11 agosto, 2022

Allisson Maltez, autora de dos libros, prepara su primera novela y afina su estilo como cronista de tiempos nuevos

La joven Allisson Ileana Maltez Reyes, nicaragüense, nacida en 1997 en municipio de Villa el Carmen, Managua es de las estudiantes que todo docente desea tener en su aula de clases por su interés, dedicación y ganas de aprender .

Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Centroamericana (UCA) le impartí clases de periodismo y cada vez que conocía algo nuevo, siempre inquieta, se acercaba a preguntar cómo se hacía y para qué servía. Observé en ella, también, vocación docente.

Hoy, egresada de la Maestría en Literatura Aplicada, Universidad Iberoamericana de Puebla, México, es autora de “6 mujeres 1 casa”, libro de crónicas ganador del premio Nacional Conchita Palacios (IV Edición) y del libro “Historias de vida”, relatos de vida de niños con referentes encarcelados en Nicaragua (2019), edición del Instituto de Promoción Humana, Inprhu. Actualmente reside en México y escribe su primera novela titulada Revolución yerma. A continuación, Nuevas Miradas publica uno de sus trabajos periodísticos, saboreen su estilo.

Juan Ramón Huerta

Director de Nuevas Miradas  

Estás de suerte

Allisson Ileana Maltez Reyes

Hoy estás de suerte. Llegas diez minutos antes que la basura. Cargas en tu hombro las moscas muertas que quedaron atrapadas en el saco que nunca lavas. El camión de los desperdicios despierta tus oídos. Es la bocina anunciando tus ingresos del día; puedes ganar entre sesenta a ciento cincuenta córdobas por unos cuarenta y cinco minutos rebuscando el aluminio, el cobre, el plástico o algún hierro. A veces, cuentas con la sorpresa de encontrar oro y plata en alguna bolsa negra.

El camión se detiene en el centro del vertedero. El conductor te queda viendo por el retrovisor, te guiña el ojo y con su dedo pulgar te señala a la izquierda. Te acomodas la gorra, te pones la camisa como si fuera una máscara, después tomas tu varilla. Una mosca se para en tu boca, te pegas en los labios. Escupes tal un experto en salivazos. El compartimiento se despliega del vehículo y poco a poco desecha lo más preciado para ti. Corres junto a veinte personas más para obtener, al menos, tres metros de largo por uno de ancho de basura.

Hoy estoy con suerte, te repites convencido. Eres el rey del lado izquierdo de la basura y el amo de la recolección. Estoy en el lugar del premio, se lo dices a las nubes. Tus ojos se nublan. Sientes el sol en tu piel. Tiras la vara y cae en el lugar que te indicaron. Alguien te la devuelve con la misma fuerza. Por suerte no te golpea. Dos mujeres te quitan tu espacio, te arrinconan y te gritan groserías, “tú no eres de aquí hijueputa, ve a buscarte tu Chureca”. Te dan la cola de los residuos. Pero no buscas pleito, solo quieres comer.

Escarbas con la punta de la vara. Remueves cada desperdicio como si fuera una sopa marinera con verduras, esa que tanto te gusta. Te imaginas almorzando eso hoy, aunque sea con media libra de pescado, agua y un consumé de marisco. Mientras escarbas, el olor de la basura penetra en tu nariz dejándote absorto. Distingues una pestilencia inusual. Diriges tu rostro al copo de restos y ves a un cachorro putrefacto. Se lo tiras a los zopilotes, quienes hambrientos lo desmiembran a veinte pasos de ti. Esto es el vertedero, te explicas, sobras, fetidez y muerte.

Tu hija te ayuda a sostener el saco. Está descalza, con un vestido sucio y la cara chorreada de café. Extiende sus manos para esperar la siguiente lata, botella o bolsa. Juntos, han logrado obtener un saco de aluminio y otro de plástico. Lo demás pareciera estar extinto; ningún regalo para el cumpleaños número treinta y cuatro de tu esposa, ninguna camisa para tu niño de quince meses que camina desnudo. Te desorientas. Ya no sabes por dónde buscar. Todo fue reciclado. Unos tienen más de cinco sacos, algunos solamente tres. Los recolectores se dispersan y tú continúas buscando más. Hoy estoy de suerte, te hablas entre dientes.

“¿Ya nos iremos a comer?”, te pregunta tu hija arrastrando uno de los sacos. La volteas a ver y le sonríes. Pesas los sacos en el recolector del vertedero. Te pagan un total de ciento veinte y ocho córdobas. Haces cálculos matemáticos y te das cuenta que el dinero alcanza para comprar el pescado, el consumé de marisco, alguna verdura y medio litro de leche. Incluso sobra para un diminuto jabón. Hoy estoy de suerte, se lo exclamas convencido a tu hija que corre a tu casa, ese hogar con paredes de plástico y de zinc podrido.

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