11 agosto, 2022

Las sociedades entre la violencia y la cultura de paz

“Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz sino viene acompañada de equidad, verdad, justicia, y solidaridad”.

Juan Pablo II

Vivimos un mundo lleno de violencia por el injusto orden social, político y económico, el desequilibrio social es producto del poder desmesurado que practican quienes toman decisiones, cada día, una cultura de paz social se aleja más  

Julio César Guerrero Dias

La sociedades del mundo pasan por momentos difíciles; unas más complejas que otras donde el común denominador es la violencia social en todas sus manifestaciones, de manera directa, las guerras; otras, como la injusticia social, no derecho a la vida, carecer de sus necesidades básicas y fundamentales: vivienda, trabajo, salud, educación, alimentación, salario justo, igualdad de oportunidades.

En todas las épocas, los humanos hemos sido capaces de inventar una práctica tan brutal como la guerra, deberíamos de ser igualmente capaces de inventar la paz y de construirla ¿por qué no la hemos logrado? ¿vamos seguir diciendo es que así somos?, o ¿es que el ser humano nace con el ADN de violencia?, y eso está pasando en todas partes del mundo y nosotros somos parte de este mundo.

También somos violentos, la vida cotidiana está llena de violencia, a veces solo te miran y la respuesta es inmediata de réplica violenta, siempre se está al acecho, a la defensiva el nivel de desconfianza social es tan evidente que se refleja en la actitud de cada ciudadano.

Debemos preguntarnos cuáles son los elementos que determinan la cultura de la violencia, conscientes de que las culturas de la violencia han sido forjadas desde tiempos muy lejanos, y que ahora se manifiesta de manera más directa por el auge de las nuevas tecnologías de la comunicación.

La cultura de la violencia es cultura en la medida en que a lo largo del tiempo ha sido interiorizada e incluso sacralizada por amplios sectores de distintas sociedades, a través de mitos, simbolismos, políticas, comportamientos e instituciones, y a pesar de haber causado dolor, sufrimiento y muerte a millones de seres, y sigue causando dolor y muerte lo miramos en todos lados. Actualmente la guerra visible es entre Ucrania y Rusia, pero también en otros lugares del mundo Israel y palestina, Sahara, Marruecos y Argelia; conflictos en Siria, Libia, Yemen, Etiopía, Mozambique, guerras civiles invisibles nadie las mira ni las condena; golpes de estado en Chad, Guinea Conakry, Malí, Niger, Sudán, Myanmar para mencionar algunas.

La cultura de la violencia impregna todas las esferas de la actividad humana: la política, la religión, el arte, el deporte, la economía, la ideología, la ciencia, la educación incluso lo simbólico, y siempre para legitimar tanto la violencia directa como la estructural y, por supuesto, la guerra, buscando siempre razones y excusas para justificar el uso de la fuerza y la práctica de la destrucción, y normalmente en nombre de algo superior, ya sea un Dios o una ideología.

Sirve también para paralizar o atemorizar a la gente, para infundirle el miedo, para hacerla impotente frente al mundo, para evitar que dé respuestas a las cosas que la oprimen o le producen sufrimientos; los inducen a decir, ‘que se haga la voluntad de Dios’ aunque soy de quienes cree que Dios siempre espera lo mejor para sus hijos.

La Educación para la Paz, por tanto, ha de ser un esfuerzo capaz de contrarrestar estas tendencias y de consolidar una nueva manera de ver, entender y vivir el mundo, empezando por el propio ser y continuando con los demás.

El reto de la Educación y de la Cultura de Paz, por tanto, es el de dar responsabilidad a las personas para hacerlas protagonistas de su propia historia, y con instrumentos de transformación que no impliquen la destrucción u opresión ajena, y no transmitir intransigencia, odio y exclusión, puesto que ello siempre supondrá la anulación de nuestro propio proyecto de emancipación y desarrollo.

Como expresaba Bettelheim (1982:98) en su obra Educación y vida moderna, “la violencia es el comportamiento de alguien incapaz de imaginar otra solución a un problema que le atormenta”.

