19 enero, 2022

Las mujeres “paneras” de Casares, una faena diaria sin tregua al descanso

Rosa Castro, junto a su madre y sus hijos, todos los días permanece en la costa vendiendo pescados, desde las cuatro de la mañana hasta las cinco de la tarde, comen lo que pueden mientras venden su producto y logran obtener ganancias. Cortesía / NM

Comercializar mariscos es el trabajo de más de diez mujeres originarias de Casares, zona costera de Diriamba, Carazo. Es una faena diaria llena de sacrificios, cansancio e inversión económica.

Especial para Nuevas Miradas

A las cuatro y media de la madrugada empieza el día para Rosa Castro, una madre soltera con dos niños, quien hala un carretón de mano para recorrer, todos los días, tres kilómetros desde su casa hacia orillas de la costa donde se dedica a vender pescados.

Castro tiene que madrugar para esperar a los pescadores que regresan del mar con el pescado y así poder obtener producto a buen precio, fresco y de buena calidad, para luego revenderlo en un tramo improvisado ubicado a unos cuantos metros de la orilla del mar.

“Somos varias mujeres aquí las que nos dedicamos a este negocio, aquí no hay descanso, los pescadores entran diario al mar y aquí ganamos para la comida de todos los días, en nuestras carretas caminamos las panas, el producto, el hielo y pues tenemos que luchar por nuestros hijos”, dijo Castro con entusiasmo.

Así como ella hay más de diez mujeres que también se dedican a la misma actividad, a quienes se les conoce como “Las Paneras”, por la forma tan peculiar en que comercializan el marisco, debido a que lo primero que el turista logra ver al acercarse a la costa son tinas muy grandes, hondas y de material plástico.

En su mayoría, las paneras son madres solteras y suelen llevar a sus hijos en sus carretas junto a sus utensilios de trabajo, ya que no cuentan con el dinero suficiente para pagar por su cuido. Estas mujeres a diario se exponen al inclemente sol hasta que abandonan la costa a eso de las cinco de la tarde de lunes a domingo.

Las mujeres paneras que no logran obtener un espacio para vender sus productos dentro en los tramos improvisados, se ubican en la costa debajo de alguna lancha con permiso de sus dueños, debido a que no hay espacios suficientes para todas. Cortesía / NM

“Lo que nos queda es el cansancio”

En las temporadas bajas, cuando el pescado comienza a escasear, empieza lo más difícil, ya que los cinco mil o seis mil córdobas que invierten en la compra de mariscos dejan muy pocas ganancias.

“Es bien duro para nosotras cuando no sale pescado, las lanchas a veces salen vacías y las que logran sacar nos lo venden muy caro, tenemos que estar atentas cuando salen los pescadores y correr hacia el mar para ayudar a halar las lanchas y rogar que nos vendan un poquito, porque muchas veces solo sale producto de exportación y lo venden a los acopios”, comentó Damaris Sánchez.

Sánchez también es madre soltera e indica que su ex pareja la abandonó cuando dio a luz al último de sus cuatro hijos. Desde entonces no se hace responsable de sus obligaciones paternas, por lo que se ha visto en la necesidad, desde hace diez años, de optar por este empleo informal para mantener a su familia.

“Tenemos que saber trabajar aquí, porque es fácil endeudarse, pero difícil es pagar, porque el margen de ganancias por libra de pescado es de tres a cinco córdobas por lo que al final del día lo que nos queda es el cansancio y muy poco para poder subsistir diariamente, porque el capital no se puede tocar, es nuestro machete para trabajar, pero por nuestros hijos tenemos que seguir luchando”, señala la panera.

María Fierro Baltodano también se dedica a este oficio, aunque su método es diferente al de las demás paneras. “Mi forma de trabajar es distinta a las demás, yo hago un contrato verbal con el pescador y les doy la carnada, el combustible, el hielo y los termos, entonces todo lo que saque el pescador en su lancha viene directo a mis manos, les saco la cuenta de cuánto gastaron de todo lo que les di y lo que les sobra se los doy a ellos en dinero”.

Se considera que la manera en que comercializa Fierro Baltodano es la más indicada para el pescador, comerciante y comprador. Sin embargo, no todas las paneras cuentan con el dinero suficiente para lograr realizar una inversión de más de diez mil córdobas diarios.

Necesitan mejoras en infraestructura y turismo local

Casares es un pueblo pequeño, que está ubicado a 74 kilómetros de la capital, es la zona costera de la ciudad de Diriamba, donde la pesca y la comercialización del marisco es la única fuente de ingresos, por lo que sus playas son muy poco visitadas por turistas nacionales y extranjeros.

Según Rosa Castro la poca afluencia de visitantes se debe a que no hay atractivos turísticos en la zona, donde el Instituto Nicaragüense de Turismo (INTUR) y autoridades municipales no han querido realizar inversiones que ayuden a levantar el comercio y el turismo.

Además, resienten el mal servicio de recolección de basura de la municipalidad, que solo ingresa a la comunidad una vez cada 15 días. Pese a eso intentan mantener la  costa libre de basura.

“Nosotros necesitamos mucha ayuda en este lugar, somos mujeres que mantenemos la economía de esta localidad con nuestro trabajo en conjunto con los pescadores, es nuestro único sustento no hay más nada aquí, necesitamos apoyo para que la playa se vea bonita y llame la atención del visitante, así como infraestructura para poder resguardarnos del sol ya que aquí pasamos todo el día y también somos mujeres que pagamos nuestros impuestos”, argumentó otra panera que prefirió omitir su nombre.

Si bien es cierto nada es color de rosas en esta vida, pero las mujeres paneras a diario se imponen a una sociedad machista, rodeadas de hombres pescadores, donde demuestran que ser mujer y madre soltera no ha sido impedimento para sacar adelante a sus hijos, ser cabeza de hogar y ser jefas de sus propios negocios.

 Damaris Sánchez, comerciante de pescado de Casares, panera desde hace más de quince años. Cortesía / NM

 

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