11 agosto, 2022

El vertedero: entre basura y riqueza

Una familia en extrema pobreza urga para encontrar plástico y metal entre la basura. Fotos de Allisson Maltez / NM

Allisson Maltez

Quién podía reprochar a estos habitantes del desecho, la chatarra y la basura, que al encontrarse de sopetón con la esencia del resplandor, quisieron poseerlo como hubiera hecho cualquier alquimista o mago, sobrecogido por la necesidad de transmutarse, de olvidarse por un rato de la opaca, imperfecta condición humana.

Waslala, Gioconda Belli, p.145

Cerros de basura se alzan a la vista. Zopilotes hambrientos se posan en puntas redondas de mascarillas quemadas. El sonido de un motor pone en alerta a un grupo de siete personas, incluyendo a dos niños. Es el camión recolector que acaba de llegar. Todos corren hacia este y se forman en círculo, mientras poco a poco, el compartimiento verte las sobras del municipio de Villa el Carmen.

Juana Pérez escarba con la punta filosa de una varilla de madera la recién tirada basura. Mueve sus manos con destreza para quitar lo que no sirve y así apropiarse del plástico o la chatarra. Luego de cuarenta minutos solo alcanza a llenar medio saco a partir de su espacio vertical angosto. Sin embargo, su mamá María Pérez, que se ubicó al lado izquierdo de la basura, logra llenar dos costales con ayuda de sus nietos. “Ahí la suerte de cada uno”, dice Juana Pérez que observa a su madre trasladarse al acopio del vertedero.

El nieto de ocho años, morenito, delgado y risueño, tira de un costal con la esperanza de ser ayudado por su hermana de seis años que juega con una revista de Avon encontrada en los residuos. La abuela de cincuenta y seis años se enoja y le grita “dejá eso y ayudá a tu hermano”. Ella se ofende.

El acopio es una casa a veinte metros del vertedero hecha de madera, zinc y plástico. María Pérez saluda con un “ya vine” a la negociante de chatarra que usa sudadera y sandalias con calcetines. El nieto de María, a pesar de tener puestos unos zapatos muy grandes, arrastra el bolsón de plástico hasta la báscula con plato de polín. De pronto, cuando Pérez pregunta “¿Cuánto pesa?”, un viento del este le hace tragar polvo.

“Son setenta y cinco córdobas”, dice la compradora quien le paga de inmediato y regresa al interior de su casa dejando todos los productos a la intemperie. María, camina con sus nietos de vestimentas olorosas a mugre y chorreadas. La nieta mayor que cuelga una llave en su cuello, trota contenta hasta su casa ubicada a una cuadra del basurero. Juana les sonríe y les dice “hay llego”, María le devuelve el saludo con un gesto y piensa que el almuerzo del día alcanzará para el plátano y los frijoles.

En Nicaragua, según datos del Banco Mundial, la pobreza se mide al vivir con un ingreso inferior a 3.2 dólares diarios. Por eso Juana, a veces prefiere guardar todo lo recolectado y venderlo hasta el día sábado para sentir que obtuvo mucho dinero. “A veces recojo mucho material, más cuando viene el camión cargado con residuos de SuKarne; la negociante de chatarra me puede dar hasta ochocientos córdobas, en otros fines de semana tan solo quinientos”, comenta acomodándose el saco al hombro.

A Juana no le estorba el sol, ni la temperatura que está a treinta y dos grados. Camina pausadamente buscando algún desperdicio del suelo obstruido por la quema de basura. Hoy, lleva a su casa botellas, latas y bolsas que luego son clasificadas en otros sacos ya limpios y desinfectados. Descansa bajo un árbol viendo pasar a sus familiares y vecinos, quienes sostienen sus sacos, algún vaso plástico, juguete en mal estado o cartón. Les dice adiós.

Juana busca a la compradora y le pregunta si subió el precio del bulto de plástico, “se mantiene en trescientos, la pichinga a seis, el galón a dos y la botella a siete la libra, ¿me vas a traer algo?”, “no, todavía no tengo esa cantidad” le habla Juana cerrando su saco con un mecate que buscó en la bolsa del pantalón.

A sus 36 años, Juana lleva casi diez siendo recolectora. En 2012, a los dos años después de la inauguración del vertedero municipal, empezó a rebuscar en la basura residuos para vender, debido a que su esposo quedó sin trabajo. Su madre, María, también lleva más de trece años; aunque primero inició en la Chureca, el vertedero más grande de toda Centroamérica ubicado en la capital, Managua.

De acuerdo con las cifras del Instituto Nacional de Información de Desarrollo de Nicaragua, (INIDE) los habitantes de la Chureca viven en extrema pobreza ya que el 50% no cuenta con agua potable; el 38.8% no tiene acceso a servicios higiénicos; el 42.4% sufre de hacinamiento y el 43% son menores de quince años. Aunque no existen datos del vertedero municipal de Villa el Carmen, en consulta con Juana Pérez se aprecia aproximadamente unas doscientas personas aledañas en condiciones precarias.

