7 julio, 2022

La vieja casona de San Rafael del Norte, Sandino, el dramático parto de Blanca Arauz y el museo que se hizo viento y polvo

Fotos de Jorge Mejía Peralta, cortesía / NM

Roberto Rourk

Colaboración especial

Hacía varios años que nadie pasaba por ese lado de la calle donde estaban las ruinas de la Vieja Casona en el centro del frío y acogedor San Rafael del Norte. Su sentencia de muerte la habían decretado mas de nueve décadas de descuido, era una muerte anunciada, como diría Gabriel García Máquez. Jamás invirtieron un córdoba en su reforzamiento, ni en los tiempos somocianos, ni en los gobiernos que siguieron. Tampoco lo hicieron los sucesivos alcaldes que jamás tuvieron un centavo, ni para poner siquiera pies de amigo.

Por un tiempo, la Casona fue un museo en donde se exhibían armas, uniformes, botas, espuelas, mochilas, cinturones, municiones, monturas y todo lo que usaba el general Sandino y sus tropas en las campañas revolucionarias. También estaba el equipo completo del antiguo telégrafo por medio del cual se comunicaba el general con mi tía Blanca Arauz. Ella le avisaba, con señales Morse sobre los movimientos de tropas americanas y nicaragüenses que lo buscaban y ese telégrafo fue por ese tiempo el único contacto de San Rafael del Norte con los demás poblados. Todo lo anterior desapareció como por arte de magia y solo quedaron unos rifles viejos, un pedazo del telégrafo y algunas fotografías.

Había dos personas que cuidaban el museo: don Tomás Herrera Zeledón y Jesús López. Ese día, don Tomás Herrera confesó –muy adolorido– que ambos le habían estado dando mantenimiento al museo por pura devoción, ya que tenían 16 años de no recibir pago. Don Tomás resultó lesionado por el derrumbe, sus hijos lo atendieron muy preocupados, pero sobrevivió.

Jesús López había fallecido pocos meses antes de un ataque cardíaco. Lo encontraron sentado en un taburete y doblado sobre su pequeño escritorio, los dos mueblecitos que llevó de su casa. Chunito, como yo le llamaba, había sido mi condiscípulo durante la primaria. La última vez que lo visité estaba arreglando unos viejos tablones del piso. Llamé a un carpintero para que quedaran fijos y seguros. El carpintero no cobró nada. ¨Ahora ya no me quebraré los tafistes¨- dijo Chunito carcajeándose.

Pues bien, el propio día del derrumbe había llegado a San Rafael una comisión gubernamental que se reunió con una similar municipal para dar los toques finales a un plan turístico que promoverían usando como eje central, precisamente, esa parte histórica de la Casona, por haber sido hogar de la familia de Blanca Arauz Pineda, oficinas del telégrafo y cuartel general de Sandino. Dicha comisión estuvo almorzando y hablando de los planes en la Casita San Payo, distante dos cuadras del vetusto edificio.

Momentos antes de pasar, a las tres y veinte minutos de la tarde de aquel primero de diciembre de 2011 ocurrió la tragedia. La vieja Casona que mi abuelo Fidel Úbeda Montenegro había comprado noventa y un años atrás, se vino al suelo.

Para cubrir noticiosamente el evento turístico planeado, habían llegado periodistas y fotógrafos de El Nuevo Diario que preparaban un reportaje sobre el circuito turístico que se planeaba. Para darle mas realce a las noticias, no faltó a ese encuentro la presencia de Blanca Segovia Sandino Aráuz, hija del General y de Blanca Arauz Pineda.

Quiero platicarles que, según se comentaba en mi familia, cuando esta niña vino al mundo, su madre estaba siendo atendida por la comadrona del pueblo, doña Angélica Rodríguez y por el médico don Lisandro Herrera. Doña Angélica era quien atendía a las parturientas de ese tiempo, incluyendo a mi madre cuando nacieron mis hermanas y yo. Cuando la comadrona, cuidando y palpando a cualquier embarzada, notaba que se avecinaba un parto difícil, llamaba al doctor Herrera para que la atendiera.

Así fue con tía Blanca. Eso lo platicaba mi abuelita Eulalia Aráuz, tía de Blanca. Contaba mi abuelita, que transcurrieron dos días de sufrimiento hasta que al fin nació la criatura, pero la placenta no salió, la madre ya no resistía, estaba extenuada y casi no podía hablar.

Durante todo ese tiempo el General caminaba, dando vueltas “como toro enjaulado”, con las manos entrelazadas por detrás, como era su habitual costumbre cuando meditaba, estaba preocupado o planeaba algo. Parte de su Estado Mayor y tropas ocupaban el pueblo.

El momento crucial llegó cuando el médico le dijo al general Sandino que debía decidir a quién salvar, a la madre o a la niña. El General no vacilo y dijo: “Salve a la madre”, pero se escuchó la voz agonizante de la madre que decía: ¡sálve a la niña! En ese momento el médico cortó el cordón umbilical para salvar a la criatura. La madre murió desangrada pasada la media noche de aquel 2 de junio de 1933.

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