11 agosto, 2022

La gracia del presidente

Ilustración de Henry Aguilar / NM 

Henry A. Petrie

El presidente excitado de alegría, decidió celebrar el éxito obtenido en las negociaciones con sus principales adversarios. Una vez resuelto los detalles, y de haber repasado mentalmente el tipo de ambiente y presencia que necesitaba, dio autorización para girar invitaciones a familiares, amigos cercanos y algunos diplomáticos de interés. La fiesta tendría lugar en su lujosa residencia.

Necesitó evidenciar su capacidad de maniobra y reafirmar que tenía el dominio absoluto del ajedrez político nacional.

Se le acusaba de aprendiz de dictador y en algún momento se dijo estaba de mente. Dictador, cuerdo o loco, manejaba con cierta maestría el sarcasmo, los dichos y refranes, articulándolos con la conducta o el reflejo que de sí deseaba proyectar. No le importaba que lo aborrecieran sus adversarios, al contrario, ese tipo de sentimiento le daba gozo. Así, con su estampa, parodiador y ramplón, logró embaucarlos en un pacto por debilidad y necesidad de su gobierno, como también por el apetito sobreviviente y rehén de sus encarnados detractores. Uno de sus refranes se había materializado: Chancho enlodado enloda al otro. Así de burlón, así de dicharachero se comportaba el presidente.

Desde que subió al poder, se propuso a toda costa hacer prisioneros de sus yerros y ambiciones a los otrora adalides. Soñaba con ser magnate de la política criolla, pese a todo y por encima de todos.

A las siete de la noche comenzaron a llegar las personas invitadas con efusivos saludos y felicitaciones. El protocolo desplegado hizo gala de excelencia y distinción, largas mesas con manteles impecablemente blancos ofrecieron apetitoso buffet y variedad de bocadillos; en el bar, finas y relucientes copas se acoplaron con colores y sabores de licores nacionales y extranjeros.

La opulencia modeló en la pasarela de la residencia presidencial.

Acompañado de su esposa, la primera dama, con palabras de bienvenida dio por iniciada la fiesta sin restricciones, los deseos serían complacidos al instante. Empezaron por todos lados los chin-chin de salud, de ¡Adelante presidente! Rostros alegres y palabras elogiosas, remembranzas de jugadas tácticas contra el adversario; el presidente, según sus adeptos, demostraba ser viejo zorro moviéndose en pantanos y terrenos sinuosos.

Los diplomáticos mostraron rostros serios atendiendo a la oficialidad de sus representaciones, pulcramente vestidos y de comportamientos protocolarios. Entre ellos se comentaban importantísimos giros de la coyuntura política, los enredos de intereses opositores, las formas de actuación singular del presidente, entre alevosa y reconciliable, entre petulante y campechana, entre formal e ilegal, entre ambiguo y preciso, entre disparatado y ponderado, con sus dichos y refranes, con visos legalista, redundando en sus coloquios, evadiendo y arremetiendo, con rostro dislocado a veces, y excesivamente sonriente cuando golpea certero. Todos los ENTRE en que pendula el presidente, parecieran oscilaciones de artimañas calculadas.

Hablaron de él como cosa única, en quien la seriedad gobernante se confunde con la farsa tragicómica. Licor y comida se consumieron. El presidente rondó los pasillos de la amplia piscina, regocijándose con tanta complacencia y abundancia.

Los invitados se paseaban de un lado a otro, disfrutando de sus pláticas, chistes y comentarios mordaces. La primera dama se mostraba contenta por el triunfo de su esposo, departió con sus amigas que lucían despampanantes trajes y joyas cuantiosas. Las caritativas obras, las adquisiciones de lujos para el hogar, los sueños de grandeza y los envericuetados asuntos de política fueron temas de conversación ineludibles, sumado a los supuestos encantos de sus cónyuges y el abolengo de toda buena casta social.

Los tragos se repitieron y los bocadillos se acumularon en el estómago del presidente. Plática aquí y plática allá, sonriente todo el tiempo, en sus manos copa y boca, en la izquierda el trago y en la derecha el bocadillo. Su protuberante abdomen crecía aún más. Los estragos comenzaron a influir en los actos del presidente, su júbilo se exacerbó y sus imprudencias sobresalieron.

Entre pláticas y redondeos el mundo giró a velocidades permisibles en cabezas aturdidas, la sangre se calentó y los sudores del presidente emanaron a borbollones. Por su parte, los diplomáticos experimentaban lo suyo, animados y en confianza. El ambiente convidó al relajamiento de rígidas composturas.

A la hora previa de la medianoche, los efectos estaban saltarines. El curso de la celebración iba inalterable. Abajo, la ciudad lucía como siempre, sus rotondas, luminosas gasolineras, obras de construcción, centros recreativos en plena labor. La noche estaba espléndida, sin nubarrones, con estrellas exponiendo su fulgor, una luna propicia para rondas de enamorados. La música sonaba, algunas parejas bailaban, otras continuaban con sus comentarios, bebiendo y comiendo.

