7 julio, 2022

Los Arauz-Pineda-Rivera, familia de telegrafistas en San Rafael del Norte, Jinotega

Familares de Blanca Arauz, amigos y altos mandos del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional como el general Abraham Rivera, primero de la izquierda con una pana en sus manos, su esposa Petronila Rivera y el niño José Rivera, asesinado después por la Guardia Nacional de Somoza; esto durante el casamiento con el general Sandino en San Rafael del Norte, cortesía / NM

Roberto Rourk

Colaboración para Nuevas Miradas

Los padres de Blanca Arauz Pineda fueron don Pablo Jesús Arauz Rivera y Esther Pineda Rivera, ambos primos hermanos. Don Pablo fue un hombre multifacético, de mucho talento y dones, de muy fácil palabra y además gran telegrafista que enseñó el oficio a sus hijos. Doña Ester Pineda Rivera era maestra de profesión.

Durante su vida matrimonial procrearon once hijos, todos amantes de la música, la lectura y la poesía. Ocho de sus once hijos fueron: Miguel Angel, Octavio, Pedro Antonio, Luis Rubén, Esther, Blanca, Isolina y Lucila. Nunca supe nada de los otros tres.

Era una familia longeva y solo la tía Blanca no la conocí porque murió cuando apenas cumplía 24 años y murió de parto al nacer su hija Blanca Segovia Sandino Arauz.

Esther (Terchita) era mudita pero todos entendíamos su lenguaje y era muy querida en el pueblo. Fue la mensajera oficial encargada de entregar en cada casa los telegramas que recibían sus hermanas Isolina y Lucila. Toda esa familia conocía el lenguaje de las Señales Morse y cualquiera que escuchaba la señal de un mensaje entrante apretaba la palanquita de la izquierda para recibir y la derecha para mandar la respuesta.

Ese sistema telegráfico comenzó a desarrollarse en Estados Unidos en las décadas de 1830 y 1840. Funcionaba transmitiendo señales eléctricas a través de cables tendidos entre estaciones. Además de ayudar a inventar el telégrafo, Samuel Morse desarrolló un código que asigna un conjunto de puntos, espacios y rayas a cada letra del alfabeto y permite la transmisión de mensajes a través de líneas telegráficas.

A tía Lucila le llamábamos Chila y a Isolina le llamábamos Chola.

La gente del pueblo apocopaba ambos nombres y les decían las ChiCho. Ellas se hicieron cargo de su sobrina Blanca Segovia.

Cuando yo era niño, mi personaje divertido era tío Octavio a quien llamaban Tavila. Era borracho consuetudinario pero con su itinerario. El tiempecito que le quedaba libre entre sus borracheras, lo dedicaba a trabajar como guardalineas.

Los gorditos pensarán que guarda lineas significa que se dedicaba a cultivar su figura para guardar la linea. Nada de eso, tío Octavio casi no comía, lo que ahorraba en comida lo “invertía” en cususa.

Guardalínea era el oficio de cuidar y reparar las líneas del telégrafo que con frecuencia las rompía el viento o robaban los alambres.

El tormento mas grande del tío comenzaba al llegar a su casa. Su esposa, conocida como La Chema, era delgada pero fuerte, fibrosa y renegrida por su trabajo de usar el hacha para cortar leña, después cargarla al hombro y venderla de casa en casa. Podía levantar casi dos quintales sin arrugar la cara. Cuando en los atardeceres hacía mucho frío, se instalaba en las esquinas con un fogón de leña, hacía ponche caliente batido con molenillos y nosotros llegábamos con jícaras a comprar.

Cierto día, el tío apareció muy compungido donde el padre Mamerto Martínez y arrodillado le suplicó llorando: “Padre, cuando usted me casó, me preguntó si aceptaba a esa mujer por esposa y le dije que si, pero es hombrimacho, quiero que me la cambie”.

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