19 enero, 2022

Historias humanas de ancianos en asilo de Granada que conmueven los cimientos del humanismo

Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, quienes en su voto de servicio, curan las heridas y hasta motivan a comer a sus huéspedes cuando les falta el apetito. Cortesía / NM

Especial para Nuevas Miradas

Por más de 50 años el Hogar de Ancianos La Providencia de la ciudad de Granada, ha recibido a centenares de personas de la tercera edad que fueron abandonados por su familia o vivían en situación de alto riesgo en las calles.

Dentro de los acogidos en este asilo se encuentra Reynaldo Molina Jaime, quien en su juventud trabajó por más de 30 años en Costa Rica como carpintero y soldador, pero hace diez años sufrió un derrame cerebral, enfermedad que lo dejó incapacitado para trabajar y sin poder recibir una pensión por invalidez, para seguir viviendo en esa nación.

En su mente guarda el día más amargo de su vida, cuando su prima decidió viajar junto con él en un autobús de transporte internacional con destino a su ciudad natal, Granada, para abandonarlo en una de las calles de la Villa y dejarlo a su suerte.

“Fui abandonado, como un perro, no podía ni caminar de lo delgado que estaba, me arrastraba para poder vivir de la caridad, caminaba hediondo, pasé cerca de un año en esa situación, pero una señora habló con la directora del asilo, para poder ingresarme a este centro”, recuerda entre llantos Reynaldo Molina Jaime al recordar ese amargo episodio de su vida.

Todo cambió en el asilo

Después de permanecer por más de dos años en este hogar todo cambió, su cuerpo luce fortalecido, logró caminar con el apoyo de su bastón y alcanzó un mejor movimiento en sus manos, aunque aún presenta secuelas del derrame cerebral que sufrió hace varios años.

Hace muchos años se separó de su esposa y la casa que logró construir en el barrio el Cocal decidió dejársela a su hijo, del cual dice no tener ninguna noticia ahora.

Historias de vida como las de Reynaldo Molina Jaime, se pueden  encontrar en los cincuenta ancianos que viven en esta casa colonial de amplios corredores y jardines, administrada por las religiosas de la orden de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que están a cargo de la alimentación y salud de estos adultos mayores, quienes padecen en su mayoría de demencia, diabetes e hipertensión.

En los amplios pasillos y cuartos del hogar de ancianos La Providencia, existe una higiene impecable, la agenda de los adultos mayores inicia por la mañana con su aseo personal y luego su desayuno, después buscan distraerse viendo televisión o escuchando música, mientras llega su almuerzo.

Afectados por dos crisis 

Sor Celia Cuca Sequen, originaria de Guatemala es la directora del Hogar La Providencia, dice que no cuentan con un fondo permanente para sufragar los gastos del hogar y dependen de los donativos que reciben de personas de buena voluntad que son movidas por la caridad a los desprotegidos.

Cada mes las religiosas atraviesan dificultad para sufragar la factura de los servicios básicos y el pago de la planilla de 23 colaboradores, que se dedican a mantener la limpieza y preparar los tres tiempos de alimentación que reciben los adultos mayores.

“Han disminuido las donaciones permanentes que mantenían algunas personas, sabemos que la pandemia del Covid-19 ha sido un motivo general que nos afecta, vemos que algunas personas fallecieron y otras que se encuentran fuera del país”, relata Sor Celia Cuca Sequen.

Rescatan a alcohólico

Las religiosas requieren de los donativos para seguir rescatando de las calles a los adultos mayores en situación de riesgo, como el caso de  René Marcia Tinoco, quien fue rescatado de las garras del alcoholismo, vicio que inició a la edad de 20 años tras la muerte de su padre.