La primera dama, joven y hermosa, con su distinción de hembra más que de clase, se mostraba contenta y atenta, con sus gestos femeninos cautivando más de una mirada audaz, casi abusiva; intercambiaba impresiones midiendo sus palabras, prudente, previendo cualquier desliz expresivo. Con sonrisas maquilladas saludaba a diplomáticos, amigos, esposas de tantos, y de vez en cuando daba órdenes a algún sirviente; no demostraba incomodidades ni tristezas, pero en sus ojos se advertía una extraña inquietud.

Al doblar la medianoche, con cierta agitación, se le acercó un integrante de la escolta presidencial, y dijo:

–¡Señora! ¡Señora! El jefe se ha lanzado a la piscina.

–¿Cooómoo? -preguntó sorprendida la primera dama-. ¿Cómo así? ¿El presidente en la piscina? La fiesta… los invitados…

–Se ha quitado la ropa delante de todos y se quedó en calzoncillo… así se metió, señora -respondió el escolta, tratando de enterarla en voz baja para evitar su alteración.

–¡Ay este hombre! Voy a buscarlo… -y fue al encuentro del presidente con sus mejillas sonrosadas, desencajada.

El tumulto de invitados alrededor de la piscina estuvo a la expectativa de las ocurrencias del hombre fuerte. Jamás habían presenciado espectáculo presidencial de tal naturaleza. El presidente ebrio y harto, desvistiéndose frente a todos y tirándose de plano -tipo clavado- a la piscina. El impacto del agua con la amorfia corporal voluminosa, desató pringas en todas direcciones.

La sorpresa para diplomáticos y la condescendencia de sus íntimos amigos. De cualquier forma, causaba estupor y extrañeza el acto repentino del hombre. Flotaba en el agua, exponiéndose de cuerpo entero y pelado, convidando a que le acompañaran en el refresco nocturno; sus invitados, con disimulo se concentraban en el espectáculo, ¡ver a un presidente obeso, ebrio y en calzoncillo no era asunto de todos los días! ¡Qué estuvieran aquí periodistas! Comentaron entre sí.

–¡Ustedes diplomáticos! Vengan a bañarse conmigo, déjense de pendejadas, dejen sus sacos y corbatas y métanse al agua…  También las mujeres… ¡Olvídense de tanga! No sean pendejos, ¡olvídense del protocolo! El agua está sabrosa. ¡Vengan jodidos! Como si nunca se han bañado en una piscina de noche. ¿Nunca han fornicado en una piscina? ¿Ah…? ¿Nunca lo han hecho? ¡No jodan! ¡Vengan! Bajémonos el guaro. ¡Déjense de babosadas! Vení vos… sí, vos jodido, acordate que soy tu jefe y me tenés que hacer caso… vení cabrón… no te hagás el loco, que loco sólo yo, jodido…

La primera dama no supo qué hacer, si dejar todo como estaba o pedir ayuda para sacar a su esposo de la piscina, con el riesgo de que se pusiera violento y profundizara la vergüenza. Mientras tomaba una decisión, los amigos, atrapados por la curiosidad, observaban detenidos aquel comportamiento entre risas y palabras complacientes. Sorprendidos los diplomáticos, no sabían qué actitud tomar; al fin y al cabo, hasta en los países más cultos se han visto cosas espontáneas, donde poderosos de pronto salen con sus chanchadas.

Algunas de las damas invitadas, con cuota de morbo incorporada al efecto alcohólico, se aproximaban a la primera dama para explicarle que no tenía nada de qué preocuparse, que ese tipo de situaciones era normal, «así son los hombres», sobre todo el presidente que solía ser tan bromista, jocoso… tan él mismo. Algunas de ellas intentaron acercarse a la piscina con la intención de ver la cosa oculta, indagarse del tamaño y de la forma, cerciorarse con sus propios ojos si sus colgantes eran visibles ante la protuberancia abdominal.

La primera dama sufría. Jamás estuvo expuesta a semejante situación, la vergüenza le ardía en su rostro y trataba calmarse con tragos discretos, escuchando palabras comprensivas de sus allegadas, cuando de nuevo, después de haber hecho intentos de sacar al presidente, se le arrimó la escolta para informarle:

–¡Señora! ¡El presidente, señora!

–El presidente qué… -replicó la primera dama angustiada.

–Se ha…

–Se ha ¿qué…?

–Se ha cagado…

–¡Qué es eso, hombre! ¿Qué estás diciendo?

–Pues que se ha cagado… el presidente.

-¿Se ha… dijiste? -aunque horrorizada, quiso cerciorarse bien de lo que había escuchado.

