Jauría de zombis calcina luces y sonrisas a las luciérnagas

Ilustración.

Henry Petrie

Cobarde. Macabro. Inhumano. Chacales chupa sangre y aduladores del amo. Jauría alienada tras la vida del pueblo, rabiosa. Desalmados que vomitan terror y crimen cual Vlad El Empalador. Se hartaron el honor y la revolución, y se llaman izquierda, triste megalomanía. El abrazo al noble ideal de libertad y humanismo sucumbió al capital.

Acusan de derecha a quienes dan la espalda a sus dictados, los que despertaron y decidieron tomar el cielo por asalto, para despojarlos del trono-capilla amante del engaño y fuente de oscurantismo. Cárcel de la mente. Derecha porque adversan el proyecto oligárquico, contrario al de Sandino; porque perturban el sueño del líder, graduado de tirano y genocida.

No son izquierda, sino huestes de zombis, sin alma. Tan colmados de cianuro que entre sí se carcomen. Terror obediente al cenizo Ortega, que, al despertar de la mañana del 16 de junio del 2018, prendieron en fuego la casa de una familia cristiana y trabajadora, por negarse a recibir huéspedes siniestros, sedientos de sangre, cazadores de juventud, verdugos de la infancia.    

No hay dictadura que entienda de buenas razones. Es o no es. Sumisión y obediencia, o castigo. La vida a expensa del capricho, la libertad flagelada a pellizco, las dentelladas del fraude y la corrupción. Poder que requiere súbditos y borregos. Por rebeldía, está amenazada la inteligencia y la palabra. La poesía no erige estatuas ignominiosas, y quien lo hace, muere en el fango de la vergüenza.  

La mañana del 16 de junio parió consternación y conmoción en Nicaragua, estallido expandido al mundo. Una familia calcinada, cuatro adultos y dos niños, tan pequeños como luciérnagas recién nacidas, con los colores de la vida negados. Calcinados por el monstruo y sus zombis, Goya se retuerce, busca el rostro macabro y lo espanta, el cinismo y el embuste cosmético.  

Después de tanta muerte y llanto no habrá perdón. La jauría de autómatas se pasea envalentonada ante el pueblo desarmado, burlándose del sufrimiento de las madres. No habrá perdón y olvido de los crímenes de lesa humanidad.

Los niños calcinados lloraron prendidos en fuego, el humo saturó sus pulmones; llamaron a papá y a mamá, a los abuelitos, antes que el fuego consumiera sus vidas. Hannibal, tras el discurso de amor y paz, destroza inocencias: «A mí no me interesan los corderos, solo me los como», dice. En Nicaragua el rayo de la conciencia, abre el surco profundo para que el magma consuma las entidades malévolas. La opresión gesta su propia muerte.

No hay perdón. Sí castigo al tirano y sus zombis, atrapados en la triste historia del crimen somocista. Rinden culto y pleitesía al espíritu de la Loma de Tiscapa, allá en Paraguay ajusticiado.

¿Escuchan los llantos? ¿Los gritos? ¿El crepitar del fuego? Pon tus ojos en las brasas y encontrarás luciérnagas alumbrando el camino. ¿Las ves? ¡Despierta! Y vence el miedo de la muerte que ronda las ciudades. Vivir en el miedo no es libertad, menos vida.   

Henry Petrie

Henry Petrie

El círculo | No se trata de leer, simplemente, sino de desarrollar pensamiento lógico y crítico.

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