En su expresión actual, algunos de los fundamentos esenciales de esta cultura de la violencia son los siguientes: El patriarcado y la mística de la masculinidad, históricamente y aunque en este cambio de época se ha avanzado para que esta práctica patriarcal no sea la dominante no podemos negar sigue teniendo fuerza en las diferentes sociedades del mundo y la nuestra no escapa a esa práctica.

Otra expresión o característica de la violencia es la búsqueda del liderazgo, el poder y el dominio, rasgos que utilizan las personas para lograr este propósito, más que liderazgo es el poder y dominio, para tener sometida a la sociedad y las personas no importa, para ellos el fin justifica los medios, eso es lo que estamos viendo de manera sistemática en todas partes, en cualquier escenario llámese, familia, trabajo, escuela, organismos.

Por otro lado, la cultura de la violencia es la incapacidad para resolver pacíficamente los conflictos, el mundo hoy se debate en este aspecto la única manera que miran los que ostentan el poder es por la vía del sometimiento a través de la fuerza, las discrepancias que es saludable para el desarrollo social no se toleran, más bien se castiga o se sanciona porque no hay espacio para compartir otras ideas.

No podemos dejar de mencionar como parte de la cultura de la violencia el economicismo generador de desintegración social y su principio de competitividad, esto es lo que muchos países padecen, la migración es el reflejo que estamos viendo principalmente en países en vías de desarrollo, un término maquillado que no es más que decir países que han sido empobrecidos producto del saqueo que han hechos las trasnacionales en complicidad con los que administran la cosa pública.

Otro elemento como cultura de violencia ha sido el militarismo y el monopolio de la violencia por parte de los Estados, esa ha sido una práctica recurrente, la sociedad nunca ha sido tomada en cuenta para la toma de decisiones, la protesta, el derecho a la palabra no es bien vista se ha judicializado y esto ha hecho que la violencia en muchos casos se salga de la ruta, y se generen conflictos de mayores envergaduras, el militarismo es el instrumento protector del poder.

Los intereses de las grandes potencias ha sido otro recurso utilizado por quienes tienen el poder político y económico; las alianzas ideológicas juegan una función determinante para mantener a una sociedad sumisa o más bien para dividirlas para que haya enfrentamientos o desequilibrio social.

La violencia también es generada por las interpretaciones religiosas que permiten matar a otras personas, es importante destacar esto ya que en nombre de un Dios cualquiera que sea se han provocado guerras, destrucción y muerte, no olvidemos que en nombre de Dios se juzga, se señala el bien y el mal, lo sagrado y lo profano, en fin, esto da como resultado una cultura de violencia radical, fundamentalista.

Las ideologías exclusivistas, el etnocentrismo y la ignorancia cultural, la deshumanización la consideración de otros seres humanos como objetos, son otras características de la cultura de la violencia, por eso la formación a través de la educación, la formación en valores que conduce al respeto, la tolerancia, es la vía para ir reduciendo ese demonio que muchos andamos.

“El mantenimiento de estructuras que perpetúan la injusticia y la falta de oportunidades y de participación. De este modo se obvia que el elemento esencial de la supervivencia de nuestra especie ha sido siempre la cooperación, y no la lucha” (Genovés, 1971).

De esta forma, como ha señalado Sky (1997), los usos de la cultura de dominación han conocido una evolución y una mejora constantes, mientras que lo esencial de una cultura de cooperación rasgos no adaptativos en el mundo patriarcal, han quedado atrofiados.

La guerra y cualquier forma de violencia organizada son fenómenos culturales, y como tales, se aprenden y se desaprenden. Dicho, en otros términos, tanto la guerra como la paz son frutos culturales, son resultados de decisiones humanas y de empeños sociales.

La paz, a fin de cuentas, no es otra cosa que la síntesis de la libertad, la justicia y la armonía, que son tres elementos vivos y dinámicos que no dependen de la biología, sino de las prácticas sociales, porque somos seres sociales. Y, como nos decía Virginia Wolf (1980) en 1938, no podemos pasar por alto que los hombres encuentren cierta gloria, cierta agresividad y cierta satisfacción en la lucha, algo que las mujeres no han sentido ni gozado.