La abuela dijo que traería la comida. Yo le estoy ayudando a encontrarla.                                                                        Foto por Allisson Maltez / NM

Juana, María y todos los otros que buscan entre la basura saben que el camión llega todos los días al vertedero. Se aparece a las siete de la mañana y después a las tres de la tarde arrastrando cantidades de residuos del municipio. Por ejemplo, solo en Managua se produce un total de 1 600 toneladas de basura de las cuales el 70% es orgánica y el otro 30% orgánica de acuerdo con David Narváez, presidente de la Red de Emprendores Nicaragüenses del Reciclaje, Rednica.

Una de las amigas de Juana es Francisca Joaquín de cuarenta y seis años. Su casa queda a cuatro metros del basurero. Fue de las primeras en recoger desechos del muladar, junto con jóvenes que un día recolectaron latas, y las chatarreras, vehículos compradores, las adquirieron por precios irresistibles para ellos. Francisca, aunque actualmente no va muy seguido, comenta anécdotas de su vida como churequera.

Francisca iba diario al vertedero siete años atrás. En cuanto miraba entrar al camión recolector, dejaba de realizar sus quehaceres y corría a buscarlo en chinelas e incluso, a veces descalza. Un día, mientras rebuscaba con sus manos entre los residuos de SuKarne, su pie izquierdo rozó una lámina de hierro levantándole el tendón de aquiles por más de diez centímetros. Por miedo a una infección, ella regresó a casa y se trasladó al Centro de Salud del municipio.

No lloró, aunque sintió mucho ardor, comezón en su pierna y dolor de cabeza. Recordó las palabras de su padre cada vez que entraba el camión al vertedero, “no vayas, ¿para qué vas a ir? No lo necesitas” y ella le contestaba, “no se trata de necesitar, sino de trabajar dignamente”. Francisca, recibió ocho puntadas que la obligaron a usar botas de hule en el tiempo que buscó chatarra entre la basura. “Hasta que no te pasa algo, no aprendes a tomar precaución” menciona mientras su hija de diez y ocho años le sonríe sarcásticamente.

Hace un año, también sufrió otro incidente. Después de recoger latas, llegó a casa con su salveque para proceder a organizar la mercancía. Vació los fluidos, a veces mal olientes y podridos, de las latas. Se bañó y continuó su rutina normal. Si embargo, al día siguiente, a su dedo del medio se le formó una bolsa alrededor su uña, que luego de una hora le explotaba supurando pus, provocándole picazón.

“Me curé sola. Me compré uno de esos sprays para el hongo del pie y a la semana estaba como si nada”, cuenta Francisca. Ahora su hija frunce el ceño y la queda viendo enojada, ella disimula y finge desentendimiento y continúa contando: “ahora si voy al vertedero me cuido, uso guantes, sombrero, sudadera y trato de escurrir todas las sustancias en el lugar”.

Cargamos de todo. Penas, tristezas, alegría y desilusión. Lloramos con el estómago lleno de arroz y frijoles para sentirnos satisfechos.   Foto por Allisson Maltez / NM

Juana saluda a Francisca y se retira del vertedero, cansada de esperar una hora más la llegada de algún vehículo particular con basura. Pero no. Ningún auto, motocicleta o camioneta se aparece en la entrada con cincuenta metros de adoquines. Más bien, el viento arrastra bolsas de agua, mascarillas y botellas de gaseosa. “A veces uno no corre con suerte”, insinúa Francisca en tono bajo.

Lo que abunda en el vertedero son mascarillas negras y azules. A pesar de ello, no se pueden recolectar. Leonel Argüello, epidemiólogo nicaragüense explicó a la Voz de América que “la mala práctica de arrojar mascarillas u otro tipo de desperdicio usado para combatir el COVID-19 puede contribuir a que una persona se enferme o fallezca”. Por lo tanto, la vida de cualquier churequero está en riesgo.

“De vez en cuando uno se encuentra tesoros”, habla Francisca desde el patio de su casa que colinda con el vertedero. Joyería de oro y plata, celulares en buen estado o ropa usada pueden serles muy útiles al encontrarlos. Lo último que ella descubrió, tres meses atrás, fue un anillo de plata que le quedó a su hermana, a la cual le pidió doscientos córdobas por este y ella le dijo que se lo pagaría. Hasta ahora, no ha recibido ni un centavo.

El camión de la basura yace parqueado en un bajareque de la Alcaldía Municipal de Villa el Carmen. Francisca, dice que mañana estará esperando los residuos desde el patio de la casa. Tal vez se anime a buscar basura. Juana y María abordarán los desperdicios en la entrada del vertedero, correrán hacia el nuevo cerro de restos espantando a todos los zopilotes, sintiendo olores extravagantes, arañando con la varilla de punta filosa.  Y los niños, ayudarán como siempre para comer, vestir y vivir.

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