos”.

El calvario y adiós al olfato

Comenzó mi calvario, dolores en el cuerpo, diarrea, temperaturas, poca tos, trancazón como decimos en el lenguaje coloquial pero lo más dramático fue cuando dejé de sentir el aroma del café jinotegano.

“No tomes nada por ahora, ataca los síntomas” fue una estrategia dominante. “Las personas se sofocan y comienzan a tomar todo lo que le dicen los vecinos, familiares y amigos” me dijo uno de ellos.

Odorio D’Andrea

Pero bueno, comencé a consensuar las opiniones y a seguir los pasos con disciplina. Se potenció mi espiritualidad fijada en el padre Odorico D’Andrea. Hablé con él como cuando me lo encontraba en los caminos de la guerra en Jinotega y me salvó la vida en varias ocasiones, me imaginé aquel intenso olor a flores que emanaba cuando hablaba con él y su voz finita, aunque en imaginación porque ya no sentía olores.

La mejor lección

Odorico D’Andrea no me abandonó y la otra parte, la ciencia estaba con los médicos. La mejor lección aprendida es que para atacar al COVID hay que hacerlo por síntomas; aislamiento y los té de mi prima cuñada Albertina Navarrete quien no descansó hasta enviarme el mejor barco durante la crisis. Ahí venía de todo, me acordé de las cajas que me enviaba mi madre cuando vine a estudiar a Managua. Fue emocionante y me levantó la moral.

Los te me estabilizaban y quizás los médicos no estaban de acuerdo o si, uno de ellos me dijo que los tomara sin miel de avejas, que la miel la tomara en cucharadas por separado.

La importancia de la solidaridad

No hablaré de los médicos por razones obvias aunque me duele no hacerlo porque estoy profundamente agradecido con ellos, pero sí hablaré de mi familia: mi madre orando y dándome ánimo a sus 86 años; mi tía Esperanza Herrera golpeada en lo más profundo de su corazón por la muerte de su hijo, el ingeniero José Ramón Huertas.

Mis sobrinos; Elisa, Karla, José Ramón, José Luis, Alejandra; Junieth y su hijita Ariadna; Tamara y Sarita; mi hermano Edwin; mi prima Valentina; mis compañeros de secundaria Dolores Siles, escribiéndome todos los días con reflexiones como salidas de los mejores textos; Jairo Hernández con quienes recordamos esos tiempos y me hacían aminorar el dolor.

Mis compañeros de profesión; profesores Ivania Alvarez, Luis Sánchez; mis amigos Henry Petrie recetándome cocimientos y ejercicios de respiración; Guillermo Cortés con sus ojos agigantados por el asombro; doña Ulda Morazán, Haskel Romero, Francely; especial aprecio a Ruby Zeledón quien estuvo pendiente de la familia; algunos miembros de la familia de mi esposa. Harold Saballos y su sopa dominguera desde Los Brasiles cuando no teníamos qué comer ni ganas de hacer. A Marco, mi primo pendiente todos los días.

Mi esposa

Con mi esposa Amelia quien seis días después resultó con los síntomas, utilizamos la misma estrategia médica pero en ella el maldito virus no pudo entrar plenamente aunque le provocó intensa tos, problemas para respitar y dolores en el cuerpo. Nunca la vi tan golpeada como ahora, se ensañó en su cuerpo con la ventaja de su edad. Se frustró su entusiasmo por vacunarse, no pudo hacerlo en este segmento de edad, de 30 años a más.

Mis hijas Tathiana y Amelita, tristes al ver a su padre sufrir, pero me motivaron siempre.

La recuperación

No es fácil, hay qu seguir con mascarilla, aún en la casa porque ahí hay niños o personas sin vacunar que pueden ser infectados, recomiendan los médicos.

Las secuelas son funestas. Dolores corporales, cansancio, insomnio. Los médicos recomiendan ejercicios de respiración acostados boca arriba, boca abajo, de lado izquierdo, derecho, sentado y de pie. También se pueden hacer ejercicios suaves, graduales.

No es recomendable salir de casa sin medidas de seguridad: doble mascarilla, careta, alcohol, evitar aglomeraciones. Ser prudente, cambiar horario para ir al Super o al banco; muy tempranito es lo más recomendable.

Seguir con vitaminas si las recomienda el doctor.

El ángel de Odorico

Un especial agradecimiento a una enviada de Odorico D’Andrea, doña Flor Ramos Montoya quien, de larguito y con todas las medidas de seguridad nos atendió en asuntos vitales como la desinfección, la alimentación y la oración. A los vecinos: Elizabeth y su hija; Armando, Jacqueline, Eduardo, Jazmina, Merceditas y quienes se percaron de nuestra ausencia por casi un mes.

Estamos en recuperación, no es lo mismo escuchar testimonios quizás más fuertes que vivirlos. Sigo pensando en las dos dosis, valió la pena la espera de 8 y 5 horas para obtenerlas, en la validez de usar mascarilla, distanciamiento físico y alcohol, de lo contrario, el testimonio lo escribiría otra persona.

 

2 comentarios en «Las dos vacunas, los médicos, Odorico D’Andrea, la familia y los amigos»

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