Terminar con esa fascinación que el sexo masculino siente por la violencia es uno de los grandes retos que tiene, no sólo la Educación para la Paz, sino la misma convivencia humana, y es un factor esencial de la Cultura de Paz.

Myriam Miedzian (1996) analiza con detalle cómo se ha ido formando esa fascinación masculina por la violencia y el tremendo precio que hombres y mujeres pagan por mantener unos arquetipos masculinos destructivos, de los que finalmente todas las personas resultan víctimas, y señala como principales valores de la mística masculina: la dureza y la represión de la sensibilidad el miedo, el llanto, el afán de dominio, la represión de la empatía y de las preocupaciones morales, y la competitividad extrema, que condiciona a los hombres a valorar por encima de todo la victoria y la gloria, y a encerrase en las dicotomías de nosotros y ellos o ganar y perder.

Toda esa mística conduce a la violencia, porque de ahí se legitima el patrioterismo, el militarismo y la hombría y, muy especialmente, conduce a la aceptación y glorificación de la guerra y la violencia, porque se enseña a los hombres a demostrar su masculinidad a través de la violencia.

Además, una de las mayores fuentes de legitimación cultural de las guerras han sido las mismas religiones, como lo señalamos anteriormente, efectivamente, la terapia de superación de la mística masculina pasa, en primer lugar, por moderar aquellos valores de dureza, dominio, represión y competitividad, realzando en cambio los de la cooperación y responsabilidad social.

Se trata, en definitiva, de terminar con la vinculación entre masculinidad y violencia, el empeño en construir una Cultura de Paz pasa, entonces, por desacreditar todas aquellas conductas sociales que glorifican, idealizan o naturalizan el uso de la fuerza y la violencia, o que ensalzan el desprecio y el desinterés por los demás.

En cuanto a los medios de comunicación y la cultura de la violencia, también Miedzian (1996) pone particular atención al efecto acumulativo que tiene en los niños el hecho de estar rodeados de tanta violencia.

“En la TV o en las películas, en los combates de lucha libre, en los conciertos de heavy metal o de rap, en los juguetes o en los deportes, el mensaje generalizado es que la violencia es aceptable y divertida … Cuando los niños crecen viendo centenares de miles de horas programadas de TV y películas en las que las personas son atracadas, tiroteadas, apuñaladas, destripadas, rajadas, despellejadas o descuartizadas; cuando los niños crecen escuchando música que glorifica la violación, el suicidio, las drogas, el alcohol y el fanatismo, es bastante poco probable que se conviertan en el tipo de ciudadanos participativos, educados y responsables que nos pueden ayudar a alcanzar dichos valores y objetivos.” (349-353)

Por último, el concepto de Cultura de Paz atrae la atención de quienes buscan los mecanismos para transformar las mentes y los corazones de poblaciones traumatizadas por conflictos.

Compartimos la afortunada afirmación que realizara Galtung (1984) cuando enfatizaba la importancia que debería adquirir la condición humana, las personas, en todo proceso donde se vean implicadas o afectadas, cuantos, más tratándose, como ocurre en esta ocasión, de la educación para la paz.

“Quizás no podamos discutir nada de lo humano y seguramente tampoco nada de la condición humana, que es lo que normalmente importa a los estudios sobre la paz, sin entender el tipo de significado que la condición humana tiene, en diferentes lugares del mundo y diferentes tipos de persona. Un planteamiento aquí sería sin duda la teoría de la civilización, la cual no tendría sentido sin una relativa profunda inmersión en las religiones del mundo. Creo que éste sería uno de los cursos claves junto con la geografía económica/ecológica mundial y la historia básica mundial para entender mejor a los principales actores, durante el primer año/período/semana.” (Galtung, 1989: 41).

Pues bien, tomando como punto de partida lo humano, la persona, la cultura de paz se presenta como una aspiración por edificar, crear y construir nuevos marcos de relaciones humanas de todos los niveles y pensar en un mundo de convivencia, paz y de armonía social.

Julio César Guerrero Días

El ágora nica | Desde la antigua Roma, el espacio público sigue siendo el más idóneo y transparente para el debate.

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