–Sí Señora, como lo escucha.

–¿En la piscina? -deseó una respuesta que la tranquilizara.

–Sí señora… en la piscina.

–¡Ayyy… no! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué es esto? Pero sáquenlo de allí, ¡sáquenlo! Ya no aguanto la vergüenza… que se acabe por Dios toda esta ridiculez -bajando el tono de voz casi suplicó al escolta, quien no halló qué hacer para cumplir los deseos de la dama avergonzada.

–Señora…  -la llamó el escolta.

–¿Qué más sucede? -preguntó abatida.

–Él no quiere salir.

–Cómo puede ser. ¿No ve el agua sucia?

–Él se ríe mucho, señora, se ríe mucho. Los diplomáticos se están yendo, no les gusta lo que él hace -le dijo el escolta quedito.

–Sí, claro. Entiendo.

–Tenemos que hacer algo rápido, porque él anda nadando en medio de su propia…

La primera dama de inmediato se dirigió donde su esposo, constatando que lo informado no alcanzaba la real magnitud de lo observado, el espectáculo era más asqueroso de lo que se figuró a través de las palabras del escolta. Con discreción orientó a BJ, el más íntimo de los ministros, obeso y parecido en estampa al marido, que clausurara la fiesta, y consecuentemente el espectáculo.

El hombre flotaba en la piscina, sus heces rondaban libertinas los contornos. La cantidad defecada fue abundante, «como come el mulo…» dijo murmurando para sí el secretario del partido. Los invitados estupefactos, comprensivos con la esposa del mandatario, abandonaron la residencia sin poder creer lo que habían presenciado, no terminaban de aclararse si el espectáculo era una ofensa planeada o una asquerosidad naturalmente caudillezca.

El reducido círculo que quedó atendiendo al presidente, entre familiares, íntimos amigos y escoltas, intentaron convencerlo de salir de la piscina, pero aquél empezaba su fiesta hasta donde alcanzara el guaro o aguantara tanto zumo y desvelo.

La primera dama, más calmada, ordenó que se acercara el bar a la piscina y retiraran los desechos del marido ebrio, pero éste no lo permitió, imponiendo el mismo estado de cosas.

Al avizorarse la claridad del nuevo día, la escolta en fiel cumplimiento de su deber, aguardaban el momento que debían apoyar al presidente y trasladarlo a sus aposentos; los amigos que aún quedaban, comentaron junto a él, arrastrando y entrecortando palabras, la hazaña del pacto y el flujo ganancioso. Mientras tanto, la primera dama no cejaba en su esfuerzo por convencerlo de concluir la jornada, en el preciso momento que el calzoncillo salió libertino, al encuentro de lo que ya flotaba.

–¡Yooo soooyyy eeel pree-si-deen-teee! Ya veees… meee caguéee… -estruendoso eructo- en laa pisssciinaaa… delaanteee toodoss. ¿Quiéeen diice mieeerdaaa? Paara esooo eeestooyy ennn eeel podeerrrr… ¿nooo creeeen, jo-di-dos? ¡Vosss… ya que andásss por aiiii… traeeeme eeel deeel eeestriiboo!… ¡hip!…

Y así empezó el nuevo día en la pequeña república, mientras los comentarios se daban en voz baja, como para librarse de la estupefacción. Dicen que algunos diplomáticos pasaron días sin probar comida, se preguntaban qué clase de gobernante era aquél. Hubo uno en particular, que después de ver al protagonista del espectáculo en comparecencias públicas, no contenía el vómito, de regreso a su residencia.

Cuando el hombre fuerte volvió a sus fueros, se rió del mundo, recordando todo con precisión y satisfacción; al final, todo mundo ha hecho sus chanchaditas… se decía al repasar los rostros estupefactos de sus invitados.

Y las labores en casa presidencial continuaron. La piscina fue vaciada. La primera dama buscaba afanosa el maquillaje que ocultara su vergüenza. Una nueva estocada fraguaba el presidente, como si nada hubiera sucedido; comportarse como loco, y que así lo creyeran sus adversarios, era lo mejor que podía sucederle. Luego, también de eso, sacaría ventaja. De todos modos, decía, BJ tiene los cheques…

Los borrachos, 1889 de Antonio Fabrés. N/M

Agosto, 2000.

Nota editorial de Comunicaciones ACIC:

La gracia del presidente se publicó por primera vez en el Nuevo Amanecer Cultural, dirigido por el poeta Luis Rocha, el 29 de junio de 2002, edición No. 1129, Año XXIII, de amplia circulación nacional los días sábado, como suplemento cultural del periódico El Nuevo Diario. Pasó a integrar el libro de cuentos Tómame, y te contaré, de Henry A. Petrie, publicado en marzo de 2005, bajo el sello de Horizonte de Palabras, en la ciudad de Managua, Nicaragua.

Henry Petrie

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