El maestro Fuentes del Goyena: duro, rudo a veces, pero paternal, fraterno, sin dudas sabio

El maestro Edgardo Fuentes, primero de izquierda a derecha, qepd.

Gustavo Ortega

 

Hace 25 años falleció un maestro, en todo el sentido de la palabra, creo que fuimos una de las últimas generaciones del histórico Instituto Nacional Central Ramírez Goyena que disfrutamos de su enseñanza, se trata del Pucho, Edgardo Fuentes Montoya, a quien le debemos el amor por la literatura. Duro, rudo a veces, pero también paternal, fraterno, sin dudas sabio.
Ahora quiero retomar un escrito que hice de cara a mis intenciones de bregar en el mundo bloguero, hace un par de años. La ocasión lo merece. Era 1986, yo tenía quince años, la fama de ese personaje que ya venía escuchando de años, me tocaría percibirla directamente, cuarto año de secundaria en el Goyena, un hombre regordete, canoso, que hacía sudar manos, temblar rodillas, fumador empedernido, maestro de generaciones, me daría clases de Español (Castellano o Literatura en otros tiempos)… era el famoso Pucho, hoy en día el maestro que nos marcó la vida a decenas, quizás centenares, el profesor que me enseñó a apreciar a Rubén Darío sin fanatismos y sin recitales pomposos.

“Es con voz de la Biblia o verso de Walt Whitman, que habría que llegar hasta ti…”, con su grave voz que hacia dilatar las venas del casi imperceptible cuello, el Pucho, declamaba y explicaba, preguntaba y reclamaba detalles de fondo, la Oda a Roosevelt, unos más apasionados que otros nos arriesgamos a tratar de memorizar esta obra, por el mensaje que lanzaba, un tanto cercana a la coyuntura de esa época.
“Que alegre y fresca la mañanita, me agarra el aire por la nariz, los perros ladran, un chico grita y una muchacha gorda y bonita sobre una piedra, muele el maíz…”. Del trópico, ejemplo de la cadencia literaria de nuestro insigne poeta, hasta con música la recitábamos. Nicaragüanidad pura.
“Es algo formidable que vio la vieja raza, robusto tronco de árbol al hombro de un campeón…. Caupolicán, que nos llevó a un análisis comparativo casi mitológico con Hércules o Atlas.
“Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura por que esta ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente…”. Lo fatal. Poema reflexivo, un análisis obligado.
Y agradecidos a estas alturas por la poesía coral que nos tocó recitar en un auditorio repleto de estudiantes, muchos parlanchines y otros burlescos, hoy en día la mejor calificación que percibo fue ese aplauso de varios minutos que logramos, cuya existencia desconocíamos todos aquellos adolescentes temblorosos, “Unión Centroamericana”, un poema de Darío poco publicitado, “Cuando de las descargas los roncos sones, suenan estremeciendo los pabellones, cuando con los tambores y los clarines, sienten sangre de leones los paladines…. entonces de los altos espíritus en pos es cuando baja y truena la voluntad de Dios”.

Regreso 31 años atrás, entre nostalgias, pensando que el valor literario de Darío, amerita una estrategia permanente de enseñanza, lejos de lo aburrido que podría percibirse la literatura, hacerlo llegar a cada estudiante, conocer su obra, aplaudir su legado, guardar en la memoria sus reconocidos poemas, de una manera vivaz, apasionada, seria pero agradable, no es imposible, el Pucho lo logró, y estoy seguros que hay más Puchos, pero toca darles el apoyo y las herramientas para que se hagan al andar, enseñar de verdad, sin discursos partidarios, sino con nicaragüanidad, con ética, profesionalismo y calidad. El profesor Fuentes Montoya no era nica, era salvadoreño, pero vivió acá desde sus años mozos, pero bien que pagó a este país que lo adoptó, su enseñanza caló.
Vimos a un Darío más allá de “Margarita está linda la mar…” (A Margarita Debayle, poema), que es el cajonero en la enseñanza primaria. Ojalá Darío vuelva a ser interés de los estudiantes, que logre una agenda entre los gadgets y el fútbol, entre las redes sociales y el reguetón. El poeta ilustre lo vale, el periodista, el diplomático, sus prosas, sus cuentos, el Rubén humano, más allá de imaginarlo con laureles en sus sienes. Nicaragua lo necesita y cada uno de nuestros niños y jóvenes lo agradecerá en el futuro.
Hay varias anécdotas más sobre el Pucho, recuerdo sus recomendaciones puntuales, sentados en una banca de uno de los pasillos del enorme Goyena cuando le dije que me iba a lanzar para presidente estudiantil del turno matutino en el año de nuestro bachillerato: “si vas a cumplir bien en tus obligaciones académicas, lánzate flaco (yo siempre pensé que yo era el mas flaco del colegio) pero recordá tus prioridades”, y le hice caso y fui presidente y me bachilleré sin tropiezos.

Ahora que me dedico a la docencia en la mejor universidad del país, con frecuencia recuerdo sus consejos, regaños y enseñanza, ojalá un día nos acercáramos a un porcentaje de la excelencia de las clases que impartían varios profesores goyenistas, un instituto que ya superó el centenario de promociones de bachilleres.

Gracias Don Edgardo. En pocas semanas nos reuniremos para celebrar los 30 años de bachilleres y sin dudas para usted y resto de docentes habrán muchas palabras de agradecimiento, creo que hemos puesto en práctica todo ese aprendizaje y seguimos recordándoles como cuando portábamos el azul y blanco en esos días de guerra. El Pucho, sin duda un maestro luz, a quien le brindamos gratitud inmortal, como reza el himno del apreciado Goyena.

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2 thoughts on “El maestro Fuentes del Goyena: duro, rudo a veces, pero paternal, fraterno, sin dudas sabio

  1. Gracias Gustavo por la descripción tan acertada del Maestro Pucho, cada uno guardamos nuestras anécdotas de este Educador que marcó su tiempo y el nuestro.

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