“Yo andaba todo sucio en la calles de Granada, hasta me orinaba, pero un día gracias a Dios pasó la camioneta de las monjitas me levantaron y me trajeron a este asilo, gracias a Dios y a ellas tengo más de un año de no probar una gota de licor, tengo mis alimentos y una mejor vida. Hoy mis tres hijas me visitan y quieren que vaya a vivir a su casa”, relata René Marcia de 55 años.

Perdió a su familia y su pierna

Otro de los amparados en este asilo es Francisco Guzmán Ocampo de 75 años, la diabetes le provocó la pérdida de una de sus piernas, y al igual que el resto de sus amigos del asilo tiene una historia amarga, deambuló por más de 8 meses en una de las avenidas de la ciudad cuidando carros, luego de divorciarse de su segunda pareja con la cual procreó tres hijos.

“Al separarme perdí la casa y me fui alquilar un cuarto, donde vivía muy triste, pero gracias a la recomendación de Isabel Cuadra de Chamorro, vine a este hogar, donde gracias a Dios vivo dignamente, pero a la vez triste, porque ya no puedo salir a visitar a mis amigos”, relata Guzmán.

Las religiosas mantienen un área privada, donde reciben ancianos que llegan a dejar familiares para su cuido y realizan un aporte para sus gastos, con este dinero extra logran cubrir algunos servicios del centro, como atención médica y compra de medicinas

Previo a la pandemia, las religiosas de la Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, brindaban a los adultos mayores un espacio de distracción, como llevarlos a las playas o salir a recorrer parques y centros de esparcimiento, pero ahora es imposible ante los riesgos que implica el virus para las personas de mayor edad.

Una vida dedicada al servicio y la caridad 

Aunque existe un personal en el asilo, el mayor trabajo del cuido y atención de los ancianitos recae en las seis religiosas misioneras de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, quienes en su voto de servicio, curan las heridas y hasta motivan a comer a sus huéspedes cuando les falta el apetito.

Sor Martínez Ordoñez Guerra reconoce que la ausencia de la familia causa una tristeza en los ancianos, pero dentro de su apostolado está el reconfortarlos y darles aliento espiritual.

“En estos momentos de pandemia hemos tenido que protegerlos, decidimos restringir la entrada y gracias a Dios ni uno solo ha muerto a causa del Covid, pero estas medidas les afecta, porque se sienten solos y tristes al no recibir visitas de algunos familiares y personas que venían a compartir con ellos”, refiere la religiosa.

Sor Celia Cucan Sequen asegura que la atención  que brindan sin recibir ninguna remuneración económica representa la imagen de Dios, porque les habla a través del servicio que prestan a los desprotegidos e invitó a las jóvenes que sientan un llamado vocacional que lleguen a conocer el asilo, para ser parte de esta obra que también se extiende al campo de la enseñanza y la salud.

Impacto del abandono es grave

El psicólogo Óscar Martínez, instó a las familias a mejorar la responsabilidad afectiva con los adultos mayores, porque un alto porcentaje que vive en los hogares de ancianos son personas que sufren abandono de sus seres cercanos.

“El mayor número de los adultos mayores que vive en los asilos, no están porque deseen estar en ese lugar, llegaron por una decisión familiar, al desligarse de su obligación de cuidar a los abuelos, por eso es importante mejorar los niveles de tolerancia y responsabilidad afectiva en la familia,” recomendó  Martínez.

Las religiosas resaltan la generosidad del nicaragüense, en especial de familias que no tienen los recursos económicos suficientes, pero se despojan de lo poco que tienen para ayudar al necesitado, es común ver a familias en los portones  del hogar llegando a dejar  un almuerzo para los adultos mayores.

“Estas obras son importantes, ver cómo gente de Granada, Managua y Masaya, vienen a apoyarnos, pero pedimos que estos donativos se realicen con previa coordinación,” concluyó Sor Celia.

Ancianos del Hogar la Divina Providencia que se mantienen en sala de mujeres y varones. Cortesía / NM

Sor Celia  Cuca Sequen, Directora del Centro

 

 

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