12 agosto, 2022

Pruebas del amor, fragmento del libro El Perverso Condecorado de Lautaro Ruiz

Edición, ilustración y cuido de La Tinaja Cultural / NM

Lautaro Ruiz Mendoza
Jinotega, Nicaragua, 1958-2021

Buenaventura visitó de nuevo la comunidad de Samulalí y se alojó en la casa de don Lolo quien, por la tarde, al fragor del chisporroteo de la leña de cusus contaba sus historias, como la dificultad que representaba para un chavalo conseguir mujer. En aquel tiempo, los viejos hacían el amarre por adelantado con los futuros consuegros, pensando en los intereses morales, económicos y sociales de la familia; casi todo era por conveniencia.

Don Lolo me contó que a su tata le costó mucho conseguir el amor de su mamá, porque como indios de la comunidad lo sometieron a varias pruebas: le dieron un hacha y lo mandaron a sacar mil rajas de leña de un árbol de quince metros de altura, con ramificaciones carnosas encontradas y miles de nudos que hacían la tarea imposible. Y de remate, arpillarlas. También tuvo que regar una postería de veinte o treinta manzanas, donde debió tender y poner el alambre.

La suegra hizo que el futuro yerno se subiera en un tapesco a orillas del fogón, donde había echado al fuego chile y olotes verdes. También se trataba de otra prueba, para saber qué tan fuerte era su amor por la chavala. Si el hombre, es decir, el pretendiente valía la pena, aguantaría todo. A mi papá se le brotaron las lágrimas, se le inflamaron los pulmones y hasta se le hicieron coágulos de sangre en los ojos.

No fue suficiente y vino la otra prueba, el abuelo le pidió al futuro yerno que le llevara una brasa incandescente entre las manos, para encender un puro; como aquellas manos eran callosas, fue dejando en el ambiente un penetrante olor a carne chamuscada. El futuro suegro, mientras charlaba con el joven enamorado, agarró su puro hecho por manos indígenas y con ejemplar paciencia lo encendió.

A la madre de don Lolo, que era una chavala, también le correspondió lo suyo, su futura suegra tuvo que hacer las pruebas del amor, también. La hizo nizquesar y echar cien tortillas en una hora; la obligó a lavar con hojas de Chihue, hoja parecida a la lija, y debió dejar muy blanquito el molendero.

Don Lolo me dijo que su tata siempre fue cariñoso con su mamá. El viejo, después de palmear las nalgas de su mujer, le decía: «Mirá jodidá, ya sabes cuánto me costás, por eso te quiero; cuánto aguanté a tu tata y a tu mama, todavía me acuerdo que tenía los ojos rojos como de cangrejo».

«Mi mama hizo trastos de barro, tejió canastos, nizquesó maíz, echó tortillas, cuidó mozos, lavó molenderos, acarreó agua por cienes de barriles, cosió ropas, zurció sacos, cortó café en grandes cantidades. ¡Solo el amor fue capaz de soportar aquel martirio!»

Buenaventura, después de escuchar a don Lolo, guardó un profundo silencio.

(Fragmento de El perverso condecorado, novela testimonial de Lautaro Ruiz Mendoza (qepd). Jinotega, noviembre 2006)

 

 

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